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Por Guillermo Molina | 🕘 12 minutos de lectura
En Pozuelo, Majadahonda, Boadilla y Las Rozas hemos conseguido algo extraordinario: vivir en algunos de los municipios más ricos de España y criar una generación que no puede permitirse quedarse en ellos.
El otro día me dio por pensar en lo bien que hemos educado a nuestros hijos. Les hemos enseñado a estudiar, a trabajar, a ser responsables, a no gastar más de lo que ganan, a ahorrar para el futuro y a no meterse en líos. Y ellos, que para nuestra desgracia nos han hecho caso, han terminado descubriendo que la única manera de independizarse en Pozuelo de Alarcón es que les toque la lotería, se casen con un consejero delegado o esperen pacientemente a que sus padres pasen a mejor vida. Lo último tiene el inconveniente de que los padres, además de tener la mala costumbre de querer seguir vivos, cada vez duramos más. Así que ahí los tiene usted, con treinta años, dos carreras, un máster, tres idiomas y una habitación decorada con los mismos muebles que les compramos cuando hicieron la primera comunión. Eso sí, viviendo en el municipio más rico de España. ¡Toma prosperidad!
Porque aquí somos ricos. Riquísimos. No lo digo yo, que bastante tengo con lo mío, sino el Instituto Nacional de Estadística, que acaba de publicar su Atlas de Distribución de Renta de los Hogares y vuelve a situar a Pozuelo en lo más alto del podio nacional, con 32.612 euros de renta neta media anual por habitante. Boadilla del Monte aparece en tercera posición, con 28.382 euros, y Las Rozas y Majadahonda también figuran entre los diez primeros municipios españoles de más de dos mil habitantes. Una maravilla. Cualquier día nos reciben en Bruselas con una banda de música y nos entregan una medalla por haber conseguido que cuatro municipios vecinos parezcan la sucursal madrileña de Mónaco. El problema es que las estadísticas tienen una peculiaridad bastante puñetera: hacen la media entre el señor que tiene tres empresas, dos chalés y un apartamento en Marbella y el muchacho que trabaja en una oficina y todavía le pide a su madre que le compre el suavizante. Después dividen, suman, calculan y resulta que los dos son prácticamente millonarios. Uno porque lo es y el otro porque vive cerca. Cosas de las matemáticas.
Yo no tengo nada contra la riqueza. Al contrario. Ojalá hubiera mucha más y mejor repartida por las calles, los comercios, los restaurantes y las empresas de nuestros municipios. Siempre he pensado que la prosperidad es una virtud y no un pecado, aunque últimamente algunos se empeñen en hacer creer que tener dinero es una enfermedad que debe tratarse en el Ministerio de Hacienda. Lo que me hace gracia es esta obsesión municipal por presumir de las rentas de los vecinos como si las hubiera generado personalmente el concejal de turno. Cada vez que aparece una clasificación, nuestros ayuntamientos parecen unos padres enseñando las notas del niño. Mire usted, sobresaliente en renta, matrícula de honor en esperanza de vida, notable alto en urbanizaciones de lujo y un extraordinario en coches alemanes. Pero ¿qué nota sacamos en conseguir que nuestros hijos puedan seguir viviendo donde nacieron? Ahí, curiosamente, se acaba la entrega de diplomas.
Y no hablamos de una impresión de barra de bar. En septiembre de 2026, el precio anunciado de la vivienda en Pozuelo rondaba los 4.964 euros por metro cuadrado; en Majadahonda, los 4.868; en Boadilla, los 4.384, y en Las Rozas, los 4.026. Haga usted una operación sencilla. Un piso de noventa metros cuadrados en Pozuelo, aplicando esa media, se acercaría a los 447.000 euros. Y no estoy hablando de un palacete en Somosaguas con piscina climatizada, gimnasio, bodega y un señor que le abra la puerta. Hablo de noventa metros cuadrados. Un salón, unas habitaciones, una cocina y, con un poco de suerte, un tendedero donde colocar la ropa interior sin que se entere toda la comunidad. Naturalmente, los precios anunciados no son los de las compraventas finalmente escrituradas, pero sirven para hacerse una idea de lo que encuentra quien se pone a buscar casa. Si además necesita financiar la operación, que es lo normal cuando uno no tiene un tío banquero, la cosa empieza a parecerse a una novela de terror.
