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Por Jorge Gómez | 🕘 6 minutos de lectura
Hay una diferencia esencial entre un negocio próspero y un mercadillo de pícaros: la confianza. Todo lo demás —los balances, los estadios, los contratos televisivos o las campañas publicitarias— viene después. La confianza es el cemento invisible sobre el que se levanta cualquier mercado. Cuando ese cemento se resquebraja, el edificio puede seguir en pie durante un tiempo, incluso lucir una fachada espléndida, pero por dentro ya ha empezado a desmoronarse.
Por eso me ha llamado especialmente la atención la contundencia con la que el fútbol inglés ha afrontado las acusaciones contra el Manchester City por presuntos incumplimientos de las normas financieras. No porque los británicos sean moralmente superiores al resto del planeta. Sería una ingenuidad infantil pensar que en Inglaterra los dirigentes desayunan ética kantiana con el café. No. Actúan con dureza porque conocen perfectamente cuál es la verdadera gallina de los huevos de oro: la Premier League.
Y esa gallina no pone huevos de oro gracias a la poesía del fuera de juego o a la belleza de un pase entre líneas. Los pone porque millones de personas, dentro y fuera del Reino Unido, creen que están consumiendo una competición cuya credibilidad merece la pena pagar.
Detrás de ese producto viven decenas de miles de personas. No solo futbolistas multimillonarios que aparecen en anuncios de perfumes. Viven cocineros, empleados de mantenimiento, personal de seguridad, conductores, periodistas, cámaras, técnicos de televisión, analistas de datos, administrativos, camareros, hoteles, empresas de transporte y una interminable cadena de proveedores. Más de cien mil empleos dependen, directa o indirectamente, de que el consumidor siga creyendo en el producto.
Eso explica que las instituciones inglesas comprendan algo que parece de sentido común: cuando existe la sospecha de que alguien ha alterado las reglas del juego, investigar no es un acto de heroísmo moral. Es una inversión económica. Porque el peor enemigo de un negocio no es la competencia; es la pérdida de confianza de sus clientes.
En España, sin embargo, tengo la impresión de que todavía no hemos terminado de aprender esa lección. El llamado caso Negreira ha generado uno de los mayores terremotos reputacionales que ha vivido nuestro fútbol. Existen procedimientos judiciales abiertos y responsabilidades que deberán determinar los tribunales y los órganos competentes. Precisamente por eso, la prioridad debería ser despejar cualquier sombra con la máxima transparencia posible.
Sin embargo, la sensación que percibe una parte de la opinión pública es distinta. Da la impresión de que algunos actores del ecosistema futbolístico —instituciones, determinados medios de comunicación o incluso los actores que viven del negocio— prefieren que el tiempo actúe como anestesia antes que como bisturí. Como si la erosión de la memoria pudiera sustituir al esclarecimiento de los hechos.
Es una estrategia peligrosa. Muy peligrosa.
Porque el aficionado puede perdonar casi cualquier cosa: una mala temporada, un fichaje fallido o un entrenador equivocado. Lo que difícilmente perdona es sentirse engañado. Cuando el espectador empieza a preguntarse si el resultado depende exclusivamente de lo que ocurre sobre el césped, el espectáculo comienza a perder su esencia.
La economía moderna gira alrededor de una palabra aparentemente sencilla: confianza. Sin confianza no existen bancos sólidos, ni bolsas estables, ni marcas valiosas. Tampoco competiciones deportivas duraderas. La reputación tarda décadas en construirse y apenas unos minutos en comenzar a derrumbarse.
Quizá esa sea la verdadera diferencia entre quienes entienden el deporte como una industria estratégica y quienes todavía creen que basta con mirar hacia otro lado hasta que pase el temporal. Porque los problemas que se esconden debajo de la alfombra no desaparecen. Simplemente esperan el momento en que alguien levante la alfombra.
Y cuando eso ocurre, el polvo suele ser mucho mayor de lo que parecía.
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