Escucha el audio de esta noticia:
Por José Antonio Fernández | 🕘 4 minutos de lectura
Creo que a día de hoy aún distingo una noticia de un espectáculo y un mérito de una consigna. Y escribo con una mezcla de admiración y asco: admiración por Mariano Barbacid y asco por el país político que lo ignora. Porque curar el cáncer de páncreas en ratones —que no es una anécdota de laboratorio sino un hito científico— parece no alcanzar el umbral mínimo de interés para el Gobierno Sánchez. No da para trending topic, no genera coreografía, no admite aplauso enlatado. Mala suerte.
Barbacid ha hecho lo que hacen los científicos de verdad: trabajar, investigar, acertar. Y cuando ha dado con una puerta que podría abrir algo grande, algo histórico, se ha encontrado con lo de siempre: la caja vacía y la mano extendida. El genio pidiendo ayuda en un país que se la niega. El investigador mendigando financiación mientras el presupuesto se evapora en humo ideológico y en programas de entretenimiento con pretensiones de epopeya cultural.
La paradoja es de manual. Mientras un científico español logra un avance que podría cambiar la vida —y la muerte— de miles de personas, el dinero público se va alegremente a pagar chistes, monólogos y propaganda con sonrisa de cartón. El periodismo del pueblo, ese periodismo de redes y consignas, celebra a sus bufones de cabecera. El Estado, en lugar de apostar por la ciencia, invierte en aplausos. Mucho aplauso. Mucha pose. Mucha nada.
No es que falte dinero. Falta prioridad. Falta vergüenza. Falta esa mínima jerarquía moral que distingue entre salvar vidas y salvar audiencias. El Gobierno que presume de progreso se comporta como una peña de animación: invierte donde hay ruido y desprecia donde hay rigor. A Barbacid no se le financia; a los entretenedores se les riega. Porque la ciencia no vota y el espectáculo sí.
Y aquí aparece el viejo mal español, actualizado a la era digital: el genio incómodo y el bufón imprescindible. El primero molesta porque exige continuidad, inversión y silencio. El segundo encanta porque ofrece titulares, distracción y obediencia. La ciencia pide tiempo; la propaganda pide presupuesto. Y ya sabemos quién gana cuando manda el cortoplacismo con chaqueta ministerial.
Recuerdo —y lo hago a propósito— a aquellos países que admirábamos por su apuesta científica. Países que entendieron que investigar no es un lujo, sino una obligación moral. Aquí hemos decidido lo contrario: que investigar es opcional y entretener es estratégico. Y luego nos preguntamos por qué los mejores se van, por qué los avances se quedan a medias y por qué los Barbacid acaban pidiendo auxilio como náufragos en su propio país.
No es un error. Es una elección. La elección de un poder que prefiere el chascarrillo a la cura, el plató al laboratorio, la consigna al microscopio. Y esa elección tiene consecuencias: menos ciencia, más ruido; menos futuro, más relato.
Yo lo escribo y lo firmo. Porque cuando un país obliga a un científico a pedir limosna mientras paga a sus bufones de oro, ese país no es progresista: es frívolo, irresponsable y moralmente raquítico. Y no hay monólogo que lo cure.
no hay comentarios
14-03-2026 2:03 p.m.
14-03-2026 midnight
14-03-2026 midnight
14-03-2026 midnight
14-03-2026 midnight
13-03-2026 2:12 p.m.
13-03-2026 1:22 p.m.
13-03-2026 8:46 a.m.
12-03-2026 8:17 p.m.
10-03-2026 9:39 p.m.
Un incendio arrasa una vivienda en Pozuelo junto a La Finca sin causar heridos14-03-2026 midnight
El cubano que grita desde la cola28-02-2026 midnight
El recaudador cervantino y la fiesta perpetua21-02-2026 midnight
La hipocresía con escolta: el caso Epstein español31-01-2026 midnight
Los 45 que no merecieron una silla24-01-2026 8:21 a.m.
El genocidio que no puntúa