Los profetas de la superioridad moral

04-07-2026 11:35 p.m.

Por José Antonio Fernández | 🕘 6 minutos de lectura

Hay una vieja costumbre española que nunca pasa de moda. La de señalar con el dedo mientras se procura que nadie mire la mano que lo señala. Durante la última década hemos asistido a una liturgia casi religiosa. El hombre era culpable por definición. Si respiraba demasiado fuerte, machista. Si discrepaba, machista. Si hacía un piropo, machista. Si no lo hacía, también. Bastaba con nacer provisto de cromosoma Y para comparecer cada mañana ante un tribunal popular presidido por unas vestales del feminismo militante que repartían absoluciones y condenas con el rigor jurídico de una pitonisa después de dos vasos de orujo.

Confieso que nunca terminé de comprar algunas de las teorías que circulaban para explicar aquel fenómeno. Había quien sostenía que todo obedecía a un inmenso negocio subvencionado; otros aseguraban que era simple aburrimiento de salón; tampoco faltaban los psicólogos de barra de bar que atribuían semejante agresividad a frustraciones personales de toda índole. Puede que hubiera algo de todo ello. Pero yo siempre sospeché otra cosa. Pensé que muchas personas terminan viendo el mundo a través de las gafas que les regalaron sus propias experiencias. Quien sólo ha conocido sinvergüenzas acaba creyendo que la humanidad entera es una reunión de sinvergüenzas. Es un error comprensible.

Porque generalizar constituye el deporte favorito de los fanáticos. Si un cura delinque, toda la Iglesia es culpable. Si un empresario roba, el capitalismo es una banda organizada. Si un hombre agrede a una mujer, la masculinidad entera queda bajo sospecha. Curiosamente, esa regla universal deja de funcionar cuando los protagonistas pertenecen a la parroquia ideológica adecuada.

Y entonces aparece la realidad, que tiene la desagradable costumbre de arruinar los panfletos. En los últimos años han trascendido distintos casos protagonizados por personas vinculadas a organizaciones y partidos que durante mucho tiempo hicieron del feminismo una de sus principales banderas públicas. Investigaciones judiciales, condenas, sanciones disciplinarias o denuncias por presuntos delitos sexuales han afectado a figuras muy conocidas del espacio político de la izquierda. Cada caso es distinto y merece su propio tratamiento jurídico. Faltaría más. Pero todos juntos tienen una consecuencia devastadora: demuestran que la superioridad moral no se obtiene por afiliarse a unas siglas ni por repetir consignas con lenguaje inclusivo.

Resulta enternecedor contemplar cómo quienes durante años impartían cursos acelerados de virtud descubren ahora la maravillosa existencia de la presunción de inocencia. Qué invento tan extraordinario. Ayer era una antigualla burguesa cuando el acusado pensaba distinto. Hoy se convierte en el pilar básico del Estado de derecho. Milagros de la política. El mismo catecismo, distinto misal.

Lo verdaderamente grotesco no son los comportamientos individuales, que corresponden a quienes los protagonizan y, en su caso, a los tribunales. Lo grotesco es haber construido un movimiento entero sobre la ficción de que había personas moralmente inmunes por pertenecer al bando correcto. Como si las ideologías vacunaran contra la miseria humana. Como si la tarjeta de militante sustituyera al carácter. Como si la maldad pidiera el carné del partido antes de llamar a una puerta.

He conocido hombres ejemplares y hombres despreciables. Mujeres extraordinarias y mujeres insufribles. La decencia jamás ha dependido del sexo, sino de la educación, del carácter y de la conciencia. Pretender que la mitad de la humanidad nace sospechosa mientras la otra mitad disfruta de una presunción automática de virtud es una estupidez tan monumental que sólo podía prosperar en una época enamorada de los eslóganes y enemiga del sentido común.

Al final, la vida pone a cada cual delante de su propio espejo. Y algunos han descubierto con espanto que el monstruo contra el que llevaban años organizando manifestaciones no vivía al otro lado de la calle. Vivía bastante más cerca. Tan cerca que compartía despacho, escaño, plató o comité ejecutivo.

Yo sigo pensando exactamente lo mismo que hace diez años. Desconfío de cualquiera que se presente como dueño exclusivo de la moral. Porque la experiencia me ha enseñado que quien dedica demasiado tiempo a señalar la suciedad ajena suele hacerlo para que nadie repare en el barro que lleva pegado a las botas.

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