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Por Guillermo Molina | 🕘 6 minutos de lectura
Decía un viejo político, de esos que ya no existen porque ahora todos son asesores de sí mismos, que hay cargos que engrandecen a la persona y personas que empequeñecen el cargo. Y cuanto más años cumple uno viendo ayuntamientos, despachos y alcaldes, más razón le encuentra a la frase.
Porque el poder es como el vino peleón: hay gente a la que le sienta fatal.
Y a mí, qué quiere que le diga, me da pena cuando veo cómo alguien que parecía cercano, normal, de trato sencillo, acaba transformado por el sillón. Como si el despacho tuviera gases tóxicos. Usted habrá conocido casos. Yo también. Ese compañero de trabajo simpático al que ascienden y, de repente, ya no saluda. El amigo que gana cuatro duros más y empieza a mirar por encima del hombro. El que cambia de círculo, de tono y hasta de forma de caminar.
Pareciera que el cargo les hubiera agrandado el cuerpo… aunque en realidad lo que se les hincha es el ego. Parece que no se dan cuenta que el valor de una persona reside en ella y no en las circunstacias ni en lo material, que al fin y al cabo es algo que viene y va
Y esto me lleva inevitablemente a Paloma Tejero y al Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón. Porque muchos pensaban, yo entre ellos, en cierto modo, que con su llegada empezaría otra etapa. Más cercana. Más humana. Más de calle y menos de despacho.
Pero el tiempo va dejando poso. Y también dudas.
Ella fue concejal durante la etapa de Susana Pérez Quislant. Vivió desde dentro, según cuentan muchos, un modelo de mando áspero, imprevisible, caprichoso e incluso déspota, de esos donde el ambiente depende del humor con el que alguien abra la puerta del despacho.
"¿Cómo estará hoy Susana?" dicen que se preguntaba más de uno antes de entrar.
Y alguno, medio en broma medio en serio:
"Voy a tomarme un tranquimazín antes de subir".
Uno pensaba que quien ha sufrido eso, tendería naturalmente a hacer lo contrario cuando le toca mandar. Como esos hijos que, habiendo tenido un padre autoritario, deciden educar desde el cariño. Pero no siempre ocurre. Hay quien repite el modelo sin darse cuenta. O quizá dándose cuenta demasiado tarde.
Porque gobernar desde el miedo, la distancia o la soberbia nunca suele ser buena señal. El buen líder, y esto lo sabe cualquiera que haya dirigido algo más complicado que un grupo de WhatsApp, apoya, escucha, delega, comprende, protege a su equipo y no necesita imponer silencio para sentirse fuerte , ni reirse de ellos e incluso ridiculizar o reñir cuando todos escuchan. .
Cuando alguien necesita tensión constante alrededor, suele estar ocultando inseguridad, mucha inseguridad.
Y a mí me parece triste. Sinceramente triste. Porque Pozuelo no necesitaba otra era de despachos fríos ni de sonrisas calculadas. Necesitaba cercanía auténtica. Esa que no aparece solo en campaña. Esa que no necesita fotógrafo detrás.
Porque el poder tiene esa capacidad reveladora que pocas cosas poseen. No cambia tanto a las personas como las desnuda. Les quita el disfraz.
Si usted quiere conocer realmente a alguien, no le dé dinero: dele influencia. Dele capacidad de decidir sobre otros. Ahí aparece la esencia.
Hay personas que, cuando ascienden, se vuelven más humildes. Más prudentes. Más conscientes de la responsabilidad. Y hay otras que se marean en cuanto pisan una pequeña loma. Que confunden autoridad con despotismo, liderazgo con obediencia ciega, respeto con miedo.
Y entonces ocurre algo muy español: el cargo empieza a ser más grande que la persona.
Lo verdaderamente importante de mandar, sea un ayuntamiento, una empresa o una comunidad de vecinos, no es que te teman. Es que te respeten incluso cuando no estás delante. Y eso no se consigue levantando la voz ni marcando distancias. Se consigue siendo útil.
Porque al final, ser alcalde no consiste en inaugurar, posar o mandar. Consiste en servir.
Todo lo demás es decorado.
Y hay políticos que deberían recordar algo muy sencillo: el despacho no es un trono. Es apenas una mesa prestada.
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