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Por Carmen Millán | 🕘 8 minutos de lectura
Hay personas que necesitan ayuda para algunas cosas y que, sin pretenderlo, terminan ayudando a los demás en muchas otras. Enseñan a mirar de otra manera. A celebrar pequeños logros como grandes victorias. A tener paciencia. A querer sin demasiadas condiciones. Este domingo, el Teatro MIRA de Pozuelo no celebró solamente los diez años de Fundación Caná. Celebró, sobre todo, a esas personas.
Personas con discapacidad que durante una década han estado en el centro de una historia construida con familias, profesionales, voluntarios y amigos. Una historia en la que puede haber dificultades, pero en la que también hay una enorme cantidad de afecto, esfuerzo, alegría y vida.
El escenario del MIRA lo resumía casi todo. Allí estaban muchos de ellos. Algunos de pie, otros en silla de ruedas. Juntos. Acompañados por quienes forman parte de su día a día.
Y quizá esa fue la imagen más importante del décimo aniversario: no estaban detrás de nadie. Estaban en el centro. Donde les corresponde.

Mucho más de lo que reciben
Cuando se habla de discapacidad es frecuente hacerlo desde aquello que una persona necesita. De la asistencia, del acompañamiento o de las barreras que todavía encuentra.
Pero existe otra parte de la historia que resulta mucho más difícil de medir.
Es todo lo que dan.
El cariño que ofrecen a sus familias. Los vínculos que crean con quienes trabajan junto a ellos. La espontaneidad de muchos de sus gestos. Su capacidad para disfrutar de aquello que otros apenas perciben. Y también las lecciones que dejan, muchas veces sin saberlo, a quienes comparten su vida.
Porque acompañar puede significar ayudar, pero también aprender.
Detrás de estos diez años hay padres y madres que conocen perfectamente esa realidad. También hermanos, amigos, profesionales y voluntarios que han descubierto que la relación nunca funciona en una única dirección.
Uno puede acercarse pensando que viene a dar algo y marcharse comprendiendo cuánto ha recibido.

Diez años caminando juntos
Fundación Caná ha recorrido ese camino durante su primera década de vida en Pozuelo, con el apoyo a las personas con discapacidad y a sus familias como razón de ser.
Este domingo, 4 de octubre, llegó el momento de detenerse por unas horas y mirar hacia atrás.
El Teatro MIRA acogió la celebración del décimo aniversario con numerosos integrantes de la Fundación sobre el escenario y con la participación de Jesús Higueras, párroco de Santa María de Caná y presidente de la entidad.
También asistió la alcaldesa, Paloma Tejero, que quiso agradecer públicamente a quienes han hecho posible estos diez años.
“Gracias por vuestra dedicación a las personas con discapacidad y sus familias, y a todos los profesionales, voluntarios y colaboradores que lo hacéis posible”, señaló.

Una familia que también acompaña a las familias
Porque detrás de cada persona hay además una familia.
Padres que han aprendido sobre la marcha. Madres que conocen cada avance y cada dificultad. Hermanos que crecen compartiendo una realidad diferente. Personas que han tenido que enfrentarse a incertidumbres que otras familias probablemente nunca conocerán.
La labor desarrollada alrededor de Caná durante estos años también se entiende desde ese acompañamiento.
No se trata únicamente de estar junto a una persona con discapacidad. Se trata de construir a su alrededor un entorno en el que pueda participar, crecer, relacionarse, sentirse querida y aportar a los demás.
Y de recordar que una vida no vale por aquello que una persona es capaz de producir, por la velocidad a la que aprende o por las cosas que puede hacer sin ayuda.
Su valor está antes que todo eso.

Lo que no cabe en una estadística
Diez años pueden resumirse en fechas, actividades o aniversarios.
Mucho más difícil sería contabilizar las conversaciones, los abrazos, las dificultades superadas, las amistades nacidas o esos pequeños momentos que para una familia terminan significándolo todo.
Tampoco existe una estadística capaz de medir cuánto cambia una sociedad cuando aprende a convivir con la diferencia sin convertirla en distancia.
Quizá por eso la celebración de este domingo dejó una imagen especialmente poderosa: un escenario compartido.
Sin esconder la discapacidad. Sin convertirla tampoco en lo único que define a una persona.
Porque antes que diagnósticos, limitaciones o necesidades están sus nombres, sus personalidades, sus sueños, sus enfados, sus sonrisas y su manera particular de querer y ser queridos.
Los primeros diez años
Fundación Caná cumple una década, pero quienes verdaderamente dieron sentido a la celebración fueron quienes han llenado esos años de historias.
Las personas a las que un día alguien pudo mirar pensando en todo lo que necesitarían de los demás y que, con el tiempo, demostraron cuánto tenían ellas para ofrecer.
Este domingo, Pozuelo les dedicó un escenario.
Pero su aportación ocurre cada día, muchas veces lejos de los focos: en sus casas, en sus familias, con sus amigos y junto a quienes trabajan y conviven con ellos.
Diez años después, quizá esa sea la mayor enseñanza de Caná: descubrir que ayudar a una persona con discapacidad también significa permitir que esa persona nos ayude a nosotros a mirar la vida de otra manera.
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