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Por Jorge Gómez | 🕘 6 minutos de lectura
Hay una cursilería muy extendida en el madridismo —esa que se repite como si fuera una verdad moral— que dice que en la derrota hay que dar la mano. Que perder con elegancia es una forma de victoria. Que el himno, ese que algunos recitan como si fuera el Evangelio según Bernabéu, obliga a la nobleza incluso cuando te pisan la cara.
Y no. No siempre.
Porque no todas las derrotas son iguales. Y confundirlas es el primer paso para aceptar lo inaceptable.
Cuando el FC Bayern Munich te elimina de la Copa de Europa, se le da la mano. Porque te ha ganado. Porque ha sido mejor. Porque el fútbol —cuando es fútbol— tiene esa lógica limpia, casi aristotélica, donde la causa y el efecto se explican sin necesidad de intermediarios sospechosos. Ahí no hay relato. Hay jerarquía.
Pero cuando el FC Barcelona gana una Liga en medio de una acumulación obscena de decisiones arbitrales, silencios del VAR, imágenes que no llegan y otras que, directamente, no se emiten… entonces no hay mano. Hay memoria.
Porque lo que hemos visto esta temporada no es una sucesión de errores. Es un patrón. Un guion que se repite con la precisión de un reloj suizo… pero con el gusto estético de un sainete.
Dieciséis puntos. Ese es el dato. Dieciséis puntos que el Real Madrid ha dejado de sumar por decisiones arbitrales que, en cualquier otra liga, habrían provocado algo más que un encogimiento de hombros en la tertulia de turno.
Tres penaltis no señalados en Vallecas. Falta previa ignorada en Girona. Codazos sin castigo. Expulsiones selectivas. Penaltis interpretativos que solo se interpretan en una dirección. Manos que son invisibles. Agarrones que dejan de existir en el momento exacto en que deberían ser decisivos.
Y, por supuesto, el clásico moderno: el VAR que no interviene cuando debe… y que interviene cuando no debe.
El fútbol español se ha convertido en una especie de examen amañado donde a unos les corrigen con lupa y a otros les dejan copiar con el libro abierto. Y luego, cuando llega la nota final, se nos pide deportividad.
“Da la mano”.
No.
No cuando el examen está trucado.
Lo fascinante —y lo preocupante— es la naturalidad con la que se ha ido asimilando este proceso. Primero una jugada. Luego otra. Después una temporada entera.
Mientras tanto, el discurso oficial sigue apelando a la épica, al esfuerzo, a la falta de contundencia del Madrid, a sus defectos reales —que los tiene— para tapar una evidencia incómoda: aquí no solo ha fallado el equipo. Ha fallado el entorno que debería garantizar que el juego sea limpio.
Porque sí, el Madrid también ha tenido momentos de secarral futbolístico, de desconexión, de falta de carácter. También ha habido días en los que las pelotas —esas que definían al club en sus mejores épocas— se quedaron en el vestuario.
Pero eso no invalida lo otro.
Al contrario: lo agrava.
Porque cuando a un equipo le haces restar mientras a otro le haces sumar —con ese catálogo interminable de excusas técnicas que ya suenan a coartada (“no es claro y manifiesto”, “el VAR no debía entrar”, “las imágenes no estaban disponibles”)—, el resultado deja de ser deportivo.
Se vuelve administrativo.
Y ahí es donde el aficionado empieza a desconectar. No por perder. Sino por sospechar.
Porque perder contra el Bayern duele, pero se entiende. Perder así… cansa.
Y cuando el fútbol cansa, deja de ser pasión para convertirse en rutina. En ruido de fondo. En tiempo perdido.
Quizá por eso uno empieza a plantearse algo impensable hace unos años: ver menos fútbol. No como protesta organizada, sino como reacción instintiva. Como quien deja de leer una novela porque ha descubierto que el final está decidido desde la primera página.
Porque al final, entre los que decidieron hace años que el juego se podía adulterar desde un despacho y los que hoy permiten que se edite desde un monitor, el fútbol ha perdido algo esencial: la inocencia.
Y sin inocencia, el fútbol no es más que un espectáculo caro.
Muy caro.
Y cada vez menos creíble.
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