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Por José Antonio Fernández / 🕘 4 minutos de lectura
Escribo yo. Yo, que no tengo coche oficial ni excusa de agenda, pero sí memoria y un mínimo sentido de la decencia. Escribo porque alguien tiene que decirlo sin rodeos: cuando el poder no va a un funeral, no es por prudencia; es por cobardía. Y el funeral de Adamuz —el de los 45 del tren— fue un retrato exacto de esa cobardía con corbata.
Las familias han prometido “luchar desde la serenidad” para saber la verdad. La serenidad es el último refugio de quienes ya han perdido demasiado como para perder también la dignidad. Serenidad no es resignación. Serenidad es aguantar sin volverse loco mientras el Estado bosteza. Porque aquí no hablamos de un accidente administrativo ni de un error sin responsables: hablamos de 45 muertos y de una verdad que se dilata como chicle viejo.
El presidente del Gobierno no fue. Tampoco fue el ministro Puente, siempre tan valiente para el tuit y tan ligero para el plató. La representación del Gobierno se concentró —magnífico verbo— en la vicepresidenta Montero y dos ministros más, como quien manda una corona de flores y cree haber cumplido. Concentrarse: el lenguaje del poder para no decir “esconderse”.
Dicen que no era oportuno. Dicen que había agenda. Dicen que había que evitar la politización. Qué delicadeza. Qué sensibilidad exquisita para no molestar a los muertos. El mismo Gobierno que politiza hasta el clima se vuelve tímido cuando hay ataúdes de por medio. El mismo Ejecutivo que no pierde un segundo para aparecer en la foto correcta descubre de pronto el pudor cuando la foto quema.
Las familias quieren saber la verdad de los 45. Y hacen bien. Porque cuando el Estado se ausenta del duelo, suele estar muy presente en la opacidad. Porque cuando el presidente no da la cara, alguien está calculando el coste. Y porque cuando el ministro responsable se borra del mapa, no es por respeto: es por miedo a la pregunta que no controla.
Se nos dirá que no había que convertir el funeral en un mitin. Perfecto. Entonces expliquen por qué convierten cada tragedia rentable en un acto de propaganda y cada tragedia incómoda en una ausencia educada. Explíquenlo sin eufemismos, si pueden. Sin ese tono de párvulo bien mandado que cree que la ciudadanía es idiota.
La verdad es más simple y más fea: no fueron porque no supieron qué decir. Porque no podían prometer nada sin mentir. Porque no podían pedir perdón sin admitir responsabilidades. Porque el duelo exige presencia y la presencia exige coraje. Y el coraje no cotiza en Moncloa.
Las familias hablan de serenidad. Yo hablo de vergüenza. Vergüenza de un Gobierno que se escabulle cuando la muerte no viene con manual de comunicación. Vergüenza de una política que mide los funerales por su impacto en encuestas. Vergüenza de una ausencia que grita más que cualquier discurso.
Yo no prometo serenidad. Prometo memoria. Y una sentencia sencilla, para que no haya confusión: quien no acompaña a los muertos, tampoco está a la altura de los vivos.
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