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Por José Antonio Fernández | 🕘 6 minutos de lectura
Yo, que llevo semanas observando la reacción de cierta izquierda madrileña ante la visita de Su Santidad a Madrid y empiezo a sospechar que los exorcismos medievales tenían una base científica mucho más sólida de lo que nos han contado.
Porque no es normal.
No es normal que una visita papal provoque semejante desfile de aspavientos, muecas, indignaciones, comunicados, tribunas inflamadas y ataques de nervios.
Parece como si alguien hubiera recorrido los despachos de la izquierda institucional con un pulverizador de agua bendita.
Y ellos, claro, retorciéndose. Como en las películas.
Sólo les falta girar la cabeza ciento ochenta grados y hablar en arameo.
La escena tiene algo de cómico. Y también algo de triste.
Yo echo de menos a los viejos hippies sandía. Aquellos personajes extravagantes que fumaban cosas sospechosas, escuchaban a Joan Baez, hablaban de amor universal y repetían aquello de "vive y deja vivir, hermano".
Eran pesados. Pero al menos eran tolerantes.
Hoy aquellos viejos sandías han sido sustituidos por unos inquisidores con coleta, máster en superioridad moral y vocación de comisarios ideológicos. Han cambiado el amor por la censura. La tolerancia por la prohibición. La libertad por la obediencia. El "haz el amor y no la guerra" por el "haz lo que yo te diga o eres fascista".
Magnífico progreso.
Lo fascinante es que quienes presumen de diversidad son incapaces de soportar la existencia de algo que no controlan.
Y el cristianismo es precisamente eso.
Dos mil años de historia. Dos mil años sobreviviendo a emperadores, dictadores, invasores, revoluciones, guerras civiles, persecuciones y modas intelectuales.
Dos mil años.
Mientras tanto, la mayoría de las ideologías que hoy se presentan como el futuro no suelen sobrevivir ni a la segunda legislatura.
La diferencia resulta incómoda. Muy incómoda.
Porque una doctrina construida sobre principios espirituales, sacrificio personal, responsabilidad individual, perdón y redención tiene una resistencia histórica difícil de encontrar.
Y eso produce urticaria entre quienes han levantado sus credos sobre el resentimiento permanente, la lucha eterna y la división constante entre opresores y oprimidos.
No hace falta ser creyente para verlo. De hecho, yo si fuera ateo estaría encantado con la visita. Encantadísimo. Millones de visitantes. Hoteles llenos. Restaurantes funcionando. Comercios trabajando. Taxis facturando. Empleo. Actividad económica. Dinero.
Pero para entender eso hay que saber sumar.
Y algunos sectores ideológicos llevan décadas demostrando una relación con las matemáticas comparable a la que Drácula mantiene con las cruces.
Cuando la realidad económica aparece, salen corriendo.
Porque los números son reaccionarios. Los balances son fascistas. Y los resultados empresariales constituyen una amenaza para la revolución. A estas alturas ya nada sorprende.
Lo verdaderamente curioso es que muchos de estos mismos personajes que se escandalizan por la visita del Papa muestran una admiración conmovedora hacia regímenes que, allí donde gobernaron, lograron convertir la prosperidad en escasez con una eficacia que habría provocado la envidia de una plaga bíblica.
La Unión Soviética.
Cuba.
Venezuela.
Corea del Norte.
El catálogo del desastre.
Todos ellos capaces de producir pobreza industrial con la misma precisión con la que una fábrica produce tornillos.
Y sin embargo ahí siguen algunos, explicando al mundo cómo debe organizarse la sociedad.
Es como pedir consejos de natación a un yunque.
Por eso la visita papal les incomoda.
Porque recuerda algo que detestan.
Que existen instituciones mucho más antiguas que ellos.
Más influyentes que ellos.
Más resistentes que ellos.
Y, sobre todo, que seguirán existiendo cuando ellos sean una nota a pie de página en algún manual olvidado de ciencias políticas.
Yo asistiré al espectáculo con una sonrisa.
No tanto por la visita del Papa.
Ni siquiera por las consecuencias económicas.
Sino por contemplar una vez más cómo algunos revolucionarios de salón entran en combustión espontánea cada vez que la realidad decide llevarles la contraria.
Y pocas cosas hay más divertidas que ver a un intolerante predicando tolerancia mientras le escuece el agua bendita.
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