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Por José Antonio Fernández | 🕘 5 minutos de lectura
Voy a decirlo yo, ya que parece que nadie en el Gobierno tiene el valor ni la vergüenza de hacerlo: esto no es una tragedia, es una indecencia. Y no por el accidente —los accidentes existen desde que el ser humano decidió subirse a algo con ruedas—, sino por lo que viene después. Por la respuesta. Por el silencio impostado. Por la desvergüenza burocrática.
Yo he visto funerales. He estado en velatorios donde el dolor no cabía en la sala. Y sé distinguir cuándo una sociedad se toma en serio a sus muertos y cuándo los administra como si fueran un expediente más. Aquí estamos en lo segundo. Sin anestesia.
Cuarenta y seis muertos. Repítanlo despacio: cuarenta y seis. Y el Gobierno sigue en su sitio, planchado, inmutable, como si esto fuera una avería de semáforo en Cuenca. Ni una dimisión. Ni una caída digna. Ni un gesto de decoro. Nada. Absolutamente nada.
El arte de no dimitir nunca
En cualquier país con una mínima tradición de respeto institucional —pongamos Japón, pongamos Alemania, pongamos cualquier lugar donde la palabra “responsabilidad” no sea un chiste— ya habrían rodado cabezas políticas. Metafóricamente, claro. Aquí no. Aquí lo que rueda es la culpa, que pasa de mano en mano como una patata caliente.
El ministro no dimite. El presidente no comparece como debe. Nadie asume nada. Y mientras tanto, nos explican —con ese tono de funcionario de ultratumba— que “la investigación sigue su curso”. Claro que sigue. Lo que no sigue es la dignidad.
Porque ahora sabemos que la rotura de la vía estaba ahí. Horas antes. Registrada. Silenciosa. Invisible para un sistema que no estaba configurado para ver lo que tenía delante. Es decir: el problema no es que no se pudiera evitar, es que nadie estaba mirando como debía.
Pero tranquilos. Nadie es responsable. Nunca lo son.
La política como anestesia moral
Yo empiezo a pensar que en España hemos perfeccionado una disciplina nueva: la anestesia moral institucional. Mueren 46 personas y el país no arde. No tiembla. No se levanta. Se limita a comentar, a indignarse un rato en voz baja, a seguir.
¿Dónde están las calles llenas?
¿Dónde está la presión social?
¿Dónde está el límite?
En Francia, por menos, te paralizan el país. En Italia, el Parlamento estaría ardiendo en titulares. Aquí, en cambio, seguimos con la programación habitual. Como si nada. Como si 46 muertos fueran una estadística incómoda que hay que archivar cuanto antes.
Y lo más obsceno no es el silencio. Es el relato.
El relato: ese maquillaje de cadáveres
Porque mientras las familias buscan respuestas —esas sí, con nombre, con cara, con dolor real—, el Gobierno se dedica a hacer lo que mejor sabe: construir relato. Declaraciones cruzadas. Técnicos que hablan. Ministros que niegan. Informes que matizan.
Todo muy ordenado. Muy correcto. Muy frío.
Un teatro administrativo donde los muertos no tienen voz y los responsables tampoco parecen tenerla.
Y luego está ese clásico español: echar balones fuera. La empresa. El sistema. La soldadura. La meteorología si hace falta. Todo vale con tal de no decir lo único que importa: “hemos fallado”.
Pero claro, para decir eso hay que tener algo que aquí escasea: decencia.
La indignación selectiva
A mí lo que más me fascina —y ya es decir— es la indignación selectiva. Este país se incendia por una ley, por una frase, por un tuit mal escrito. Pero 46 muertos en un tren… eso no.
Eso se digiere.
Eso se racionaliza.
Eso se normaliza.
Como si la muerte en bloque tuviera descuento emocional.
Y mientras tanto, los familiares siguen preguntando. Siguen esperando. Siguen escuchando palabras vacías envueltas en lenguaje técnico. Porque cuando el poder no quiere asumir culpa, se refugia en el tecnicismo. Es su escondite favorito.
Yo no me callo
Yo no voy a fingir neutralidad. No me interesa. No estoy aquí para equilibrar nada. Estoy aquí para decir lo que es evidente: esto es una indecencia política de primer orden.
No es solo un accidente. Es una cadena de negligencias, de omisiones, de falta de control. Y, sobre todo, de falta de responsabilidad después.
Y en cualquier país serio —repito: serio—, esto habría tenido consecuencias inmediatas. Dimisiones. Comparecencias. Crisis política real. No este simulacro de normalidad que ofende a cualquiera con un mínimo de sensibilidad.
El país que se acostumbra a todo
Yo crecí en un país que al menos fingía escandalizarse. Ahora ya ni eso. Nos hemos acostumbrado a todo: a la corrupción, a la incompetencia, a la mentira… y ahora también a la muerte gestionada.
Ese es el verdadero problema. No el Gobierno. No los ministros. No los informes.
El problema es que ya no nos sorprende.
Y cuando un país deja de sorprenderse ante la muerte evitable, ante la irresponsabilidad impune, ante la indignidad institucional… ese país ya no está indignado.
Está domesticado.
Y eso, sinceramente, es mucho peor que cualquier accidente.
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