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Por José Antonio Fernández | 🕘 7 minutos de lectura
Hay países donde amar a la propia nación sigue siendo una virtud y otros donde se ha convertido en una sospecha. Basta observar el mensaje que el actor Matthew McConaughey publicó con motivo del Día de la Independencia de Estados Unidos para comprender la diferencia. No habló de superioridad racial, ni de imperialismo, ni de odio al extranjero, ni de levantar muros, ni de eliminar al discrepante. Habló de celebrar con la familia, de compartir el pan, de brindar incluso con el vecino con el que uno discrepa, de dejar que los niños corran descalzos al anochecer y de recordar que un país no es un edificio terminado, sino un camino que continúa construyéndose entre todos. Un mensaje profundamente patriótico y, al mismo tiempo, profundamente integrador. Allí nadie se rasga las vestiduras porque una persona conocida afirme sentirse orgullosa de su país. Al contrario. Se entiende como algo natural. Como una evidencia. Como un sentimiento sano que cohesiona a una sociedad. Aquí, sin embargo, semejante declaración bastaría para colocar al autor en el banquillo moral de las redes sociales antes incluso de terminar el vídeo.
Porque España ha conseguido un prodigio sociológico digno de estudio: convertir el patriotismo en patrimonio exclusivo de una parte del espectro político. Uno puede exhibir cualquier bandera imaginaria, abrazar cualquier identidad importada, reivindicar cualquier causa planetaria o emocionarse con cualquier conflicto situado a ocho mil kilómetros de distancia sin que nadie cuestione su salud democrática; ahora bien, como se le ocurra expresar con naturalidad que ama España, que admira su historia o que siente orgullo por pertenecer a esta nación, inmediatamente aparecerá el tribunal permanente de la virtud dispuesto a diagnosticarle toda clase de patologías ideológicas. Ya no basta con discrepar de quien pronuncia esas palabras; hay que reducirlo al absurdo, caricaturizarlo, convertirlo en un peligro público. Todo muy moderno. Todo muy tolerante. Válganos todo el Olimpo marxista.
Lo más curioso de este fenómeno es la inmensa contradicción intelectual que encierra. Porque si uno analiza con frialdad el concepto mismo de patria, descubre que debería resultar especialmente atractivo para quienes dicen defender la igualdad colectiva por encima del individualismo. ¿Qué es una patria sino una comunidad cuyos miembros comparten un destino común? ¿Qué es sino la idea de que el bien del conjunto debe situarse por encima del interés egoísta de cada individuo? ¿Qué es sino una solidaridad permanente entre millones de desconocidos que aceptan ayudarse mediante leyes, impuestos, instituciones, servicios públicos y sacrificios compartidos? Si existe una palabra que coloca al "nosotros" por encima del "yo", ésa es precisamente patria. Resulta paradójico que quienes proclaman constantemente la importancia de lo colectivo contemplen con sospecha el mayor proyecto colectivo que existe: una nación.
Sin embargo, en España el lenguaje lleva años padeciendo una enfermedad autoinmune. Igual que hemos visto cómo determinadas palabras iban siendo sustituidas por eufemismos cuidadosamente diseñados para anestesiar la realidad, también se ha inoculado la idea de que el patriotismo constituye una forma sofisticada de intolerancia. Se ha conseguido que muchos españoles bajen la voz cuando hablan bien de su país, casi como si estuvieran confesando un pecado. Mientras tanto, en Francia, en Estados Unidos, en Italia, en Polonia o en Portugal, dirigentes de izquierdas y de derechas celebran con absoluta normalidad sus fiestas nacionales sin necesidad de pedir perdón por existir. Aquí seguimos atrapados en la absurda costumbre de discutir si España merece ser querida antes incluso de preguntarnos cómo mejorarla.
Y, sin embargo, la realidad termina imponiéndose. Basta un Mundial, una Eurocopa o unos Juegos Olímpicos para comprobar que el supuesto rechazo al sentimiento nacional era, en buena medida, artificial. Durante unas semanas desaparecen las etiquetas, los complejos y los manuales ideológicos. El vecino de Cádiz abraza al de Bilbao, el de Murcia celebra con el de Asturias y el de Soria —ese español anónimo que nunca saldrá en los informativos— grita el mismo gol que el de Barcelona. Durante noventa minutos recordamos que pertenecemos a algo más grande que nuestras diferencias cotidianas. Después vuelve la política profesional y comienza otra vez el empeño por convencernos de que sentir orgullo de España constituye poco menos que una anomalía democrática.
Quizá haya llegado el momento de recuperar una idea mucho más sencilla y mucho más antigua: que querer a tu país no implica odiar el de los demás, igual que querer a tu familia no significa despreciar a las otras familias del vecindario. El patriotismo sano no necesita enemigos; necesita ciudadanos capaces de entender que una nación sólo prospera cuando quienes la forman sienten que merece la pena conservarla, mejorarla y transmitirla. Porque nadie cuida aquello que le han enseñado a despreciar. Y un pueblo que termina avergonzándose de sí mismo acaba dejando su futuro en manos de quienes jamás sintieron el menor afecto por él.
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