Escucha el audio de esta noticia:
Por Guillermo Molina | 🕘 5 minutos de lectura
Me fascina conducir por el noroeste de Madrid. No por el paisaje —que también—, ni por la comodidad —que a ratos—, sino por el espectáculo humano que uno se encuentra al volante. Porque si algo tenemos en sitios como Pozuelo de Alarcón es parque móvil de alta gama… y modales de saldo.
Hay que ver los cochazos que se ven. Audi, BMW, Mercedes, Porsche… un catálogo completo digno de concesionario premium. Y hay que ver lo mal que conducimos. Que eso sí que no viene de serie.
Si usted observa bien —y yo le invito a hacerlo— encontrará detalles que son ya costumbrismo local. El primero: no ceder el paso. Ni de broma. Faltaría más. ¿Qué es eso de perder dos segundos? ¡Dos segundos! Ni que nos estuviera esperando la NASA para lanzar un cohete.
Luego está el clásico adelantamiento de listillo. Ese que ve una fila de coches y piensa: “esto no va conmigo”. Se mete por donde puede, apura hasta el final, se cuela con cara de triunfador… como si el coche viniera con un diploma incorporado.
—Este es de los míos —piensa—.
Y no. Es de los de siempre.
Intermitentes, por supuesto, ni verlos. Aquí practicamos un deporte colectivo que se llama “Adivina hacia dónde voy”. Giras, frenas, cambias de carril… todo sin avisar. Emoción pura. Que el de atrás se busque la vida.
El manos libres merece capítulo aparte. Conversaciones profundas, intensas, existenciales. Tan metidos estamos en la charla que un día —y no exagero— vamos a llegar a destino y al bajarnos diremos:
—Oye… ¿y este peatón enganchado al paragolpes desde Madrid?
Y lo peor no es eso. Lo peor es la falta de educación básica. Ese gesto antiguo —casi arqueológico— de levantar la mano para dar las gracias cuando alguien te deja pasar. Desaparecido. Extinto. Si acaso, alguna rareza que uno ve y hasta agradece como si fuera una aparición mariana.
Porque ahora parece que ser educado es de débiles. O de antiguos. O de esos que no han entendido el espíritu de los tiempos.
Y yo, que soy de otra época —o eso me dicen—, no puedo evitar acordarme de mi padre. Él decía con una mezcla de pena y resignación que en su juventud, quien pisaba un juzgado era de la peor calaña.
—Y ahora —añadía—, el que no pisa un juzgado no es alguien.
Y uno, con los años, entiende que no hablaba de juzgados. Hablaba de valores. De ese cambio silencioso por el cual lo que antes era excepción ahora es norma. Y lo que antes era virtud ahora parece una rareza.
Porque esto no va de coches. Va de cómo somos.
De la prisa absurda, del ego al volante, de la falta de respeto al otro, de esa sensación de que el espacio público es una jungla donde cada uno va a lo suyo. Enumeración completa: no cedo, me cuelo, no aviso, no agradezco, no miro, no pienso.
Y luego nos extrañamos.
Yo no digo que volvamos a la boina ni al 600 —aunque algunos lo agradecerían para aprender a conducir—, pero sí que recuperemos algo tan sencillo como el sentido común. Ese que no necesita tecnología, ni ayudas a la conducción, ni sensores de última generación.
Porque usted puede llevar el coche más caro del mercado, pero si conduce como un personaje de “Los autos locos”, lo que proyecta no es éxito. Es otra cosa.
Y no es precisamente elegante.
Al final, conducir es como convivir: cuestión de respeto. Y eso, por mucho que avance la tecnología, sigue sin venir de serie.
Ni siquiera en el noroeste de Madrid.
no hay comentarios
02-05-2026 medianoche
02-05-2026 medianoche
02-05-2026 medianoche
01-05-2026 9:27 p.m.
01-05-2026 9:26 a.m.
30-04-2026 8:59 p.m.
30-04-2026 8:49 p.m.
30-04-2026 8:32 p.m.
30-04-2026 11:45 a.m.
25-04-2026 medianoche
Elecciones cada dos años (y un alcalde de calle)18-04-2026 medianoche
Entre el aplauso y la barra libre11-04-2026 medianoche
En Pozuelo sí pasan cosas05-04-2026 10:50 a.m.
Del “no nos representan” al “mírame en el plató o en el juzgado”