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Por José Antonio Fernández | 🕘 5 minutos de lectura
Yo, que he pasado de presumir de repostar a 0,98 a celebrar como un idiota encontrar 1,29. Yo, que ya no miro el marcador de gasolina: me mira él a mí, con esa sonrisa de cajero automático que sabe que voy a pagar igual. Y lo digo sin rodeos: los precios suben para no volver a bajar. Es el único principio económico que nuestros gobernantes cumplen con disciplina prusiana.
Hace un lustro —qué palabra tan elegante para lo que era una vida normal— uno recorría gasolineras como un cazador de gangas. “En OCA está a 0,98”, decía uno en la oficina, con orgullo de conquistador doméstico. Hoy, el mismo tipo celebra el 1,30 como si hubiera descubierto la penicilina. Progreso, le llaman.
Luego llegó el zar de opereta con delirios imperiales, invadió Ucrania y el litro se fue a 1,90. “Es el conflicto”, dijeron los pregoneros oficiales. “Es el mercado”, añadieron los economistas de tertulia. “Es tu culpa”, insinuaron los pedagogos fiscales. Y entonces apareció papá Estado, generoso como siempre con el dinero ajeno, a regalarnos una “ayudita”. Ayudita. Diminutivo tierno para un parche que pagamos nosotros mismos con la otra mano.
Quitaron la ayudita —porque el teatro también tiene segundo acto— y el precio se “estabilizó” en 1,35. Estabilizar: ese verbo mágico que significa “te hemos acostumbrado a pagar más y ahora te parece normal”. Dos años después, repetimos coreografía. Nueva crisis internacional, nueva excusa, nueva subida. Mismo libreto. Mismo aplauso. Mismo atraco con factura.
Y cuando el humo se disipe —porque siempre se disipa— el precio no volverá a donde estaba. Se quedará un escalón más arriba, bien asentado, bien domesticado, mientras nosotros ajustamos expectativas como quien se ajusta el cinturón después de una comida indigesta. De 1,70 a 1,60 será la nueva épica del ahorro. Y en la oficina volveremos a alardear, esta vez con menos dientes y más resignación.
He escrito sobre el “efecto cobra”, sobre cómo una solución mal diseñada empeora el problema. Aquí lo tienen en versión energética: crisis, subida, subvención, retirada, consolidación del sablazo. Repetir. Repetir. Repetir. Y mientras tanto, el sueldo —ese fósil— inmóvil. El litro sube con vocación de cohete; el salario, con vocación de estatua.
Lo fascinante es la liturgia moral que acompaña al proceso. Te explican, con tono doctoral, por qué debes entenderlo. Que si la geopolítica. Que si los mercados. Que si la transición energética. Todo muy serio, muy técnico, muy… conveniente. Y si te quejas, eres un ignorante, un insolidario o, en días festivos, un negacionista del carburante.
Pero hagamos cuentas de barrio, que son las únicas que importan. Si cada crisis fija un nuevo suelo más alto, si cada “ayudita” se paga con impuestos presentes o futuros, y si el sueldo no acompaña, ¿quién gana? No hace falta un Nobel: gana el que fija reglas y pierde el que llena el depósito.
Y no, no es casualidad. Es diseño. Diseño político que convierte cada desgracia global en una oportunidad recaudatoria local. Diseño psicológico que transforma el abuso en costumbre. Diseño comunicativo que bautiza la subida como “ajuste” y la resignación como “madurez cívica”.
Yo no comulgo con esa religión del litro obediente. No comulgo con que me suban el precio, me den una limosna con mi propio dinero y me pidan gratitud por el gesto. No comulgo con que el esfuerzo se quede quieto mientras el coste se pone nervioso.
Seguiré mirando las gasolineras. Seguiré celebrando el euro sesenta como quien celebra que no le roben del todo. Y seguiré diciendo lo obvio, que a estas alturas es casi subversivo: si todo sube menos el sueldo, no es el mercado; es el sistema.
Y el sistema, cuando normaliza el sablazo, deja de ser economía para convertirse en costumbre. Y la costumbre, ya se sabe, es el mejor aliado del abuso.
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