El porcentaje y el relato

13-06-2026 medianoche

Por Jorge Gómez | 🕘 5 minutos de lectura


El pasado domingo por la noche me ocurrió algo extraordinario. No porque hubiera elecciones a la presidencia del Real Madrid, que a estas alturas forman parte del paisaje habitual del club igual que las remontadas europeas, las crisis terminales que duran tres días o los funerales preventivos que cierta prensa organiza cada mes de octubre. Lo extraordinario fue la radio. Iba recorriendo emisoras como quien atraviesa una galería de espejos deformantes cuando empecé a escuchar exactamente el mismo mensaje repetido con pequeñas variaciones, como esos grupos de versiones que tocan la misma canción en todos los pueblos de la costa: «Ojito, que Florentino gana con un setenta por ciento, pero recibe un serio toque de atención», «Uno de cada tres socios desaprueba su gestión», «Victoria sí, pero...». Siempre el pero. Siempre el matiz. Siempre la coletilla. Y entonces me entró la risa. Porque uno ya ha visto demasiadas películas como para no reconocer cuándo le están vendiendo el tráiler de una derrota dentro de una victoria.

La mejor prueba apareció al día siguiente. Recordé que cuando Joan Laporta ganó unas elecciones en el Barcelona con un porcentaje prácticamente idéntico, la palabra elegida fue «arrasa». Arrasa. Una palabra que evoca a Alejandro Magno entrando en Persia, a las legiones romanas atravesando la Galia o a Godzilla paseando por Tokio. Sin embargo, cuando Florentino Pérez obtiene un resultado semejante, resulta que «le han dado guerra». Qué maravilla. Qué poder tiene el adjetivo. Un sesenta y siete por ciento puede convertirse en una batalla angustiosa o en una coronación imperial dependiendo exclusivamente del periodista que sostenga la pluma. Proust necesitó siete tomos para demostrar que la memoria es traicionera; algunos titulares consiguen lo mismo en siete palabras.

Lo fascinante de toda esta historia es que llevamos semanas asistiendo a una campaña mediática de una intensidad casi religiosa. Artículos, entrevistas, tertulias, editoriales, análisis, advertencias, diagnósticos terminales y hasta alguna profecía digna del oráculo de Delfos. Durante días parecía que el Real Madrid se encontraba ante el fin de una era comparable a la caída de Roma, y que la candidatura alternativa representaba una especie de desembarco aliado en Normandía dispuesto a liberar a la institución de una tiranía insoportable. Mientras tanto, Enrique Riquelme disfrutaba de unas circunstancias que cualquier aspirante político firmaría con sangre: un equipo sin títulos importantes, una afición enfadada, una temporada decepcionante, debates abiertos sobre la planificación deportiva, una parte del vestuario convertida en tema de conversación permanente y un presidente que convocaba elecciones después de perder, cuando todos los dirigentes del mundo procuran convocarlas después de ganar. Más ventajas sólo habría tenido si los socios hubieran votado con la papeleta ya rellenada.

Y, sin embargo, el desenlace fue bastante menos épico de lo que nos prometieron. No hubo toma de la Bastilla. No hubo revolución. No hubo siquiera esa sensación de partido abierto que tantos analistas vendieron durante semanas. Lo que hubo fue una victoria amplia del presidente saliente. Pero el relato sobrevivió al resultado. Y eso es lo verdaderamente interesante. Porque hay narrativas que se comportan como los personajes de Pirandello: siguen buscando autor incluso cuando la realidad les ha retirado el escenario. El hecho de que Florentino ganara no impide que algunos sigan escribiendo como si hubiera perdido. Del mismo modo que el hecho de que el Real Madrid gane una Copa de Europa jamás impidió a determinados comentaristas explicar por qué en realidad todo era un desastre.

En el fondo, lo que subyace detrás de esta historia es algo mucho más antiguo que el fútbol: la incapacidad de ciertos sectores para aceptar que la gente piense por sí misma. Existe una curiosa tendencia contemporánea según la cual el socio del Real Madrid necesita tutores intelectuales que le indiquen qué debe pensar, qué debe votar y qué debe considerar conveniente para su propio club. Es una forma de paternalismo extraordinariamente arrogante. Como si decenas de miles de personas fueran incapaces de evaluar una gestión por sí mismas y necesitaran que alguien desde un estudio de radio o desde una columna dominical les tradujera la realidad. La diferencia entre informar y pastorear es más pequeña de lo que parece, y algunos llevan demasiado tiempo confundiendo ambas actividades.

Lo que sí parece seguro es que la campaña no ha terminado. Ha terminado para los socios. Ha terminado para las urnas. Ha terminado incluso para Enrique Riquelme. Pero no ha terminado para quienes llevan años intentando dirigir al madridismo desde fuera del madridismo. Porque ahora ya se vislumbra un nuevo objetivo en el horizonte. Se llama José Mourinho. Y cualquiera que haya seguido mínimamente la historia reciente del fútbol sabe perfectamente lo que viene después. No esperarán a noviembre. No esperarán a Navidad. Probablemente ni siquiera esperarán al minuto diez de la primera jornada. Si gana será insuficiente. Si empata será preocupante. Si pierde será apocalíptico. Porque hay comentaristas que necesitan la crisis con la misma urgencia con la que los vampiros necesitan sangre. Viven de ella. Se alimentan de ella. Y cuando no existe, la fabrican.

Por eso la verdadera lección de estas elecciones quizá no tenga nada que ver con Florentino Pérez ni con Enrique Riquelme. Tiene que ver con el viejo combate entre la realidad y el relato. Las urnas hablaron una noche. Los titulares seguirán hablando durante meses. Y sospecho que algunos no han perdonado todavía que los socios del Real Madrid hayan decidido escribir su propia historia sin pedir permiso a quienes llevaban semanas intentando redactarla por ellos.

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