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Por Jorge Gómez | 🕘 12 minutos de lectura
Hay establecimientos de reputación discutible que sobreviven durante décadas gracias a una norma elemental del comercio: el cliente puede sospechar que le cobran demasiado, que el champán es gaseosa con ínfulas francesas o que la señorita que le ha prometido amor eterno lleva prometiéndoselo a otros diecisiete caballeros desde las cinco de la tarde, pero lo que no puede ocurrir, bajo ningún concepto, es que el portero del local salga a la calle a insultar a quienes preguntan por la legalidad del negocio. Porque entonces el problema deja de estar dentro y se instala en la puerta, donde todo el vecindario puede contemplarlo. Algo parecido sucede con nuestro fútbol, ese magnífico burdel de lujo donde se venden emociones a precio de oro, se administran las sospechas como si fueran molestias intestinales y se exige a los clientes una fe que ni la Iglesia reclamaba en tiempos de Torquemada. En la puerta de semejante establecimiento encontramos a Javier Tebas, presidente de LaLiga, vicepresidente de la Federación Española de Fútbol y, por lo visto, hombre convencido de que entre sus múltiples obligaciones figura también la de repartir certificados de buena conducta periodística. Lo último ha sido comparar los métodos comunicativos del Real Madrid con los empleados por Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, una excursión intelectual tan desmesurada que uno no sabe si el señor Tebas necesita un asesor de comunicación, un profesor de Historia o que alguien le retire el teléfono móvil después de cenar.
La cuestión tiene su gracia, aunque sea una gracia de tanatorio, porque mientras el fútbol español sigue esperando que se esclarezca completamente por qué el Barcelona estuvo pagando durante años a José María Enríquez Negreira, vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros, el presidente de la patronal parece encontrar tiempo, energía y entusiasmo suficientes para librar una guerra dialéctica contra el Real Madrid y su televisión. No conviene confundir las cosas: que existieron aquellos pagos es un hecho acreditado; que determinaran resultados o decisiones arbitrales es una cuestión que no ha quedado judicialmente demostrada. Precisamente por eso se investiga. Y precisamente por eso resulta tan extraordinario que el debate público termine girando una y otra vez alrededor de la legitimidad de quienes exigen explicaciones, como si el problema principal de un incendio fuera la mala educación del vecino que llama a los bomberos. Tebas asegura que el caso Negreira es gravísimo y debe investigarse hasta el final, lo cual está muy bien, pero después se enzarza en una disputa de una virulencia impropia de su responsabilidad institucional con uno de los principales clubes de la competición que preside. El Real Madrid, naturalmente, tampoco es una congregación de carmelitas descalzas y su televisión tiene una línea editorial perfectamente reconocible, tan legítima como discutible. Pero existe una diferencia fundamental entre que un club defienda sus intereses, incluso con excesos, y que el máximo representante de la competición parezca disputar con él un campeonato particular de agravios. El presidente de LaLiga no está obligado a darle la razón al Real Madrid. Está obligado a representar a todos los clubes con una imparcialidad que no debería ponerse en duda cada vez que abre la boca.
En Inglaterra, mientras tanto, han decidido que los presuntos pecados financieros del Manchester City merecen algo más que una tertulia de sobremesa. Una comisión independiente ha declarado al club culpable de graves infracciones de las normas económicas de la Premier League, aunque el procedimiento continúa sujeto a recursos y todavía debe completarse su desenlace disciplinario. Ya hablamos de ello en estas mismas páginas, cuando recordábamos que la confianza es esa gallina de los huevos de oro que los dirigentes sensatos procuran no estrangular. No insistiré en las cifras de empleos, ingresos televisivos y negocios que dependen del fútbol inglés, porque el lector ya conoce la aritmética y porque la cuestión ha dejado de ser contable para convertirse en moral. Lo verdaderamente interesante es que allí el sistema ha sido capaz de someter a un gigante económico a un procedimiento independiente, mientras aquí seguimos discutiendo si resulta conveniente que alguien recuerde un escándalo que afecta a los cimientos de nuestra competición. No sostengo que los ingleses sean más honrados, que sería tanto como creer que los piratas de Su Majestad se dedicaban a repartir caramelos por el Caribe. Sostengo algo bastante menos romántico: han comprendido que la autoridad de las instituciones se demuestra examinando a los poderosos, no peleándose con quienes los cuestionan. El portero de un establecimiento serio vigila que nadie haga trampas dentro; el de uno menos serio termina obsesionado con averiguar quién ha escrito la mala reseña en Google.
