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Por Guillermo Molina | 🕘 7 minutos de lectura
Hay quien cree que las fiestas patronales sirven únicamente para que cuatro orquestas hagan ruido, los jóvenes trasnochen y los hosteleros hagan caja. Yo, qué quiere que le diga, cada vez estoy más convencido de que sirven para algo mucho más importante: recordarnos quiénes somos. Y eso, en una época en la que parece que todo el mundo anda buscando su identidad en un teléfono móvil o en una red social, no es precisamente poca cosa.
Dentro de unos días volverán las Fiestas de la Virgen del Carmen al barrio de La Estación y confieso que me producen una alegría especial. Porque, a diferencia de otros acontecimientos que nacen con fecha de caducidad para hacerse una fotografía bonita y desaparecer al día siguiente, estas fiestas tienen raíces. Y los árboles sin raíces ya sabemos cómo acaban: el primer vendaval los manda a tomar por saco.
Me gusta especialmente que sigan teniendo el mismo aroma de siempre. La procesión de la Virgen del Carmen recorriendo las calles que tantos vecinos conocen de memoria. La ofrenda floral. La misa solemne. La banda de música. La limonada compartida sin preguntar al de al lado qué vota ni cuánto gana. Eso es un pueblo. Lo demás son urbanizaciones muy bonitas.
Porque uno escucha hablar continuamente de convivencia, de cohesión social, de participación ciudadana... palabras muy modernas, muy de congreso, muy de experto con gafas de pasta. Sin embargo, la convivencia de verdad se fabrica alrededor de una mesa, de una verbena, de una peña, de una procesión o de unos gigantes y cabezudos que consiguen que un abuelo vuelva a sonreír igual que cuando llevaba de la mano a sus hijos, y ahora hace lo mismo con sus nietos.
Hay algo que siempre he admirado de Pozuelo. A pesar de haber crecido como pocas ciudades de España, todavía conserva pequeños refugios donde sigue latiendo el pueblo que fue. La Estación es uno de ellos. Allí todavía existe ese extraño milagro de que los vecinos se conozcan, se saluden, recuerden quién vivía antes en tal casa o quién montó aquel comercio que lleva abierto media vida. Parece poca cosa, pero cuando uno viaja por media España descubre que eso cotiza muchísimo más que una urbanización con piscina infinita.
Y este año, además, el Ayuntamiento ha tenido un acierto que conviene reconocer. En tiempos en los que parece que todo consiste en contratar al artista que más seguidores tiene en TikTok para que cante cuarenta minutos y desaparezca con el cheque bajo el brazo, resulta refrescante comprobar que también se ha reservado un espacio para quienes hacen música en casa. Que sobre el escenario actúen grupos de Pozuelo es una magnífica noticia. Porque el talento local necesita algo más que aplausos; necesita oportunidades. Los grandes músicos también empezaron tocando delante de sus vecinos.
Después llegarán Hermanos Martínez, llegarán los tributos, los conciertos, el DJ, los fuegos artificiales, las actividades infantiles, los Hermanos Aragón, los castillos hinchables, los talleres, los pasacalles... y todo eso está muy bien. Las fiestas tienen que evolucionar porque los pueblos también evolucionan. Pero me tranquiliza comprobar que, por mucho que cambie el envoltorio, el corazón sigue estando donde siempre estuvo: en la Virgen del Carmen.
Y eso tampoco conviene olvidarlo. Porque estas fiestas nacieron alrededor de una devoción. Luego llegaron las peñas, la música, las casetas y las atracciones, pero primero estuvo la patrona. En una sociedad que parece empeñada en esconder cualquier símbolo religioso como si diera vergüenza reconocer de dónde venimos, resulta reconfortante comprobar que en Pozuelo todavía se puede celebrar una fiesta popular sin amputarle su origen.
Quizá por eso estas fiestas funcionan. Porque no intentan ser otra cosa distinta de lo que son. No quieren competir con un macrofestival ni con un parque temático. Quieren que las familias salgan juntas a la calle, que los niños corran hasta caer rendidos, que los mayores vuelvan a encontrarse con quienes hace meses que no ven, que las peñas mantengan vivas sus bromas de siempre y que durante cuatro días el reloj vaya un poco más despacio.
Yo siempre he pensado que la riqueza de un municipio no se mide únicamente por su presupuesto, por su renta per cápita o por el precio del metro cuadrado. Se mide también por su capacidad para conservar aquellas tradiciones que consiguen que varias generaciones compartan los mismos recuerdos. Y pocas tradiciones hay en Pozuelo tan queridas como las Fiestas de la Virgen del Carmen.
Cuando dentro de muchos años alguien pregunte qué era realmente Pozuelo, no bastará con enseñarle estadísticas, fotografías aéreas o informes económicos. Habrá que contarle que existía un barrio llamado La Estación donde, cada mes de julio, una Virgen salía a la calle, sonaba la música, los niños llenaban los parques, los vecinos compartían mesa y conversación, y por unos días todos recordaban que antes de ser una de las ciudades con mayor renta de España, Pozuelo fue, y sigue siendo, un pueblo orgulloso de sus tradiciones.
Y mientras eso siga ocurriendo, todavía habrá esperanza.
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