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Por Micaela Malaussena | 🕘 22 minutos de lectura
Hay deudas que hacen saltar todas las alarmas. Y otras que se pagan sin demasiadas explicaciones. En unas familias, perder varios miles de euros puede desencadenar una crisis inmediata. En otras, la misma cantidad apenas altera las cuentas domésticas. El dinero desaparece, pero la vida continúa aparentemente igual.
Y precisamente ahí, en esa capacidad para seguir adelante como si nada ocurriera, puede esconderse una adicción.
La ludopatía no entiende de códigos postales, aunque sus consecuencias puedan manifestarse de forma muy distinta dependiendo de dónde y cómo viva quien la padece. Tener un buen sueldo, una vivienda de alto valor o una situación profesional desahogada no protege frente a la pérdida de control. A veces, incluso puede dificultar que los demás se den cuenta.
Es una de las cuestiones que surgen al investigar la adicción al juego en Pozuelo de Alarcón, Majadahonda, Boadilla del Monte, Las Rozas y Aravaca, territorios que comparten una característica poco habitual en el conjunto de España: una elevada concentración de renta.
Para entender qué sucede detrás de esa prosperidad, hemos recurrido a las estadísticas del Ministerio de Sanidad, la Comunidad de Madrid y el Instituto Nacional de Estadística, además de contar con la colaboración de Diana García Gutiérrez, trabajadora social y educadora social de Centro Arbor, especializado en adicciones y patología dual.
Su primera advertencia desmonta una creencia bastante extendida.
«El dinero no inmuniza frente a la adicción. Con recursos limitados, las pérdidas pueden comprometer pronto los gastos básicos; con más recursos, las consecuencias pueden tardar en hacerse visibles».
Parece una diferencia pequeña, pero no lo es. El problema puede ser igualmente grave en ambos casos. Lo que cambia, según explica la especialista, es el tiempo que tarda en descubrirse.

Zona residencial de La Finca, en Pozuelo de Alarcón. Los especialistas advierten de que una situación económica desahogada puede retrasar la detección de una adicción al juego, al permitir que las pérdidas pasen inadvertidas durante más tiempo.
Cuando perder dinero no es suficiente para dar la voz de alarma
Pozuelo de Alarcón vuelve a figurar como el municipio con mayor renta neta media por habitante de España. Los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, correspondientes a 2024 y publicados el pasado 19 de octubre, sitúan esa renta en 32.612 euros anuales por persona. Boadilla del Monte alcanza los 28.382 euros; Las Rozas, los 26.014; y Majadahonda, los 25.878.
Para hacerse una idea de la diferencia, la media nacional es de 15.948 euros.
Aravaca, aunque administrativamente pertenece a Madrid capital, comparte con estas localidades un entorno residencial en el que abundan los hogares de renta elevada. Eso no significa que todos sus vecinos disfruten de la misma posición económica, ni mucho menos que exista una relación demostrada entre vivir en estas zonas y desarrollar una adicción.
Pero las cifras sí ayudan a comprender algo que Centro Arbor conoce por su experiencia profesional: cuando hay margen económico para asumir las pérdidas, las consecuencias más visibles pueden demorarse.
Una persona puede continuar trabajando, atendiendo sus obligaciones y manteniendo un nivel de vida aparentemente normal mientras su relación con el juego se deteriora. Quizá nadie observe dificultades económicas inmediatas. Eso no significa que no las haya, ni que el problema se limite al dinero.
«No medimos la gravedad únicamente en euros: también cuentan las ocultaciones, el deterioro de la confianza, la pérdida de control y el sufrimiento psicológico», explica Diana García.
Es una distinción fundamental. Una deuda puede pagarse. Recuperar la tranquilidad o la confianza de una familia no resulta tan sencillo.
De hecho, la especialista recuerda que algunas personas consiguen afrontar las consecuencias económicas de su comportamiento durante mucho tiempo, aunque emocionalmente lleven años desbordadas.
«Lo que puede cambiar no es la gravedad del sufrimiento, sino el tiempo que la persona consigue mantenerlo oculto. Tener más recursos no significa tener más control».
Conviene señalar que Centro Arbor no dispone de datos estadísticos desglosados por los municipios investigados. Por tanto, no sería riguroso afirmar que los vecinos de Pozuelo o Majadahonda padecen más ludopatía que los de otras localidades. Lo que describe la especialista es una circunstancia clínica que merece ser estudiada: el posible retraso en la detección cuando existen recursos suficientes para seguir soportando las pérdidas.

