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Por Jorge Gómez | 🕘 10 minutos de lectura
Hay vecinos que llaman para pedir sal, vecinos que protestan porque la música está alta y vecinos que, cada cierto tiempo, te recuerdan que conocen perfectamente dónde guardas las llaves. Marruecos pertenece desde hace demasiado a esta última categoría en la política exterior española: un vecino necesario, incómodo, susceptible, orgulloso y extraordinariamente hábil en el viejo arte oriental de conseguir que cada crisis termine sentando a España a la mesa con la cartera encima. Por eso, cuando escucho ahora la disputa casi patriótica sobre si la final del Mundial de 2030 debe jugarse en el Bernabéu o en el futuro mastodonte de Casablanca, confieso que me invade esa melancolía que produce discutir sobre las cortinas mientras alguien está comprobando cuánto queda en la caja fuerte. Después de lo sucedido durante estos últimos años entre Madrid y Rabat, el estadio de la final empieza a parecerme la menor de nuestras preocupaciones.
Todo comienza, o al menos adquiere otra dimensión, con Pegasus. Del teléfono del presidente del Gobierno fueron extraídos 2,7 gigabytes de información: una cantidad que, trasladada al lenguaje comprensible de los mortales, puede equivaler a millones de mensajes, decenas de miles de correos, fotografías y horas de grabaciones. No estamos hablando de que a Pedro Sánchez le birlaran cuatro memes del grupo familiar y la lista de Spotify para correr por Moncloa; estamos hablando del teléfono del presidente de una nación, ese aparato donde inevitablemente convergen conversaciones, contactos y datos cuya sensibilidad no necesita demasiada imaginación. Marruecos ha sido señalado durante años como principal sospechoso en distintas informaciones e investigaciones, aunque la autoría no está judicialmente establecida de manera definitiva, y precisamente ahí comienza el gran misterio de nuestra época reciente: no sabemos con certeza quién abrió aquella caja fuerte, pero sí sabemos que, después de abrirse, la política española hacia Rabat experimentó movimientos que todavía hoy merecen una explicación mucho más convincente que las habituales homilías diplomáticas sobre «una nueva etapa de relaciones».
Porque después vino el Sáhara. España abandonó una posición mantenida durante décadas y Sánchez pasó a considerar la propuesta marroquí de autonomía como la base «más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto. Puede haber razones geopolíticas para hacerlo; naturalmente que puede haberlas. Los Estados no funcionan con la moral del catecismo sino con intereses, fronteras, gas, inmigración, inteligencia y esas alfombras diplomáticas debajo de las cuales se barre todo aquello que conviene no enseñar durante la visita. Lo extraordinario es que un cambio de semejante calibre llegase acompañado de tantas preguntas y tan pocas respuestas. Y, mientras tanto, España ha seguido profundizando su cooperación económica con Marruecos: créditos, instrumentos financieros, cooperación migratoria, inversiones y acuerdos que suman cantidades enormes. Algunos medios cifran en más de mil millones de euros determinados créditos FIEM aprobados desde aquellos años. No demuestra ninguna relación causal con Pegasus, conviene repetirlo porque estamos hablando de hechos y no de una novela de Le Carré; pero hay coincidencias que obligan al periodismo a preguntar precisamente aquello que el poder preferiría convertir en una nota al pie.
Y entonces llegó Ceuta. Otra vez Ceuta. Otra vez esa frontera española que Rabat contempla con la paciencia histórica de quien considera provisional lo que nosotros deberíamos considerar indiscutible. Decenas de miles de personas cruzaron desde Marruecos durante la crisis del pasado julio. Los documentos desclasificados muestran que el CNI había detectado movilizaciones y emitido avisos previos, aunque reconoce no haber anticipado la magnitud de lo que terminó ocurriendo. Marruecos niega cualquier participación organizada y Pedro Sánchez sostiene que no existen pruebas que permitan responsabilizar al Gobierno marroquí. Sea como fuere, la imagen vuelve a resultar incómodamente familiar: España explicándose, Marruecos negándolo y Ceuta pagando la factura. En el audio que acompaña estas reflexiones se insiste precisamente en esa sensación política de un Gobierno extremadamente prudente con Rabat mientras la indignación crece al otro lado del Estrecho; y esa percepción, compartida o no, no ha aparecido espontáneamente como las setas después de la lluvia. Viene de años de episodios acumulados.
Lo extraordinario de Sánchez no es siquiera su política marroquí, sino su talento para convertir cualquier anomalía en normalidad administrativa. Una madrugada te espían el teléfono, otra cambias la posición histórica sobre el Sáhara, después llegan los acuerdos económicos, más tarde una crisis fronteriza monumental y al final aparece el presidente explicando que no conviene precipitar conclusiones. Todo muy razonable por separado. Ése es precisamente el prodigio. También las novelas de Pirandello funcionan perfectamente si uno analiza cada escena sin preguntarse quién está escribiendo la obra. El problema aparece cuando juntamos los capítulos y descubrimos que el personaje español lleva demasiadas páginas justificándose mientras el personaje marroquí continúa avanzando tranquilamente por el argumento. Quizá todo tenga una explicación impecable. Ojalá. Pero entonces sería conveniente ofrecerla entera, porque una democracia adulta no puede pedir a sus ciudadanos que sustituyan las explicaciones por actos de fe.
Y ahora Casablanca quiere también la final del Mundial de 2030. Fouzi Lekjaa, presidente de la federación marroquí, ya habla del Hassan II como si la Copa estuviera esperando allí con la mesa reservada, mientras la FIFA responde, con esa prosa vaticana que domina maravillosamente, que la decisión se tomará «en su debido momento». En España nos indignaremos, organizaremos tertulias sobre el Bernabéu, contaremos localidades, aeropuertos, hoteles y metros cuadrados de césped, y seguramente habrá quien convierta la elección de la sede en otro asunto de orgullo nacional. A mí, después de Pegasus, el Sáhara, Ceuta y esta extraña sucesión de concesiones, silencios y explicaciones incompletas, me cuesta emocionarme demasiado. Si finalmente la final se juega en Madrid, estupendo. Si termina en Casablanca, pues ya ven ustedes: otra discusión más sobre quién se queda con el postre cuando todavía no sabemos quién lleva años pagando la cena.
Ese es, para mí, el verdadero problema de la relación entre España y Marruecos. No que Rabat defienda ferozmente sus intereses; eso es exactamente lo que debe hacer un Estado. Lo inquietante es la creciente sensación de que España no defiende los suyos con idéntico entusiasmo. Marruecos presiona porque puede, negocia porque sabe, exige porque obtiene y espera porque tiene paciencia. La pregunta no debería formularse en Rabat, sino en Madrid: ¿por qué nosotros parecemos llegar siempre a estas negociaciones como quien entra en el despacho del casero con el alquiler atrasado?
Por eso me importa cada vez menos dónde se dispute la final de 2030. Los Mundiales duran un mes y las relaciones entre naciones duran generaciones. Se puede perder una final y seguir siendo un gran país; lo verdaderamente peligroso es acostumbrarse a perder terreno mientras se celebra haber conseguido una entrada para el palco. Al final quizá Marruecos se quede con Casablanca, con el gran estadio, con los focos y con la fotografía del mundo mirando hacia allí. Será espectacular. Pero después del confeti habrá que volver a mirar el mapa.
Y los mapas, a diferencia de los políticos, tienen la desagradable costumbre de recordar dónde empiezan las fronteras.
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