El genocidio que no puntúa

24-01-2026 8:21 a.m.

Niños rezando ante un altar destruido

Por José Antonio Fernández / 🕘 6 minutos de lectura

Escribo yo. Yo, que aún conservo memoria, lecturas y un mínimo de vergüenza histórica. Lo escribo hoy, 22 de enero de 2026, mientras Occidente bosteza y se acomoda en el sofá de su superioridad moral de quita y pon. Y lo escribo porque alguien tiene que hacerlo sin pedir permiso, sin hashtags y sin la voz temblorosa del cobarde profesional.

Mientras millones de cristianos rezaban en Nochebuena con el miedo metido en el cuerpo —no por la digestión, sino por la muerte—, aquí discutíamos si el Belén ofende, si la Navidad excluye y si el árbol tiene género. Más de 380 millones de cristianos perseguidos, asesinados, mutilados, expulsados, quemados vivos o degollados por el simple delito de creer en Cristo. Y Occidente, ese Occidente que inventó los Derechos Humanos cuando aún sabía lo que era el derecho y lo humano, mirando de perfil. Como siempre que el muerto no da votos.

Lo llaman persecución. Error. Es un genocidio. Un genocidio lento, sistemático y perfectamente identificable. Pero no importa. No interesa. No conmueve. No genera lágrimas televisivas ni camisetas solidarias. No hay conciertos benéficos ni discursos solemnes porque el cristiano asesinado no encaja en el catálogo de víctimas rentables. No es moderno morir por la fe. No es progresista. No da audiencia.

Los ejecutores tienen nombre y doctrina. No son meteorología ni conflictos complejos. Islamismo, en su versión tribal, yihadista o institucional. Somalia, Nigeria, Libia, Siria, Sudán. Lugares donde ser cristiano es una sentencia de muerte y donde el Artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos sirve exactamente para envolver pescado. Pero cuidado: decirlo alto es “islamofobia”. Llamar al verdugo por su nombre es pecado. El silencio, en cambio, es virtud.

Y mientras sacerdotes y misioneros piden auxilio —auxilio real, no subvenciones para talleres de género—, los gobiernos occidentales afinan su intolerancia secular, esa nueva religión obligatoria que persigue al cristianismo en casa mientras lo abandona fuera. Aquí se ridiculiza la cruz, se criminaliza la objeción de conciencia y se persigue al disidente cristiano con más saña que al fanático que degüella en África. Hipocresía en estado puro. La cobardía elevada a sistema.

Es enternecedor ver a los mismos que se envuelven en la bandera de los derechos humanos callar como muertos cuando los cristianos son masacrados. Los mismos que lloran por causas importadas, cuidadosamente seleccionadas por el departamento de marketing ideológico, se vuelven mudos ante Nigeria, donde bandas islamistas asesinan cristianos con una regularidad que haría palidecer a cualquier estadístico del horror. Pero claro, Nigeria no está en Netflix.

Se rasgan las vestiduras cuando alguien osa recordarlo en voz alta. Que si es exageración. Que si es alarmismo. Que si hay que contextualizar. Contextualizar es el verbo favorito del miserable. Al muerto no se le contextualiza: se le entierra o se le defiende. Y aquí no se hace ni lo uno ni lo otro.

Alguno, desde la política, ha tenido la osadía de señalarlo. Y automáticamente ha sido señalado él. Porque denunciar el genocidio cristiano rompe el relato. Y el relato, hoy, es sagrado. Más sagrado que la vida humana. Más sagrado que la verdad. Más sagrado que la historia.

Recuerdo —y no lo hago por nostalgia, sino por contraste— el Edicto de Milán, año 313. Diecisiete siglos después, hemos retrocedido moralmente hasta antes de Constantino. Entonces se garantizó la libertad de culto. Hoy se garantiza la libertad de callar. El progreso, dicen.

Occidente ha decidido que hay víctimas de primera y mártires prescindibles. Ha decidido que el cristiano puede morir sin ruido. Que su sangre no mancha titulares. Que su fe estorba. Y cuando una civilización decide qué muertos importan y cuáles no, esa civilización ya ha empezado a morir.

Yo lo escribo. Que conste.

Luego que no digan que no lo sabían.

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