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Por Jorge Gómez | 🕘 5 minutos de lectura
Voy a hacer de abogado del diablo. Ya sé que en estos tiempos de devoción digital y canonizaciones exprés resulta una actividad poco recomendable, porque basta con cuestionar una mínima parte del relato oficial para que aparezcan sacerdotes, monaguillos y fieles dispuestos a recordarte que Lionel Messi es uno de los mejores futbolistas de la historia. Como si hiciera falta recordarlo. Como si alguien que haya visto un balón en su vida pudiera negar semejante evidencia. Ganador de todo, campeón del mundo, máximo goleador de los mundiales, líder técnico de Argentina con treinta y ocho años y poseedor de una colección de recursos futbolísticos que convertirían en artista a cualquiera. Precisamente porque nadie discute eso, me parece interesante discutir lo otro.
Cuando uno observa partidos completos de Diego Armando Maradona, no resúmenes de YouTube ni documentales dulcificados por la nostalgia, sino encuentros enteros, tiene la sensación de estar viendo una especie distinta de fútbol. Aquellos campos parecían más apropiados para sembrar patatas que para jugar al balón. Los defensas ejercían un oficio que hoy provocaría comunicados institucionales y debates parlamentarios. El árbitro miraba hacia otro lado con una frecuencia admirable y el reglamento era más una recomendación moral que una norma de obligado cumplimiento. A Maradona le pegaban. Le pegaban mucho. Le pegaban siempre. Le pegaban por delante, por detrás y por los costados. Y aun así seguía pidiendo la pelota y esquivando y esquivando entradas.
Por eso me cuesta tanto escuchar ciertas comparaciones presentadas como verdades absolutas. Porque el primer partido que he visto de esta Argentina en el Mundial me ha provocado una sensación extraña, una sensación familiar. Me ha recordado inevitablemente a aquel Barcelona donde al rosarino prácticamente no se le podía tocar. Bastaba una disputa mínimamente contundente para que el silbato sonara con reflejos de pistolero del Oeste. Y uno no puede evitar recordar que durante muchos años el vicepresidente de los árbitros españoles, un tal Negreira, estuvo cobrando del club azulgrana cantidades que aún hoy siguen siendo objeto de investigación judicial. No afirmo que una cosa explique la otra. Lo que digo es que la sensación visual resulta inevitable para muchos espectadores.
Porque si a un genio le quitas la posibilidad de ser frenado mediante la falta, te lía la traca. Y Messi es un genio. Lo era entonces y lo sigue siendo ahora. Si cada vez que recibe el balón los defensores saben que cualquier contacto puede acabar en tarjeta, expulsión o escándalo mediático, la ventaja psicológica es gigantesca. No hace falta conspiración alguna para entenderlo. Basta con comprender cómo funciona el miedo. Los defensas también leen periódicos. Los defensas también ven repeticiones. Los defensas también saben cuándo un árbitro está deseando señalar una infracción.
Por eso me gustaría haber visto a Messi enfrentándose a los especialistas de los años ochenta. No porque dude de su calidad, que sería absurdo, sino porque me intriga el experimento histórico. Me gustaría verlo jugando en aquellos barrizales, esquivando tacos voladores, soportando codazos fuera del foco de las cámaras y enfrentándose a tipos como Andoni Goikoetxea, que entendían el fútbol como una actividad compatible con la demolición industrial. Del mismo modo que también me gustaría ver a Maradona jugando hoy, protegido por veinticinco cámaras, por el VAR y por un reglamento diseñado para preservar el talento.
Quizá entonces descubriríamos que la pregunta nunca fue quién era mejor. Quizá la pregunta correcta sea quién tuvo que sobrevivir a un entorno más hostil. Porque una cosa es hacer magia en un laboratorio y otra muy distinta hacerla en una jungla.
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