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Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura
El problema de nuestro tiempo no es que estemos divididos entre comunistas y capitalistas. El problema es que seguimos creyendo que esa división existe. Y mientras discutimos con fervor casi religioso sobre etiquetas heredadas del siglo XX, el siglo XXI nos pasa por encima con una realidad mucho más incómoda: los sistemas que creíamos opuestos se parecen cada vez más.
El ciudadano moderno —ese que discute en redes, se define ideológicamente en dos palabras y se indigna con entusiasmo digital— cree habitar en uno de dos mundos: el del mercado o el del Estado. Pero basta rascar un poco la superficie para descubrir que ambos comparten un mismo sustrato: la tendencia a absorber al individuo, a diluirlo, a integrarlo en estructuras cada vez más grandes, más complejas y más exigentes.
¿O es que alguien no ve el parecido inquietante entre el mito de Silicon Valley y aquellas ciudades industriales soviéticas como Magnitogorsk, Toliatti o Novokuznetsk? Cambian los nombres, cambian los uniformes —aquí sudaderas y zapatillas, allí monos de trabajo—, pero la lógica profunda es inquietantemente similar: concentración de talento, disciplina productiva, identificación total con la misión colectiva y una fe casi religiosa en el sistema.
En lo global, el capitalismo contemporáneo ha dejado de ser ese espacio abierto de intercambio para convertirse en un globalismo uniformador, una especie de ácido cultural que disuelve religiones, patrias, tradiciones y costumbres. Todo lo que hace al individuo distinto, particular, arraigado, resulta sospechoso. Lo importante es que consuma, que produzca, que se adapte. ¿Les suena? Sí, exactamente: la vieja aspiración de los sistemas totalizadores, pero ahora con mejor marketing.
Y en lo individual, la cosa se vuelve aún más interesante. Las grandes empresas —esas que se presentan como templos de la libertad económica— funcionan en muchos casos como pequeños estados comunistas de alta eficiencia. No solo organizan el trabajo; organizan la vida. Amplían la jornada con el teletrabajo, difuminan la frontera entre lo personal y lo profesional, ofrecen beneficios sociales, salario emocional, actividades, seguros, gimnasios, guarderías… Todo pensado para una cosa muy concreta: que el trabajador no tenga necesidad de salir del sistema.
El resultado es un individuo que ya no trabaja para vivir, sino que vive dentro de su trabajo. Un ciudadano que entrega no solo su tiempo laboral, sino su tiempo vital. Y si tiene familia, mejor: la familia también entra en la órbita del sistema. Escuela, ocio, sanidad, consumo… todo integrado en una estructura que lo envuelve con la suavidad de un abrazo… y la firmeza de una jaula.
Esto no es libre mercado. Esto es concentración de poder económico con vocación totalizante. Y aquí conviene hacer una distinción que muchos evitan: el libre mercado —ese ideal de competencia, iniciativa individual y libertad económica— es probablemente uno de los mejores inventos de la civilización moderna. El problema no es el mercado. El problema son los mercaderes cuando dejan de creer en él.
Porque a los grandes actores económicos no les gusta la competencia real. Prefieren la posición dominante, la regulación a medida, el oligopolio amable, la barrera de entrada elegante. Es decir, exactamente lo contrario de lo que predica el discurso oficial. Lo nunca visto: defender el capitalismo mientras se construyen estructuras que lo niegan.
Así llegamos a la paradoja final: discutimos sobre comunismo y capitalismo mientras vivimos en un sistema híbrido donde el poder —sea político o económico— tiende siempre a lo mismo: expandirse, consolidarse y absorber al individuo.
Y el individuo, mientras tanto, encantado. Porque le dan comodidad, seguridad, servicios, entretenimiento y una ilusión de libertad suficiente para no hacer demasiadas preguntas. Pan, circo y Wi-Fi. La fórmula eterna, actualizada.
Conviene decirlo sin rodeos: el peligro ya no está en los viejos sistemas que estudiábamos en los libros de historia. El peligro está en las nuevas formas de control que no se presentan como tales, que no imponen, sino que seducen; que no obligan, sino que integran; que no reprimen, sino que absorben.
Y mientras seguimos discutiendo si somos comunistas o capitalistas, quizá deberíamos empezar a preguntarnos algo mucho más incómodo:
si seguimos siendo realmente individuos… o si ya somos parte del sistema sin darnos cuenta.
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