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Por José Antonio Fernández | 🕘 5 minutos de lectura
Lo digo yo. Yo, que pago impuestos. Yo, que no he pisado una alfombra roja en mi vida pero sí he pisado una cola de Hacienda con la misma resignación con la que otros pisan una gala subvencionada. Y lo digo sin anestesia: lo de los Goya no es cultura, es una transferencia de renta con aplauso enlatado.
En la última edición —ese aquelarre elegante donde la mediocridad se disfraza de talento— una de las bufones oficiales de la corte monclovita decidió hacer lo que mejor sabe hacer: atacar a la Iglesia Católica y, de paso, a los jóvenes que todavía creen en algo más que en su propia cuenta corriente. Que le da pena, dice, que se agarren a la fe.
A mí, en cambio, me da pena otra cosa: que haya gente viviendo del dinero de todos para despreciar a quienes aún tienen principios.
Porque aquí viene la parte que no sale en los discursos emocionados ni en los monólogos con sonrisa progresista: el cine español, ese bastión cultural de la subvención permanente, recibió en 2025 cerca de 167 millones de euros públicos. Dinero real. Dinero de gente que madruga, que cotiza, que paga.
¿Y cuánto generó? Unos 78 o 79 millones.
Las cuentas son sencillas. Tan sencillas que duelen: han quemado aproximadamente 90 millones de euros. No invertido. No arriesgado. Quemado. Como quien prende fuego a un billete para ver si da calor.
Y luego se preguntan por qué el público no responde. Por qué la gente no va al cine. Por qué el cine español es un paciente subvencionado crónico con respiración asistida ideológica.
La respuesta es incómoda: porque nadie paga por que le insulten.
El contribuyente financia películas que no ve, discursos que no comparte y galas que le desprecian. Es el negocio perfecto: yo pongo el dinero, tú pones la ideología y entre los dos montamos una industria que no se sostiene ni con muletas.
He escrito antes sobre genios ignorados y bufones premiados. Aquí lo tienen otra vez. Mientras científicos piden financiación para curar enfermedades, los artistas oficiales reciben millones para rodar películas que no ve ni el director en su segunda semana de estreno.
Y entre canapé y canapé, desde sus villas de lujo o sus áticos con vistas al resentimiento, miran con desprecio a la fe. A la fe que, por cierto, sigue llenando calles en Semana Santa. A la fe que moviliza a miles sin subvención, sin campaña institucional y sin necesidad de monólogo.
Eso es lo que no soportan.
No es la Iglesia. No es la religión. Es la capacidad de convocatoria sin dinero público. Es ver cómo una procesión reúne más gente que toda su filmografía junta. Es comprobar que hay algo que no controlan, que no financian y que no pueden manipular.
Y entonces atacan. Porque cuando uno no puede competir, desprecia.
Pero cuidado, porque la historia tiene mala leche. Goya —el de verdad, el de Fuendetodos— pintó los horrores de su tiempo con una lucidez brutal. Si levantara la cabeza hoy, probablemente no pintaría fusilamientos. Pintaría galas. Pintaría sonrisas huecas. Pintaría subvenciones convertidas en arte y arte convertido en negocio ruinoso.
Yo seguiré pagando impuestos, no me queda otra. Pero al menos me queda la libertad de decirlo:
cuando el talento necesita subvención permanente y la fe no, el problema no está en la fe.
Está en el talento.
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