Pozuelo, Majadahonda, Boadilla y Las Rozas sumaban trece salones de juego autorizados a finales de 2024, aunque su número no permite determinar cuántos vecinos padecen ludopatía. Fotografía de archivo tomada fuera de España.
Trece salones de juego y una realidad que ya no depende de tener uno cerca
La Comunidad de Madrid tenía autorizados, a 31 de diciembre de 2024, trece salones de juego repartidos entre los cuatro municipios: cinco en Majadahonda, cuatro en Pozuelo, tres en Las Rozas y uno en Boadilla.
Son datos oficiales facilitados por el Gobierno regional a través de una resolución de Transparencia.
Majadahonda presenta la mayor concentración de estos establecimientos en relación con su población. Sin embargo, sería un error interpretar esa circunstancia como una prueba de que sus vecinos padecen más adicciones.
Primero, porque un salón puede recibir clientes de otras localidades. Segundo, porque existen otras modalidades de juego presencial, incluidas las máquinas con premio instaladas en establecimientos de hostelería. Y tercero, porque las apuestas hace tiempo que dejaron de depender exclusivamente de una puerta abierta a pie de calle.
«Antes, para muchas modalidades había que desplazarse a un local. Hoy el juego puede entrar en cualquier hogar a través de una pantalla», explica Diana García.
El teléfono móvil ha cambiado las reglas. El acceso es inmediato, la actividad puede mantenerse en privado y la cercanía de una casa de apuestas deja de ser un elemento necesario para participar en juegos online.
En esa nueva realidad, un municipio con pocos establecimientos físicos no tiene por qué presentar menos problemas relacionados con el juego.
El móvil tampoco distingue entre viviendas de lujo y hogares con dificultades económicas. La pantalla es la misma. Lo que puede cambiar es la capacidad para afrontar las pérdidas y, posiblemente, el momento en que alguien del entorno descubre lo que está ocurriendo.

Diana García Gutiérrez, trabajadora social y educadora social de Centro Arbor, especializado en adicciones y patología dual, advierte de que un mayor poder adquisitivo puede retrasar la detección de la ludopatía: «Tener más recursos no significa tener más control».
El dato que debería preocuparnos: los adolescentes madrileños
Si hay una parte de esta investigación que merece especial atención es la que afecta a los jóvenes.
La última encuesta ESTUDES de la Comunidad de Madrid refleja que el 4,8 % de los estudiantes de entre 14 y 18 años presenta indicadores de posible juego problemático. En 2023 era el 3,4 %.
En apenas dos años, el porcentaje ha aumentado 1,4 puntos.
No significa que todos esos adolescentes tengan una ludopatía diagnosticada. La encuesta utiliza una herramienta para identificar posibles conductas problemáticas. Pero la evolución merece atención.
La diferencia entre chicos y chicas es igualmente significativa: el 7,9 % de los varones presenta esos indicadores, frente al 2 % de las mujeres.
Hay un detalle que Centro Arbor considera especialmente delicado. En las apuestas deportivas, la familiaridad con los equipos y las competiciones puede hacer creer a algunos jóvenes que tienen más posibilidades de acertar.
«En las apuestas deportivas, conocer los equipos puede confundirse con controlar el resultado», advierte la especialista.
Saber quién juega de delantero, conocer el estado de forma de un equipo o seguir una competición cada fin de semana no elimina la incertidumbre de un resultado deportivo. Sin embargo, la sensación de conocimiento puede alimentar una confianza que no siempre se corresponde con las probabilidades reales.
A ello se suma la búsqueda de recompensas inmediatas y la dificultad para manejar determinadas frustraciones durante la adolescencia.
Por eso, desde Centro Arbor insisten en que la prevención tiene que ir bastante más lejos que repetir a los jóvenes que apostar puede hacerles perder dinero.
Hay que enseñarles a entender las probabilidades, a identificar expectativas poco realistas y a gestionar la frustración. Y hacerlo antes de que aparezcan los primeros problemas.

Diana García Gutiérrez, de Centro Arbor, durante una reunión de trabajo. La detección temprana y el acompañamiento profesional son fundamentales para abordar la adicción al juego y evitar que sus consecuencias económicas, familiares y emocionales se agraven.
