Escucha el audio de esta noticia:
Por Guillermo Molina | 🕘 6 minutos de lectura
Me contaron —y las cosas que empiezan así suelen ser las mejores— que el otro día, durante Saborea Pozuelo, alguien tuvo un sueño.
No un sueño de esos modernos de “hub gastronómico”, “experiencia inmersiva” o cualquier palabro de consultor que cuesta tres cafés y una subvención. No. Un sueño sencillo. De pueblo. De los que huelen a horno, a conversación y a verano.
El sueño ocurría en la Plaza de la Coronación. Para mí la plaza más bonita de Pozuelo. Y creo —sin encuesta ni estudio sociológico— que para mucha gente también.
Porque esa plaza tiene algo que otras no tienen. Tiene alma. Tiene silencio cuando toca y bullicio cuando conviene. Tiene iglesia, tiene piedra, tiene memoria. No parece construida; parece heredada.
Y allí están esas cocheras tan toreras, tan de otro tiempo, que hoy, según cuentan, sirven más de trastero municipal que de otra cosa.
Pues el sueño era éste.
Abrirlas uno o dos días por semana cuando llegue el buen tiempo. Convertirlas en una especie de food truck castizo, pero sin ruedas ni postureo americano. Nada fijo. Un día uno, otro día otro. Hoy un hostelero, mañana otro. Horno, vino, tapas, dulces, cocina de aquí. Vida.
Vida, que es justo lo que a veces le falta al casco antiguo.
La idea, dicen, salió de Dani, el del Horno Bola. Y claro, alguno pensará:
—Normal, querrá mover su zona.
Yo no lo creo.
Yo creo otra cosa.
Creo que hay gente de una generación concreta —los que conocieron el Pozuelo pequeño, el que todavía olía a pan, a huertas, a tierra mojada y a pueblo de verdad— que vive con una nostalgia silenciosa. No la cuentan mucho, pero la llevan dentro.
Porque el progreso, que nos ha dado muchas cosas, también se llevó otras.
Se llevó calles que ya no reconocemos. Rincones que desaparecieron. Olores. Costumbres. Aquella sensación de que el pueblo tenía un centro y un latido.
Luego vino la expansión. Rápida, feroz, inevitable quizá. Urbanizaciones, avenidas, promociones, miles de vecinos nuevos… y Pozuelo creció tanto que, por momentos, pareció olvidarse de quién había sido.
Como esos muchachos que se van a la capital y regresan hablando raro.
Y ahí entra el sueño.
Porque esto no va de poner unas mesas ni de vender croquetas mirando a la iglesia. Va de algo más profundo. Va de devolverle identidad a un lugar. De recuperar el centro emocional de una ciudad que a veces vive demasiado repartida entre urbanizaciones, carreteras y prisas.
Yo imagino esa plaza al caer la tarde. Niños corriendo. Gente charlando. Hosteleros rotando. Música suave. Olor a horno, a vino, a cocina. El casco antiguo respirando.
Y pienso: qué poco cuesta a veces hacer algo grande.
Porque el político local —y aquí viene la parte importante— no está solo para inaugurar edificios, cortar cintas ni leer discursos impersonales. Está para leer los sueños pequeños de la gente. Los que no salen en los presupuestos.
El vecino que quiere sombra. El comerciante que quiere vida. El hostelero que quiere movimiento. El mayor que quiere volver a reconocer su pueblo.
Eso es gobernar de verdad.
Porque hay proyectos que cuestan millones.
Y hay ideas que solo cuestan escuchar.
Quizá este sueño nunca salga del papel. O quizá sí. Pero si algún día esas cocheras se abren y la Plaza de la Coronación recupera algo del bullicio antiguo, algunos pensarán que fue por una buena idea.
Yo creo que será por algo más bonito.
Porque una generación decidió pelear, aunque fuera un poco, para que Pozuelo volviera a oler a Pozuelo.
no hay comentarios
23-05-2026 medianoche
23-05-2026 medianoche
23-05-2026 medianoche
22-05-2026 4:09 p.m.
22-05-2026 12:41 p.m.
22-05-2026 10:20 a.m.
22-05-2026 9:34 a.m.
22-05-2026 8:47 a.m.
21-05-2026 10:51 p.m.
16-05-2026 medianoche
La mutación de las especies pozuelerianas09-05-2026 medianoche
Verano sin piscina (y con explicaciones pendientes)02-05-2026 medianoche
Coches de lujo y modales de hojalata25-04-2026 medianoche
Elecciones cada dos años (y un alcalde de calle)