Recuerdo cuando independizarse significaba marcharse de casa de los padres. Ahora significa marcharse del municipio. El niño que jugaba en el parque de Las Minas, que iba al colegio en Pozuelo, que se echó sus primeras novias por la Avenida de Europa y que aprendió a conducir dando vueltas por las calles de La Estación, descubre que para formar una familia tiene que buscar vivienda cada vez más lejos. Lo mismo ocurre en Majadahonda, en Boadilla o en Las Rozas. Y a mí eso me parece una tragedia pequeña, de las que no salen en los grandes titulares, pero terminan cambiando la vida de un pueblo. Porque cuando se marchan los jóvenes no se va únicamente una generación. Se van los futuros padres de los colegios, los clientes de los comercios, los socios de los clubes deportivos, los participantes de las peñas, los vecinos que continuarían las tradiciones y los nietos que podrían ir andando a merendar a casa de sus abuelos. Nos estamos convirtiendo en unos municipios tan exclusivos que corremos el riesgo de excluir precisamente a quienes deberían heredarlos.
Y aquí es donde me gustaría preguntar a nuestros responsables municipales algo que quizá no figure en el argumentario de sus respectivos partidos. ¿Qué estamos haciendo para evitarlo? ¿Qué suelo se está destinando realmente a viviendas accesibles? ¿Qué promociones públicas o protegidas llegan a quienes han crecido aquí? ¿Cuánto tardan en desarrollarse los nuevos sectores residenciales? ¿Qué posibilidades tiene un joven trabajador de acceder a una vivienda sin que sus padres tengan que hipotecar hasta el perro? Ya sé que los ayuntamientos no controlan los tipos de interés, ni los salarios, ni toda la legislación urbanística, ni pueden fabricar pisos como quien hace churros. Pero tienen competencias, instrumentos de planificación, patrimonio, capacidad de gestión y, sobre todo, la obligación de pensar en el futuro de sus vecinos. Y si no pueden solucionar el problema por sí solos, al menos podrían convertirlo en una prioridad política en lugar de limitarse a celebrar cada nueva clasificación de riqueza.
Porque construir una ciudad no consiste únicamente en llenar sus calles de urbanizaciones estupendas, rotondas ajardinadas, centros comerciales y parques donde los niños puedan jugar bajo la mirada de unas cámaras de seguridad. Construir una ciudad consiste también en permitir que esos niños, cuando crezcan, puedan quedarse. Que el hijo del comerciante tenga alguna posibilidad de vivir cerca del negocio familiar. Que la hija de una enfermera no tenga que elegir entre independizarse o seguir viendo a sus padres sin organizar una expedición. Que el profesor, el policía, el administrativo, el camarero, el electricista o la dependienta no sean considerados habitantes de segunda por no poder pagar lo que cuesta una vivienda en el municipio donde trabajan.
Y tampoco estoy proponiendo que convirtamos Pozuelo en una inmensa promoción de pisos ni que resolvamos el problema a base de levantar edificios hasta que no se vea la sierra. No vaya a ser que alguien me malinterprete y mañana aparezca un grupo de WhatsApp acusándome de querer construir Benidorm en el Monte de Boadilla. Hablo de planificación, de equilibrio, de aprovechar el suelo disponible con inteligencia, de vivienda protegida bien diseñada, de alquiler asequible cuando sea viable y de pensar un poco menos en la próxima inauguración y bastante más en los próximos veinte años. Lo que viene siendo gobernar, aunque comprendo que no siempre resulte tan fotogénico como cortar una cinta.
A mí me gustan estos pueblos. Me gustan sus calles, sus tradiciones, sus fiestas, sus comercios, sus vecinos de toda la vida y también los que llegaron ayer buscando un lugar donde criar a sus hijos. Me gusta que prosperen, que atraigan empresas, que tengan buenos servicios y que sus habitantes vivan cada vez mejor. Precisamente por eso me preocupa que confundamos prosperidad con exclusividad. Un municipio puede ser extraordinariamente rico en términos estadísticos y estar empobreciéndose en algo bastante más importante: su continuidad humana.
Porque llegará un día, si seguimos por este camino, en que nuestros ayuntamientos volverán a anunciar orgullosos que somos los municipios más ricos de España. Sacarán la nota de prensa, pondrán la fotografía institucional, aparecerá algún concejal felicitándose por el extraordinario nivel de vida y todos brindaremos por nuestra maravillosa prosperidad. Mientras tanto, nuestros hijos vendrán a visitarnos el domingo desde donde hayan conseguido encontrar un piso que puedan pagar.
Y entonces comprenderemos la paradoja.
Hemos conseguido que nuestros pueblos sean tan ricos que nuestros hijos ya no pueden permitirse vivir en ellos.
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