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Por Jorge Gómez | 🕘 5 minutos de lectura
El otro día escuché una teoría extravagante. De esas que nacen en una barra de bar, entre café recalentado y servilletas convertidas en tratados políticos. Decía el tipo —con la solemnidad del borracho que cree haber descubierto América— que el presidente de LaLiga era comunista.
Mi primera reacción fue reírme.
La segunda fue pensar.
Y ahí empezó el problema.
Porque uno mira el paisaje y encuentra algo curioso: el brillo escasea. El mercado se ha convertido en una tienda soviética de los años ochenta donde todos observan el escaparate y nadie puede comprar nada. El gran objetivo ya no es fichar mejor: es sobrevivir al Excel. El director deportivo moderno no parece Indiana Jones buscando tesoros, sino un contable de provincias intentando cuadrar facturas.
Excepto, claro, cuando aparece el famoso “fer play financiero”, las palancas, las interpretaciones creativas y ese repertorio administrativo que convierte algunas dificultades en poesía burocrática solo para uno.
Mientras tanto, el único club que realmente puede alterar el mercado europeo —el Real Madrid— contempla cómo en demasiados partidos sus figuras salen del campo con golpes ensangrentados, codazos o entradas de las que antes llenaban portadas y hoy apenas generan un encogimiento de hombros. El talento, en ciertos contextos, parece haber pasado de patrimonio a problema. No sea que sobresalga demasiado. Ya se sabe, la mejor manera de igualar es por abajo.
Pero la cuestión de fondo no es esa.
La cuestión es el paisaje.
Porque la penúltima jornada fue casi una metáfora política: arriba, todo decidido desde hace semanas. Campeón definido. Puestos Champions repartidos. Sin drama. Sin vértigo. Sin esa sensación antigua de los domingos donde el título podía cambiar tres veces en cinco minutos y el transistor parecía un órgano vital.
Abajo, en cambio, media Liga peleando por no caer.
Doce equipos mirando al abismo.
Es decir: la emoción ya no vive en la excelencia; vive en la miseria.
Antes uno encendía la radio para ver quién tocaba el cielo.
Ahora la enciende para saber quién evita el sótano.
La diferencia no es menor.
Es cultural.
El fútbol español se parece cada vez más a una urbanización donde todas las casas han sido rebajadas a la misma altura para que ninguna haga sombra. Igualar no hacia arriba, sino hacia el gris. Como esas utopías mal ejecutadas que prometían justicia y terminaron repartiendo escasez.
La paradoja es magnífica: el campeonato presume de competitividad porque nadie domina demasiado… mientras el espectador siente cada vez menos necesidad de mirar.
Porque competir no siempre significa emocionar.
A veces solo significa empobrecer el contraste.
Y ahí aparece la imagen final de esta Liga: aficionados llorando porque bajan, otros celebrando no ser los peores, jugadores abrazándose por permanecer en primera como náufragos agradeciendo una tabla.
Todo muy humano.
Todo muy triste.
Todo muy de final de guateque.
Las viejas Ligas tenían héroes persiguiendo coronas. Esta tiene supervivientes huyendo del descenso.
Y quizá ese sea el verdadero problema: el fútbol español ha dejado de vender grandeza.
Ahora comercializa angustia.
Y la angustia, como la pobreza, puede ser muy igualitaria.
Pero rara vez enamora.
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23-05-2026 medianoche
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