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Por Guillermo Molina | 🕘 7 minutos de lectura
Hay días en los que uno entiende por qué merece la pena vivir en Pozuelo de Alarcón. No hacen falta grandes inauguraciones, ni proyectos millonarios, ni discursos grandilocuentes, ni vídeos institucionales con música épica de fondo. Basta con acercarse una mañana al parque Prados de Torrejón y observar.
Observar, simplemente.
Porque este domingo se celebra la trigésimo primera edición del Día del Niño y, aunque parezca una actividad más del calendario municipal, en realidad es mucho más que eso. Es una de esas tradiciones que han conseguido sobrevivir al paso del tiempo, a los cambios políticos, a las modas y a esa extraña costumbre moderna de convertir todo en algo efímero.
Llevo muchos años viendo cómo llega esta jornada y siempre me produce la misma sensación. Durante el resto del año nos empeñamos en hablar de los muchos Pozuelos que existen. El Pozuelo del pueblo. El de la Avenida de Europa. El de Monteclaro. El de Somosaguas. El de Húmera. El de las urbanizaciones. El de los jóvenes. El de los mayores. El de los recién llegados y el de los que todavía recuerdan cuando aquí había más huertas que edificios.
Y sin embargo llega el Día del Niño y todos esos Pozuelos desaparecen.
Por unas horas sólo existe uno.
Uno solo.
Porque en Prados de Torrejón se dan cita familias de todos los rincones del municipio. Los que llevan aquí tres generaciones y los que llegaron hace tres meses. Los que votan a unos y los que votan a otros. Los que van a misa y los que no pisan una iglesia desde la comunión. Los que juegan al fútbol, al rugby, al baloncesto, al ajedrez o al kárate. Los que pertenecen a asociaciones culturales, a peñas, a hermandades, a clubes deportivos o simplemente salen a pasear.
Y todos comparten el mismo espacio.
No parece gran cosa, pero en estos tiempos es casi un milagro.
Vivimos en una época en la que cada vez cuesta más coincidir. Las redes sociales nos han metido en compartimentos estancos. Los algoritmos nos enseñan únicamente a quienes piensan como nosotros. Los barrios se especializan. Los colegios crean sus círculos. Los grupos de WhatsApp sustituyen a las plazas de toda la vida.
Por eso me gustan tanto jornadas como ésta.
Porque recuerdan algo que a veces olvidamos: una ciudad no son sólo sus calles. Son sus relaciones humanas.
Y precisamente ahí radica el éxito de esta celebración.
Más de cuarenta asociaciones compartiendo espacio. Clubes deportivos enseñando a los niños lo que hacen durante el año. Voluntarios dedicando horas sin pedir nada a cambio. Policías, bomberos, Protección Civil, músicos, bailarines, monitores, educadores y familias colaborando en una especie de pequeña feria de la convivencia que, vista desde fuera, dice mucho de lo que es realmente Pozuelo.
Porque a veces tenemos una imagen muy superficial de nuestro municipio.
Desde fuera suelen hablarnos de renta per cápita, de chalés, de colegios prestigiosos o de estadísticas económicas. Todo eso está muy bien. Pero el verdadero patrimonio de una ciudad nunca son los ladrillos.
Son las personas.
Y el Día del Niño es una demostración magnífica de ello.
Me gusta especialmente ver cómo los más pequeños descubren actividades que ni siquiera sabían que existían. Un niño que se sube a un tatami y descubre el kárate. Otro que escucha a la Banda Juvenil La Lira. Una niña que participa en un taller creativo. Otro que se queda embobado viendo a los perros policía. Alguno que descubre el ajedrez. Otro que se acerca por primera vez a una asociación cultural.
Así se construyen las ciudades.
No con hormigón.
Con experiencias.
Con recuerdos.
Con tradiciones.
Porque las tradiciones tienen muy mala prensa entre quienes confunden modernidad con amnesia. Pero una tradición no es otra cosa que una costumbre que ha demostrado su utilidad durante muchos años.
Y treinta y una ediciones después, pocas dudas quedan sobre la utilidad de ésta.
Quizá por eso el Día del Niño se ha convertido en algo más importante de lo que parece. Ya forma parte de la memoria sentimental de varias generaciones de pozueleros. Muchos de los padres que este domingo llevarán a sus hijos corrieron hace años por esos mismos parques, se montaron en aquellos mismos hinchables o participaron en actividades parecidas.
Ahora regresan con sus propios hijos.
Y eso tiene algo de hermoso.
Porque una ciudad madura cuando consigue transmitir sus recuerdos de una generación a otra.
Por eso, cuando este domingo vea las calles llenas de familias, los gigantes y cabezudos recorriendo el recinto, los clubes enseñando su trabajo y los niños corriendo de una actividad a otra como si el mundo se acabara al caer la tarde, volveré a pensar lo mismo que pienso cada año.
Que quizá el mayor éxito de Pozuelo no sean sus cifras económicas, ni sus rankings, ni sus estadísticas.
Quizá el mayor éxito de Pozuelo sea seguir siendo capaz, treinta y una ediciones después, de reunir a todo un pueblo alrededor de sus niños.
Y eso, en los tiempos que corren, vale más que muchas obras públicas.
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