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Por José Antonio Fernández | 🕘 6 minutos de lectura
He visto cómo esta sociedad se indigna con el pasado y se justifica con el presente. Empiezo a sospechar que no hemos aprendido nada, sólo hemos cambiado el vocabulario.
Durante casi un siglo —con razón, con toda la razón del mundo— hemos señalado a los nazis y a los comunistas como el ejemplo máximo de la barbarie: liquidar a quien no encaja, a quien estorba, a quien sufre, a quien no produce. Eliminación fría, técnica, burocrática. La muerte convertida en solución.
Y ahora, con una sonrisa de hospital, nos dicen que no, que esto es distinto. Que esto es “muerte digna”. Que esto es “libertad”. Que esto es “progreso”.
Claro.
La diferencia, al parecer, es semántica. Antes se eliminaba al débil porque molestaba. Ahora se le ofrece eliminarse a sí mismo… porque molesta sufrir. La coartada ha mejorado. El resultado, sospechosamente parecido.
El caso de Noelia Castillo Ramos ha sacudido conciencias. O debería. 25 años. Una vida destrozada por una agresión salvaje, por un intento de suicidio, por una depresión profunda y por un dolor físico constante. Una historia trágica, sin duda. Pero también una pregunta incómoda: ¿de verdad la única respuesta que hemos sabido darle es la muerte?
Dos años peleando por morir. Dos años. No por vivir mejor. No por encontrar una salida. No por reconstruirse. No. Por morir. Y el sistema, diligente cuando quiere, ha respondido: adelante, aquí tiene usted su solución definitiva.
El padre luchando en los tribunales. La madre acompañando con el alma rota. Y el Estado, como un notario eficiente, certificando la decisión. Qué escena tan moderna. Qué progreso tan limpio. Qué victoria tan… triste.
Nos dicen que es libertad. Que nadie obliga. Que es una decisión personal. Perfecto. Entonces hagamos la pregunta que nadie quiere formular: ¿qué alternativas reales se le ofrecieron?
Porque una cosa es elegir morir desde la serenidad de quien ha vivido. Y otra muy distinta es pedir la muerte desde el abismo de la depresión, del dolor crónico y de una vida destrozada desde los 20 años.
No es lo mismo. Y quien diga lo contrario, miente o no quiere entender.
He escrito antes en este espacio sobre sociedades que han perdido la empatía, sobre Estados que financian bufones mientras ignoran lo esencial, sobre ciudadanos que han dejado de esforzarse y sistemas que premian la mediocridad. Todo converge aquí. Todo desemboca en esto.
En una sociedad que no sabe acompañar, la muerte se convierte en la salida más barata.
En un sistema que no sabe curar el alma, se opta por silenciar el cuerpo.
En una cultura que ha perdido el sentido del sufrimiento, se elimina al que sufre.
Y luego lo llamamos dignidad.
Magnífico.
Yo no estoy en contra de aliviar el dolor. Faltaría más. Pero sí estoy en contra de convertir la muerte en política pública. Porque cuando el Estado empieza a gestionar quién vive y quién muere —aunque sea bajo la apariencia de libertad— entramos en un terreno moral peligrosamente resbaladizo.
Hoy es el que lo pide.
Mañana será el que “no tiene calidad de vida”.
Pasado, el que “supone una carga”.
La pendiente es conocida. La historia ya se escribió. Y no terminó bien.
Yo no sé qué habría pasado si a Noelia se le hubiera ofrecido otra salida. No lo sé. Pero sí sé que una sociedad decente no puede resignarse a que la muerte sea la mejor respuesta que tiene para sus jóvenes rotos.
Prefiero mil veces un sistema que se equivoque intentando salvar a alguien que uno que acierte facilitándole la muerte.
Y lo dejo claro, por si alguien no lo ha entendido: una sociedad que normaliza la muerte como solución no es más libre.
Es más débil.
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