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Por Jorge Gómez | 🕘 5 minutos de lectura
Hay candidatos que no hacen campaña: hacen teatro. Y luego están los que, como Enrique Riquelme, convierten la campaña en una gira de variedades, una especie de table dance institucional donde el programa electoral no se lee, se insinúa, y donde la credibilidad no se demuestra, se escenifica con focos, sonrisas de dentista y atrezzo prestado.
Porque lo de la camiseta de Haaland no fue un error: fue una metáfora con mangas cortas. Una ficción cosida con hilo televisivo para que el espectador —ese socio que ya no vota, sino que consume— compre la ilusión de que el poder consiste en señalar un nombre y decir “este viene conmigo”. Como si el fútbol fuera una novela de Proust mal resumida en un tuit, o peor aún, un casting de Operación Triunfo donde el fichaje entra por aplauso.
Riquelme, en ese instante, dejó de ser candidato para convertirse en personaje. Y ahí es donde aparece la sombra alargada de Joan Laporta, ese prestidigitador sentimental que abrazaba maniquíes de Messi como quien se aferra a un recuerdo que ya no le pertenece. La política futbolística —ese subgénero entre la opereta y el consejo de administración— tiene estas cosas: confunde el deseo con la realidad y el carisma con la verdad. Y en esa confusión, siempre gana el espectáculo.
El problema no es prometer. El problema es prometer como quien vende crecepelo en la plaza del pueblo, con el gesto impostado y la seguridad del que sabe que, cuando llegue la hora de explicar, ya estará en otra función. Porque el gesto de Riquelme en El Hormiguero no era el de un gestor, sino el de un showman que necesita el aplauso inmediato, ese chute de dopamina pública que convierte cualquier proyecto en un eslogan con fecha de caducidad.
Y claro, luego llega la realidad —ese señor gris con toga jurídica— y te recuerda que Haaland no es un figurante, que el Manchester City no es una comparsa, y que los representantes no firman guiones de ficción. Entonces el decorado se tambalea, el foco se apaga un poco, y lo que parecía una superproducción empieza a oler a bodrio de sobremesa. Patapún parriba.
Pero el daño —o el éxito— ya está hecho. Porque en esta nueva política del fútbol, la verdad importa menos que el impacto. Y Riquelme, en ese sentido, ha entendido perfectamente la lógica laportiana: no se trata de tener razón, sino de ocupar el relato. Aunque luego haya que corregirlo, matizarlo o directamente negarlo con una sonrisa de anuncio dental.
La pregunta, en el fondo, no es qué candidato es mejor. La pregunta es qué tipo de ficción está dispuesto a comprar el socio del Real Madrid. Si prefiere la sobriedad casi burocrática de quien construye poder en silencio —ese Florentino que parece sacado de una novela de Pirandello donde todos saben su papel— o la pirotecnia emocional de quien necesita convertir cada aparición en un clímax.
Porque al final, como en toda buena tragedia, no decide el protagonista: decide el coro. Y el coro, en el Bernabéu, lleva años debatiéndose entre la nostalgia del milagro y la comodidad del orden.
El domingo no se votará solo a un presidente. Se votará una forma de entender la realidad: si como gestión o como espectáculo. Y conviene recordar que en el teatro, cuando cae el telón, los aplausos no fichan delanteros. Pero la democracia —esa vieja señora con más ironía que fe— tiene estas cosas: no garantiza aciertos, solo responsabilidades.
Y el Real Madrid, como siempre, acabará teniendo lo que haya decidido merecer. Aunque luego toque despertarse sin música y con la camiseta todavía en la mano.
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