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Por José Antonio Fernández | 🕘 6 minutos de lectura
A veces —y lo digo sin complejo alguno— me dan envidia los británicos. Sí, envidia. Esa nación que inventó el parlamentarismo moderno y el té a las cinco no tuvo reparos en sentar en el banquillo mediático al expríncipe Andrés por el caso Epstein. Allí la sangre azul no blinda la sospecha. Aquí la militancia roja sí.
En España vivimos una versión castiza del feminismo de escaparate: pancarta por la mañana, silencio por la tarde y trituradora interna por la noche. El autoproclamado partido feminista —ese que presume de superioridad moral como quien presume de título nobiliario— acumula en los últimos meses un goteo continuo de casos de acoso y abusos que haría sonrojar a cualquier comité de ética mínimamente serio. Pero aquí no hay sonrojo. Hay protocolo. Y alfombra.
Hasta seis dirigentes socialistas denunciados por acoso en un año. Un senador. Dos alcaldes. Un expresidente de diputación. Un responsable local. Y Francisco Salazar, exasesor de Moncloa y amigo del presidente. Amigo. Palabra mágica en el sanchismo. Las víctimas utilizaron el canal interno del partido. Denunciaron. Esperaron. Silencio. Meses. Nada. La denuncia de Torremolinos acabó en Fiscalía porque el partido, tan vigilante con el heteropatriarcado abstracto, se mostró sorprendentemente torpe con el acosador concreto.
En el caso de Salazar, las denuncias internas desaparecieron del canal del PSOE. Desaparecieron. No se archivaron, no se tramitaron: se volatilizaron. Sólo cuando el asunto trascendió a la opinión pública, Ferraz exigió responsabilidades con gesto teatral y desde el Gobierno se sacó pecho, como si apagar el incendio que uno mismo dejó arder fuera una hazaña heroica.
Pero la cosa no acaba en el feminismo de pancarta. También están los caballeros de la corrupción festiva. Tito Berni y sus celebraciones de dudosa estética. Ábalos y Koldo repartiendo “escorts” como si gestionaran una agencia de viajes. El moralismo socialista se deshace como maquillaje barato cuando la luz es blanca y no roja.
Y llegamos al origen del sanchismo, ese territorio que algunos prefieren no pisar descalzos. La sauna Adán. Sabiniano Gómez. Los burdeles gays. El prestigioso diario británico The Times poniendo el foco en el lucro obtenido por el entorno familiar del presidente. No lo digo yo; lo dijeron ellos. Y el propio Feijóo lo lanzó en el Congreso: “¿De qué prostíbulos ha vivido usted?”. La frase retumbó como una bofetada parlamentaria.
Aquí no se trata de moral sexual privada. Se trata de coherencia pública. No puedes presentarte como cruzado abolicionista de la prostitución mientras tu entorno familiar ha prosperado en ese negocio. No puedes pontificar desde la tribuna mientras la hemeroteca te observa con media sonrisa.
La pregunta incómoda —y las preguntas incómodas son el oxígeno de la democracia— es otra: si en aquellos locales hubo irregularidades mayores, si hubo menores como en el caso Epstein, ¿alguien lo investigó con la misma pasión con la que se investigan los tuits inconvenientes? Porque en España la sospecha se administra por ideología. Y eso no es justicia; es secta.
Yo no acuso. Yo pregunto. Pero pregunto en voz alta. Y cuando un Gobierno presume de feminismo mientras esconde denuncias internas, cuando presume de ética mientras su entorno está salpicado de sombras, y cuando presume de transparencia mientras la prensa extranjera señala lo que aquí se susurra, algo huele. Y no es incienso.
Recuerdo haber escrito aquí que una sociedad sin modales no puede sostener una democracia. Pues añado hoy: una democracia con doble moral es un teatro. Y el teatro, cuando se llena de hipocresía, acaba en farsa.
Yo seguiré preguntando. Aunque moleste. Porque prefiero la incomodidad de la verdad a la comodidad de la consigna. Y porque, a diferencia de algunos, no necesito que desaparezcan los mensajes para quedarme tranquilo.
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