La ludopatía no siempre tiene el rostro que imaginamos
Existe cierta tendencia a asociar las adicciones al juego con personas que han perdido su empleo, atraviesan graves dificultades económicas o viven en situaciones de exclusión social. Son circunstancias que pueden existir, pero la realidad es bastante más amplia.
Los datos del Ministerio de Sanidad ofrecen una imagen menos estereotipada.
En 2023 se registraron en España 4.009 admisiones a tratamiento por adicción al juego. El 90,9 % correspondía a hombres y la edad media se situaba en 39,1 años.
Hay una cifra que llama especialmente la atención: más de seis de cada diez personas atendidas, el 62,1 %, estaban trabajando cuando comenzaron el tratamiento.
También había pacientes con estudios superiores a la enseñanza obligatoria y personas que nunca antes habían buscado ayuda profesional.
Son datos nacionales, no específicos del noroeste madrileño, pero bastan para descartar la idea de que tener trabajo o formación académica constituye una garantía frente al problema.
Diana García explica que tampoco existe una motivación única para jugar.
Algunas personas buscan excitación. Otras intentan olvidarse durante un rato de sus preocupaciones. También están quienes utilizan el juego para aliviar su malestar y quienes se quedan atrapados en la necesidad de recuperar lo que ya han perdido.
Historias distintas que pueden terminar en un mismo punto: seguir jugando cuando uno ya no quiere, o cuando hacerlo empieza a perjudicar seriamente su vida.
El dinero es una parte del problema, pero no necesariamente la más difícil de resolver.
Según el informe estatal sobre adicciones comportamentales, las personas que iniciaron tratamiento por problemas relacionados exclusivamente con el juego online en 2023 presentaban una deuda media estimada de 19.340 euros. Entre quienes acudían por problemas de juego presencial, la media era de 14.495 euros.
Detrás de esas cantidades hay consecuencias que no caben en un extracto bancario.
La desconfianza, las discusiones, las explicaciones que dejan de resultar creíbles y las promesas de que será la última vez pueden instalarse en una familia mucho antes de que se conozca el alcance económico de la situación.
«La deuda puede ser el descubrimiento; la pérdida de control empezó antes», resume Centro Arbor.
En los casos más graves, ese deterioro puede acompañarse de sentimientos intensos de culpa, aislamiento y desesperanza. La especialista recuerda que el trastorno del juego se asocia a un mayor riesgo de conducta suicida y que cualquier manifestación de ideas suicidas requiere atención profesional urgente.
No se trata de presentar ese desenlace como inevitable, sino de entender que una adicción al juego puede convertirse en un problema de salud mental muy serio.
Las señales que pasan desapercibidas
¿Cómo darse cuenta de que alguien está perdiendo el control?
No siempre resulta fácil. A diferencia de otras adicciones, no tiene por qué haber signos físicos evidentes. Una persona puede mantener sus rutinas habituales y, al mismo tiempo, estar dedicando cada vez más tiempo y dinero al juego.
Diana García menciona algunas señales que deberían poner en alerta a las familias: apuestas cada vez más frecuentes, irritabilidad cuando no se puede jugar, movimientos bancarios difíciles de explicar, peticiones de dinero, mentiras o compromisos que comienzan a incumplirse.
También hay frases que conviene escuchar con atención.
«Lo controlo». «Solo quiero recuperar lo perdido». «Lo dejo cuando quiera».
Por separado, ninguna demuestra que exista una ludopatía. Pero cuando esas explicaciones se repiten y el comportamiento no cambia, puede haber un problema que necesita valoración profesional.
Y no hace falta esperar a que una persona acumule una deuda imposible de pagar.
La recuperación, explica Centro Arbor, es posible y existen tratamientos eficaces. Pero dejar de apostar es solo una parte del camino.
También hay que aprender a relacionarse de otra manera con el dinero, controlar los impulsos, afrontar las dificultades sin recurrir al juego y recuperar la confianza de las personas cercanas.
«No basta con dejar de jugar: necesitamos que el cambio se note en cómo vive».

Acceso a las instalaciones de Centro Arbor, especializado en el tratamiento de adicciones y patología dual. El centro destaca la importancia de la atención profesional y el acompañamiento terapéutico para superar la ludopatía y recuperar el equilibrio personal y familiar.
