Escucha el audio de esta noticia:
Por José Antonio Fernández | 🕘 5 minutos de lectura
Yo, que ya estoy cansado de ver cómo las palabras se usan como anestesia. Yo, que sospecho —cada día más— que esta sociedad ha perfeccionado una habilidad inquietante: llamar derecho a lo que en el fondo sabe que es tragedia.
Más de cien mil al año. Más de cien mil. Repítanlo despacio, como se repiten las cifras que incomodan. Más de cien mil. Y ahora viene el dato que nadie quiere mirar de frente: un porcentaje mínimo —mínimo— responde a situaciones extremas como malformaciones graves, riesgo real para la madre o violaciones. El resto… el resto se esconde bajo una palabra limpia, quirúrgica, tranquilizadora: decisión.
Decisión.
Qué palabra tan elegante para algo que, en su crudeza, no lo es tanto.
Porque aquí se ha construido un relato perfecto. Un relato donde todo es sencillo: “no me viene bien”, “no es el momento”, “mi cuerpo, mi decisión”. Y asunto resuelto. Como quien cancela una cita. Como quien devuelve una prenda.
Todo muy moderno. Todo muy funcional. Todo muy… deshumanizado.
He escrito en esta columna sobre cómo convertimos la realidad en ficción —con animales, con política, con economía—. Aquí hemos hecho algo aún más inquietante: convertir una cuestión moral compleja en un trámite administrativo.
Firmas. Consentimientos. Protocolos. Y listo.
Pero la realidad —esa incómoda invitada que siempre vuelve— no desaparece porque la ignores. Y en este caso tiene forma, tiene desarrollo, tiene latido en fases avanzadas. No es un concepto. No es un debate de tertulia. Es algo más tangible de lo que nos gustaría admitir.
Y sin embargo, la conversación pública se ha reducido a consignas. A trincheras. A eslóganes repetidos como mantras para no pensar demasiado. Porque pensar aquí incomoda. Pensar aquí obliga a hacerse preguntas que no tienen respuesta fácil.
Y la sociedad moderna detesta lo que no es fácil.
Ahora bien, hay algo que me parece aún más revelador: la ligereza con la que se aborda todo esto desde algunos ámbitos políticos. Derecha, izquierda, centro… todos, en mayor o menor medida, jugando a no molestar. A no incomodar. A no perder votos.
Porque aquí nadie quiere enfrentarse de verdad al fondo del asunto. Es más cómodo delegar en la ley, en el procedimiento, en el “esto ya está resuelto”.
No lo está.
No lo está porque, más allá de la ideología, hay una dimensión humana que no desaparece con un decreto. Y quien pretenda que esto es un tema sencillo o completamente cerrado está, sencillamente, evitando mirarlo de frente.
Y luego está el silencio. El silencio posterior. El silencio social. El “aquí no ha pasado nada”.
Porque vivimos en una época que celebra la libertad, pero que no sabe gestionar sus consecuencias.
Yo no voy a dar lecciones a nadie. No voy a juzgar historias personales que no conozco. Pero sí voy a decir algo que parece haberse vuelto incómodo: no todo lo que es legal es moralmente neutro.
Y cuanto antes lo asumamos, mejor.
Porque cuando una sociedad necesita repetir constantemente que algo es un derecho para no cuestionarlo, quizá no está tan segura de ello como pretende.
Yo, por mi parte, seguiré incómodo.
Y lo prefiero así.
no hay comentarios
16-05-2026 medianoche
16-05-2026 medianoche
16-05-2026 medianoche
15-05-2026 12:19 p.m.
15-05-2026 12:10 p.m.
15-05-2026 11:37 a.m.
15-05-2026 11:05 a.m.
14-05-2026 8:43 p.m.
14-05-2026 5:22 p.m.
09-05-2026 medianoche
El daño que le ha hecho Disney a la sociedad02-05-2026 medianoche
Del gol al juzgado25-04-2026 medianoche
El litro obediente y el sueldo inmóvil18-04-2026 medianoche
La cobra y el Gobierno