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Por Guillermo Molina | 🕘 6 minutos de lectura
Hay una disertación que escuché hace unos días en televisión y que, cuanto más tiempo pasa, más vueltas le doy. Venía a decir, en esencia, que el problema de una parte de nuestra clase política no es que sus miembros no hayan estudiado en Harvard o en Oxford. Ni siquiera que carezcan de un doctorado. El verdadero problema es mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más grave: no han hecho otra cosa en su vida que vivir del partido. No conocen el mundo real porque jamás han tenido necesidad de conocerlo.
Y no puedo estar más de acuerdo.
Fíjese usted en cualquier profesión. Una enfermera pasa años estudiando antes de poder poner una inyección. Un electricista aprende a base de equivocarse antes de dirigir una empresa. Un fontanero, un agricultor, un camionero, un arquitecto, un carnicero, un farmacéutico o el dueño de una granja de cerdos saben perfectamente lo que cuesta sacar adelante una jornada de trabajo porque han tenido que levantarse temprano, pagar impuestos, perder clientes, ganar otros, equivocarse, volver a empezar y, sobre todo, asumir responsabilidades que nadie les perdonaba.
Luego está esa otra especie. La del político profesional.
Ese muchacho que empezó colocando sillas en un mitin, repartiendo propaganda, pegando carteles a las tres de la madrugada, aplaudiendo con entusiasmo cada ocurrencia del jefe y aprendiendo pronto cuál era la única asignatura verdaderamente importante: la obediencia. Si uno asciende porque piensa, corre el riesgo de convertirse en un problema. Si asciende porque obedece, termina siendo ministro.
No es una crítica a un partido concreto. Sería demasiado fácil. Basta darse una vuelta por cualquier sede del PP, del PSOE, de Podemos, de Sumar, de Vox o del partido que toque esa temporada para comprobar que todos cultivan con esmero el mismo vivero. Cambian las siglas, cambian los colores, cambian los eslóganes, pero el mecanismo es prácticamente idéntico. Premiar la fidelidad antes que el talento es una tentación tan antigua como la política misma.
A veces pienso que hemos convertido la política en la única profesión del mundo donde la falta de experiencia se premia. A un cirujano le exigiríamos miles de operaciones antes de ponerle un bisturí en la mano. A un piloto de aviación, cientos de horas de vuelo antes de despegar con pasajeros. Sin embargo, aceptamos con absoluta naturalidad que alguien administre cientos de millones de euros públicos sin haber administrado jamás una pequeña empresa, un comercio, una explotación agrícola o, simplemente, una comunidad de vecinos.
Y luego nos extrañamos.
Nos sorprende que redacten leyes imposibles de aplicar. Que desconozcan cómo funciona una empresa. Que hablen de autónomos sin haber emitido una factura en su vida. Que legislen sobre vivienda sin haber negociado nunca un alquiler. Que diseñen impuestos sin haber pagado una nómina. Es como pedirle a un capitán de barco que describa el mar después de haberlo visto únicamente en Google Maps.
Por eso, si un padre joven me preguntara hoy cuál es la actividad extraescolar con mayor salida profesional en España, quizá tendría que responderle con toda la ironía del mundo: apunte al niño a un partido político. Da igual cuál. Los lunes y los miércoles, después del colegio, que vaya aprendiendo dónde se colocan las sillas en los mítines, cómo se aplaude en el momento oportuno y, sobre todo, cómo se sonríe al jefe aunque uno piense exactamente lo contrario. Si además aprende pronto a no hacer demasiadas preguntas, tiene media carrera hecha.
Suena exagerado. Ojalá lo fuera.
Porque una democracia sana necesita políticos que hayan conocido antes la vida. Que sepan lo que cuesta levantar una persiana, pagar un sueldo, llegar a fin de mes o despedir a un trabajador con un nudo en el estómago. Necesita representantes que traigan al Parlamento el olor de un taller, de un hospital, de una fábrica, de un despacho de abogados, de una obra, de una granja o de un aula, no únicamente el olor a moqueta de una sede de partido.
Al final, gobernar un país debería parecerse mucho más a dirigir una familia que a presidir una agrupación política. Lo primero exige experiencia. Lo segundo, demasiadas veces, solo exige lealtad. Y cuando la lealtad vale más que el mérito, el ciudadano acaba pagando la factura de una clase dirigente que aprendió muy pronto a vivir de la política... sin haber vivido antes de nada.
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