¿Estamos haciendo suficiente para prevenirlo?
La preocupación por las adicciones comportamentales ha llevado a las administraciones a desarrollar campañas y recursos específicos. La Comunidad de Madrid dispone de programas de prevención en el ámbito educativo y de servicios especializados para atender a personas con distintos problemas adictivos.
Los datos sanitarios muestran que existe demanda de ayuda.
El Centro de Adicciones Comportamentales del Hospital Gregorio Marañón había atendido, durante sus cuatro primeros años, a 2.324 personas, según la información difundida por la Comunidad de Madrid en septiembre de 2026. De ellas, 1.908 eran adultos y 416 menores.
Entre los adultos atendidos, el 41 % presentaba problemas relacionados con el juego.
Son cifras correspondientes a ese centro especializado, no un recuento de personas con ludopatía en toda la región.
En el ámbito local también existen iniciativas preventivas, aunque falta información comparable que permita evaluar su alcance real en Pozuelo, Majadahonda, Boadilla, Las Rozas y Aravaca.
¿Cuántos adolescentes han recibido formación específica sobre apuestas? ¿Cuántas familias saben reconocer los primeros síntomas? ¿Cuántas personas son derivadas desde atención primaria a recursos especializados? ¿Se conocen los resultados de los programas que se están desarrollando?
Son preguntas relevantes que no pueden contestarse únicamente contando campañas o actividades realizadas.
Para Diana García, la prevención debería apoyarse en tres actuaciones: formación continuada en colegios e institutos, orientación práctica a las familias y una coordinación efectiva entre centros educativos, profesionales sanitarios, servicios sociales y especialistas en adicciones.
Porque una charla de vez en cuando puede servir para llamar la atención, pero difícilmente sustituye un trabajo sostenido.
«Una charla aislada no sustituye una prevención sostenida; prevenir es dar herramientas para afrontar el malestar sin recurrir al juego», señala.

El teléfono móvil ha transformado el acceso al juego online, que puede realizarse desde cualquier hogar sin necesidad de acudir a una casa de apuestas. Imagen ilustrativa de un usuario de móvil; no representa a una persona diagnosticada de ludopatía.
La pregunta que todavía no tiene respuesta
Después de revisar los datos oficiales disponibles, queda una cuestión sin resolver: ¿cuántas personas padecen realmente ludopatía en Pozuelo, Majadahonda, Boadilla, Las Rozas y Aravaca?
No existe una estadística pública homogénea y suficientemente desglosada que permita responder con rigor, diferenciando los afectados por municipio, edad, sexo y situación económica.
Los registros sanitarios ofrecen información valiosa a escala nacional y autonómica. Los censos de establecimientos permiten estudiar una parte de la oferta presencial. Las encuestas escolares ayudan a detectar conductas de riesgo entre los adolescentes.
Pero todavía falta unir esas piezas con datos territoriales.
Sin esa información no sería serio atribuir a estas localidades una incidencia de ludopatía superior o inferior a la de otros municipios madrileños.
Lo que sí sabemos es que la adicción al juego no desaparece por el hecho de vivir en una zona acomodada. Que afecta a personas con empleo, formación y situaciones económicas muy distintas. Que las señales de riesgo entre los adolescentes madrileños han aumentado. Y que el dinero, en determinadas circunstancias, puede hacer más difícil advertir que alguien está perdiendo el control.
Tal vez ahí esté una de las cuestiones más importantes de esta investigación.
En una familia, las primeras pérdidas económicas pueden obligar a afrontar el problema. En otra, esas pérdidas pueden pagarse y quedar aparentemente olvidadas.
Pero pagar no siempre significa solucionar.
Lo expresa Diana García Gutiérrez con una frase que resume buena parte de lo que ocurre cuando la estabilidad económica permite que la adicción continúe oculta:
«Hay personas que pueden seguir pagando las consecuencias económicas de su adicción durante años, mientras emocionalmente llevan mucho tiempo sin poder sostenerlas».
Reportaje elaborado a partir de los datos del Instituto Nacional de Estadística, el Ministerio de Sanidad, la Comunidad de Madrid y la entrevista concedida a los medios IN por Diana García Gutiérrez, trabajadora social y educadora social de Centro Arbor. Las estadísticas generales no permiten establecer la prevalencia de ludopatía en los municipios investigados.
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