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Por José Antonio Fernández | 🕘 6 minutos de lectura
He pisado estadios donde el insulto era casi un dialecto y la grada un teatro de exceso, de mala educación y, sí, también de libertad. Y lo digo sin rodeos: hemos pasado del fútbol al juzgado sin solución de continuidad. Del gol al auto judicial. Del abucheo al antecedente penal.
Un chaval de 19 años. Un energúmeno verbal, si quieren. Insultos racistas —repugnantes, sí— contra Marcus Rashford. Resultado: 15 meses de prisión suspendida, multa, prohibición de acceso a estadios y la correspondiente lección moral con toga. La justicia ha hablado. Y ha hablado alto, claro y con vocación pedagógica.
Ahora bien, hagamos la pregunta incómoda —la que no cabe en los comunicados institucionales ni en los tuits de virtud instantánea—: ¿desde cuándo el insulto, por miserable que sea, se castiga como si fuera un delito de sangre?
Porque el fútbol, ese ecosistema ruidoso, vulgar y apasionado, nunca ha sido una tertulia de salón ni una clase de urbanidad. Ha sido, precisamente, lo contrario: un lugar donde el individuo se disuelve en la masa y la masa se desahoga. A veces con ingenio. A veces con mala leche. A veces con una estupidez de campeonato.
¿Es deseable? No.
¿Es elegante? Tampoco.
¿Es delito? Ahí empieza el problema.
Porque si cruzamos esa línea —y parece que la hemos cruzado con entusiasmo burocrático— entramos en un terreno fascinante: el Estado como árbitro del lenguaje. No del juego. Del lenguaje. El juez sustituyendo al portero. El fiscal marcando el fuera de juego. La grada convertida en una sala de audiencias donde cada grito puede ser una prueba.
He escrito sobre Estados que no saben priorizar, sobre gobiernos que gastan en bufones y descuidan lo esencial, sobre sociedades que han perdido el sentido de la proporción. Aquí lo tienen en versión deportiva: la sobreactuación penal como sustituto de la autoridad moral.
Porque combatir el racismo es imprescindible. Pero convertir cada idiota en un caso judicial es otra cosa. Es otra liga. Es otra intención. Es, en el fondo, una forma elegante de control social.
Hoy es el insulto racista —que merece sanción social, expulsión del estadio, reproche público—.
Mañana será el insulto ofensivo.
Pasado, el comentario inapropiado.
Y al final, el silencio obligatorio.
La pendiente es resbaladiza y está bien engrasada.
La Liga, por supuesto, se felicita. “Lucha contra el racismo”, dicen. Qué noble. Qué necesario. Qué rentable en términos de imagen. Aunque, curiosamente, carezcan de autoridad directa para sancionar a los aficionados, sí parecen encantados de influir en el relato jurídico. Del espectáculo al sermón. Del negocio al catecismo.
Y mientras tanto, el fútbol pierde algo más valioso que la corrección política: pierde su naturaleza imperfecta, humana y caótica. Esa que no cabe en un código penal ni en un protocolo de buenas maneras.
No defiendo al imbécil. Que quede claro. El imbécil es imbécil aquí y en Stamford Bridge. Pero sí cuestiono un sistema que, incapaz de educar, decide castigar ejemplarmente. Porque castigar es más rápido. Más vistoso. Más titular.
Yo he estado en gradas donde se gritaba de todo. Y salíamos. Y volvíamos. Y, con el tiempo, algunos aprendían. Otros no. Así funciona la vida, no el BOE.
Pero ahora parece que cada grito necesita un abogado y cada insulto un juez.
Perfecto.
Sólo una advertencia, por si alguien aún cree que esto se quedará en el fútbol:
cuando el Estado empieza a legislar palabras, no suele parar en el estadio.
Y entonces ya no habrá grada.
Habrá silencio.
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