La concejalía que podría hacer rico a un pueblo... y nadie se lo cree

03-07-2026 10:27 p.m.

Por Guillermo Molina | 🕘 8 minutos de lectura

Siempre he pensado que la mejor manera de saber si un gobernante local ha trabajado alguna vez fuera de la política es preguntarle por el comercio de su municipio. No falla. Si empieza a hablar de campañas con globos, ferias de fin de semana, bolsas reutilizables, sorteos de cheques-regalo y fotos con comerciantes sonriendo, ya sé que no tiene la menor idea de cómo funciona la economía real. Porque el comercio local no es un departamento simpático del Ayuntamiento. Es, probablemente, la concejalía más importante después de Hacienda. Lo demás son fuegos artificiales.

A mí me hace gracia cuando oigo a determinados alcaldes sacar pecho porque su ciudad está entre las más ricas de España. Pozuelo de Alarcón, Boadilla del Monte, Majadahonda... magnífico. Urbanizaciones espectaculares, empresas multinacionales, sedes corporativas, directivos, consejeros delegados, deportistas, empresarios, profesionales liberales... Todo eso está muy bien. Pero esa riqueza no la ha creado el Ayuntamiento. Ha tenido la suerte —o el acierto urbanístico de hace décadas— de atraerla. El mérito empieza después: conseguir que ese dinero circule por el municipio en lugar de salir disparado cada mañana hacia Madrid como el agua por un desagüe.

Y aquí aparece un concepto que apenas escuchará usted en un pleno municipal: el efecto multiplicador local. Dicho de otra manera, el milagro de que un euro gastado en una tienda de Pozuelo pague el sueldo de un empleado de Pozuelo, el alquiler de un local de Pozuelo, los impuestos de Pozuelo, al proveedor de Pozuelo y termine convirtiéndose en otra compra dentro del propio municipio. Eso es riqueza de verdad. Eso es economía de proximidad. Eso es reducir las famosas fugas de renta de las que hablan los economistas mientras los políticos siguen inaugurando jardineras.

Porque el verdadero objetivo no consiste únicamente en que el dinero no se escape. Consiste en traer dinero de fuera. Esa es la diferencia entre un municipio acomodado y un municipio inteligente. Cuando alguien decide venir desde Madrid, desde Majadahonda, desde Las Rozas o desde Boadilla para comprar, comer, pasear o disfrutar de una oferta comercial distinta, está dejando riqueza nueva. Dinero fresco. Actividad. Empleo. Vida.

¿Se imagina usted, por un momento, que la famosa Milla de Oro madrileña estuviera en Pozuelo? No hablo solo de las tiendas de lujo. Hablo del movimiento económico que generan. Restaurantes llenos, cafeterías trabajando sin descanso, taxis, aparcamientos, hoteles, servicios profesionales, seguridad privada, limpieza, mantenimiento... Un solo foco comercial potente acaba irradiando prosperidad a cientos de negocios que ni siquiera venden el mismo producto. Así funcionan las grandes ciudades que entienden la economía. Lo demás son discursos para el Día del Comercio.

Sin embargo, uno observa la realidad municipal y descubre una paradoja deliciosa. Existe una Concejalía de Comercio Local, sí, pero suele ser la hermana pobre del Ayuntamiento. Cada año un presupuesto más ajustado, menos capacidad de actuación y más dependencia de otras áreas, no sea que alguien destaque más que el patrón y lo malinterpreten en Génova. Casi parece que potenciar el comercio fuera un entretenimiento secundario, cuando debería ser una obsesión diaria. Yo, si fuera alcalde, dormiría pensando en cómo atraer consumidores de fuera y me levantaría pensando exactamente en lo mismo.

Porque el comercio es mucho más que vender zapatos, pan o gafas. El comercio fija población, genera empleo, mantiene las calles vivas, evita locales vacíos, mejora la seguridad, crea identidad y convierte un municipio en un lugar agradable para vivir. Un escaparate iluminado hace más por una calle que veinte discursos institucionales. Un centro urbano lleno de gente consume, pasea, conversa y acaba queriendo más a su pueblo.

Pero claro, eso exige trabajar mucho y hacerse pocas fotografías. Exige coordinar urbanismo, movilidad, aparcamientos, hostelería, cultura, limpieza, seguridad y asociaciones empresariales. Exige escuchar a quienes levantan la persiana todos los días en lugar de limitarse a invitarlos una vez al año a recoger un diploma. Exige entender que un comerciante no necesita tanto una palmadita en la espalda como clientes entrando por la puerta.

Yo sospecho que muchos responsables municipales nunca han tenido una nómina que dependiera de vender algo. Por eso creen que dinamizar el comercio consiste en organizar una feria gastronómica, repartir unos folletos y subir cuatro vídeos a las redes sociales. Y luego, hasta el año siguiente. Mientras tanto, los comerciantes siguen haciendo auténticos malabarismos para competir con internet, con los grandes centros comerciales y con unos costes que no dejan de crecer.

Es curioso. Los alcaldes suelen presumir de hospitales, de parques, de polideportivos, de auditorios o de grandes obras. Todo eso está muy bien. Pero el día que una calle pierde sus comercios, empieza a perder también su alma. Y recuperar un alma cuesta muchísimo más que inaugurar una rotonda.

Quizá algún día alguien descubra que la Concejalía de Comercio no debería ser un rincón discreto del organigrama municipal, sino una de las grandes joyas de la corona. Porque los votos duran cuatro años. La economía de un pueblo, cuando se hace bien, puede durar generaciones.

Que lástima tener concejales con disposición al trabajo y que le aten las manos por Dios sabe qué.

COMENTARIOS

11 de julio de 2026 a las 08:07

Sin comercio

Sin comercio, especialmente local y con raíces autóctonas, no hay vida ni cultura en un pueblo.

En Pozuelo ya hay muchos locales cerrados o convertidos en viviendas. Cada vez más las únicas opciones que nos quedan son las de ir al centro comercial, se aparca fácil. Y mientras nos quedamos sin vida en el pueblo…


9 de julio de 2026 a las 13:48

Ni una propuesta

El artículo aporta más bien poco. Se habla de que bien estaría la "milla de oro", restaurantes, y otro montón de cosas. Ninguna idea en concreto, para un pueblo en el que cada vez que se va a hacer algo, aunque sea un palacio de congresos o un recinto ferial, una simple gasolinera, una plaza de toros o una urbanización en un terreno lleno de escombreras, el que vive cerca protesta.

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