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Por Jorge Gómez | 🕘 5 minutos de lectura
Hay una especie humana que florece cada vez que el Real Madrid celebra elecciones. No hablo de candidatos, ni de compromisarios, ni siquiera de socios. Hablo de algo mucho más fascinante: los tutores autoproclamados del madridismo.
Aparecen como los fantasmas de Dickens cada vez que se abre una urna en Chamartín. Durante años pueden dedicar columnas enteras a denunciar el poder excesivo de Florentino Pérez, a lamentar su influencia, a cuestionar su edad, sus métodos o sus decisiones. Pero llega el momento en que el socio tiene que decidir, y entonces esos mismos observadores se transforman en pedagogos de emergencia. Ya no opinan: instruyen. Ya no analizan: adoctrinan. Ya no escriben para lectores adultos: escriben para menores de edad políticos.
El mensaje viene a ser siempre el mismo: "Nosotros sabemos lo que le conviene al Real Madrid mejor que los propios madridistas". Es una tesis extraordinaria. Sobre todo porque parte de una premisa bastante ofensiva: que el socio es fácilmente manipulable, una especie de personaje secundario de Valle-Inclán incapaz de distinguir por sí mismo entre una gestión buena y una mala. La paradoja resulta deliciosa.
Los mismos que exigen respeto para cualquier colectivo imaginable parecen considerar que el socio del Real Madrid necesita un tutor legal.
A uno le gustaría formular una pregunta sencilla: si la gestión deportiva ha sido tan nefasta como algunos sostienen, ¿cómo encajan entonces las vitrinas? Porque las Copas de Europa tienen la incómoda costumbre de existir físicamente. Ocupan espacio. Reflejan la luz. Estropean los relatos prefabricados. Las seis Copas de Europa del ciclo reciente constituyen un problema narrativo para muchos analistas. Son como ese cadáver escondido debajo de la alfombra que se empeña en asomar una pierna. Entonces aparecen teorías alternativas. Que si la edad. Que si el modelo. Que si el carácter. Que si la comunicación. Que si cualquier asunto accesorio que permita esquivar la cuestión principal.
Porque resulta difícil sostener que alguien ha destruido deportivamente una institución mientras los empleados del museo siguen necesitando ampliar las estanterías.
Lo verdaderamente interesante, sin embargo, no es Florentino Pérez. Es la reacción que provoca. Hay personajes que generan discrepancia. Otros generan admiración. Algunos generan indiferencia. Y luego están aquellos que provocan obsesión. La obsesión es una emoción muy reveladora. Como enseñó Proust, uno termina pareciéndose demasiado a aquello que contempla durante demasiado tiempo.
Hay comentaristas que llevan tantos años mirando al presidente del Real Madrid que ya parecen satélites atrapados en su órbita. Y eso termina deteriorando el juicio. Porque cuando todo se interpreta a través de una misma lente, la realidad acaba convertida en caricatura.
Por eso sospecho que el verdadero debate no está en las elecciones. Está en otra parte. Está en la capacidad de algunos para aceptar que el socio del Real Madrid puede llegar a conclusiones distintas a las que ellos desean.
El madridismo ha cometido errores históricos y volverá a cometerlos. Como cualquier comunidad humana. Pero al menos deberían permitírsele sus propios errores. Sin tutores. Sin profesores particulares. Sin columnas redactadas desde una superioridad moral de saldo.
Al final, las urnas son bastante más democráticas que las tertulias. Y bastante más inteligentes que muchos de los que pretenden explicarlas. Porque hay una diferencia esencial entre aconsejar a alguien y considerarlo incapaz de pensar.
La primera actitud es respeto.
La segunda es soberbia. Y la soberbia, como ocurre casi siempre, suele disfrazarse de virtud antes de terminar haciendo el ridículo.
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