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Por Guillermo Molina | 🕘 6 minutos de lectura
Hay una frase que llevo años escuchando y que cada vez me parece más cierta: casi ninguna opinión es completamente nuestra. Creemos que pensamos por nosotros mismos, que llegamos a nuestras conclusiones después de analizar los hechos, que nadie nos mueve los hilos... y una leche. La inmensa mayoría de las veces acabamos defendiendo la idea que mejor nos han sabido vender. El marketing no solo sirve para vender coches o perfumes; sirve, sobre todo, para vender voluntades.
Uno de los ejemplos más claros que he visto en Pozuelo fue el proyecto de construir una plaza de toros permanente. A mí aquello me fascinó, no tanto por la plaza en sí, sino por el laboratorio sociológico que se montó alrededor. Porque la propuesta tenía cierta lógica. Pozuelo lleva décadas demostrando que existe una afición taurina considerable. Ahí están las peñas, las novilladas, los festejos populares, los aficionados que cada septiembre llenan una plaza portátil que, siendo sinceros, parece más propia de un pueblo improvisado que de una ciudad con la renta per cápita de Pozuelo.
Lo razonable parecía pensar que, tarde o temprano, un municipio con semejante tradición acabaría teniendo una plaza digna. No únicamente para tres tardes de feria, sino para organizar escuelas taurinas, festivales benéficos, clases prácticas, concursos de recortes, conferencias, exposiciones o cualquier actividad relacionada con un mundo que forma parte de la historia cultural de España, le guste o no le guste a quien no comparte esa afición.
Pero entonces empezó el espectáculo de verdad.
El vecino que no quería la plaza junto a su casa comenzó a generar opinión. El antitaurino hizo exactamente lo mismo. El adversario político encontró una magnífica oportunidad para convertir el proyecto en un fracaso personal de la alcaldesa. Aparecieron los expertos de última hora, los del "sí, pero ahí no", los del "no es el momento", los del "hay prioridades", los del "es dinero tirado", los del "qué necesidad", los del "yo soy taurino, pero...". Siempre me han hecho gracia los españoles que empiezan una frase con un "yo soy..., pero...". Después del "pero" suele venir la verdadera opinión.
Y mientras tanto, ocurrió algo muy humano. Los aficionados a los toros, que probablemente eran mayoría silenciosa en este asunto, comenzaron a callarse. Unos para evitar discusiones con el vecino. Otros porque nadie tiene ganas de convertirse en sospechoso de nada por decir que le gusta un espectáculo con varios siglos de historia. Otros, simplemente, porque el ambiente se volvió tan hostil que optaron por asentir con la cabeza y dejar pasar el chaparrón.
Así funcionan las corrientes de opinión. No siempre gana quien tiene más razón. Gana quien hace más ruido.
Es un fenómeno curioso. La gente cree que la censura consiste únicamente en prohibir hablar. Yo creo que existe otra mucho más sofisticada: conseguir que el otro deje de hablar porque siente que va a ser señalado. No hace falta cerrar periódicos. Basta con fabricar un clima donde determinadas opiniones parezcan moralmente defectuosas. Es infinitamente más eficaz.
Al final, el proyecto terminó donde terminan tantos proyectos en España: en un cajón. Y Pozuelo sigue montando cada año una plaza portátil que cumple su función, sí, pero que difícilmente puede compararse con una infraestructura permanente en un municipio que presume —y con razón— de excelencia en casi todo.
Lo verdaderamente interesante no es si uno está a favor o en contra de los toros. Ese debate seguirá existiendo dentro de veinte años. Lo interesante es comprobar hasta qué punto un grupo bien organizado puede orientar el pensamiento colectivo hasta convertir una posibilidad bastante razonable en una idea casi vergonzante.
A veces me pregunto cuántas decisiones creemos haber tomado libremente y cuántas son, en realidad, el resultado de cientos de pequeños empujones recibidos desde los medios de comunicación, las redes sociales, los grupos de WhatsApp, las conversaciones de café o ese vecino que siempre sabe lo que conviene hacer... a los demás.
Quizá la plaza de toros nunca llegó a construirse porque realmente no era necesaria. Es posible. Pero también cabe otra explicación, y a mí me parece bastante más inquietante: que nunca llegara a levantarse porque quienes estaban a favor acabaron convencidos de que lo inteligente era callarse mientras otros hablaban por ellos.
Y eso sí que da miedo. Porque una plaza portátil siempre puede sustituirse por otra mejor. Una sociedad que deja de expresar lo que piensa por miedo a la opinión fabricada de los demás tarda muchísimo más en reconstruirse.
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