Y aquí aparece la verdadera enfermedad de nuestro fútbol, que no es exclusivamente el caso Negreira, ni Tebas, ni Florentino Pérez, ni siquiera esa colección de personajes que circulan por los despachos federativos como secundarios de una novela de Valle-Inclán. La enfermedad consiste en haber confundido la institución con el individuo, la autoridad con el temperamento y el interés general con el amor propio de quienes administran el negocio. Tebas parece entender muchas controversias como asuntos personales, y esa tendencia resulta particularmente desafortunada en alguien cuya principal obligación debería ser transmitir serenidad, ecuanimidad y respeto a todos los participantes. No hace falta compartir las denuncias de Real Madrid TV para considerar disparatada una comparación con la propaganda nazi. No hace falta ser madridista para exigir explicaciones sobre los pagos a Negreira. Y tampoco hace falta suponer que todos los árbitros están bajo sospecha para reconocer que la confianza en el arbitraje español ha sufrido un deterioro que no se arregla llamando manipulador al mensajero. Las instituciones existen precisamente para situarse por encima de las pasiones particulares. Cuando sus dirigentes bajan al barro y empiezan a intercambiar bofetadas verbales con los administrados, la autoridad se transforma en espectáculo y el espectáculo acaba devorando a la autoridad. Es el viejo drama de Pirandello: personajes que se creen autores de la obra y terminan descubriendo, demasiado tarde, que no controlan ni el argumento ni la reacción del público.
Lo más pintoresco de este episodio es que Tebas, después de sus declaraciones, ha conseguido que el Real Madrid exija formalmente su dimisión y que parte del Bernabéu le dedique pancartas y cánticos. El presidente ha respondido denunciando una estrategia de intimidación, mientras el club insiste en que sus manifestaciones son incompatibles con la neutralidad exigible a sus cargos. Y así seguimos, patapún parriba, convertidos en espectadores de una pelea que quizá proporcione grandes audiencias a las tertulias, pero que no aclara una sola de las preguntas esenciales. ¿Por qué se realizaron aquellos pagos? ¿Qué servicios se prestaron realmente? ¿Qué controles fallaron? ¿Qué responsabilidades corresponden, en su caso, a cada protagonista? ¿Qué reformas impedirían que una situación semejante volviera a producirse? Son preguntas bastante más importantes que determinar quién ha ganado la última batalla de Twitter, aunque sospecho que también bastante menos entretenidas para quienes han convertido el fútbol institucional en una prolongación de sus egos. La justicia tendrá que resolver aquello que le corresponde, con pruebas, garantías y sin condenas anticipadas. Pero los dirigentes deportivos tienen una obligación adicional: demostrar que el sistema es capaz de examinar sus propias miserias sin considerar enemigo a todo aquel que reclame una explicación.
Al final, el asunto tiene mucho menos que ver con el Real Madrid de lo que algunos pretenden. Tiene que ver con una pregunta elemental: ¿quién vigila a quienes deberían vigilar el negocio? Porque el fútbol español puede sobrevivir a una temporada mediocre, a una eliminación europea, a un error arbitral escandaloso e incluso a la insoportable vanidad de algunos de sus protagonistas. Lo que no puede permitirse indefinidamente es que sus instituciones terminen pareciendo propiedades privadas de quienes ocupan sus despachos. El aficionado paga la entrada para contemplar un espectáculo deportivo, no para financiar una guerra de orgullos personales ni para aceptar que las preguntas incómodas constituyen una agresión contra el establecimiento. Y cuando los responsables de preservar la credibilidad de una competición dedican más esfuerzo a desacreditar a quienes cuestionan su funcionamiento que a explicar cómo piensan mejorarla, la sospecha deja de ser una extravagancia del público para convertirse en una consecuencia de la conducta institucional.
Quizá Javier Tebas tenga razón en algunas de sus críticas al Real Madrid. Seguramente el Real Madrid tampoco tenga razón en todas las suyas. Pero ése no es el asunto. El asunto es que un presidente de LaLiga no puede comportarse como otro tertuliano enfadado, porque su cargo no consiste en ganar discusiones sino en garantizar que el negocio conserve una autoridad que no dependa de sus simpatías personales. Los buenos porteros saben distinguir entre quien provoca un altercado y quien pregunta por qué hay sangre en la escalera. Los malos terminan confundiendo a ambos, especialmente cuando conocen demasiado bien a los propietarios del local.
Y así nos encontramos: con un burdel de lujo, una clientela cada vez más desconfiada, demasiadas habitaciones cerradas y un portero que, en lugar de explicar qué ocurre dentro, ha decidido salir a la calle a repartir bofetadas dialécticas.
Lo verdaderamente preocupante ya no es que alguien sospeche del establecimiento. Es que el portero parece haber olvidado para quién trabaja.
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