La violencia de la izquierda

02-05-2026 medianoche

Atentado a Donald Trump

Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura

El problema de nuestro tiempo no es la violencia política. El problema es la memoria selectiva con la que se juzga esa violencia. Porque hoy, mientras medio mundo se lleva las manos a la cabeza ante otro intento de asesinato de Donald Trump —y digo otro porque, visto lo visto, no será el último—, asistimos a un espectáculo tan viejo como eficaz: la violencia se condena… dependiendo de quién la sufra y de quién la ejerza.

Y aquí es donde empieza la gran farsa contemporánea.

Se nos repite hasta la saciedad que la izquierda —esa entelequia moral elevada a categoría casi teológica— es tolerante, dialogante, inclusiva. Una especie de ONG ideológica con vocación universal. Pero basta abrir un libro de historia —o simplemente no cerrarlo demasiado pronto— para comprobar que la realidad es bastante más incómoda.

La violencia política no tiene dueño exclusivo, pero tampoco es ajena a nadie. Y sin embargo, hay violencias que se recuerdan y violencias que se archivan. Hay muertos que ocupan portadas y muertos que se quedan en notas a pie de página. Hay víctimas que merecen homenajes y víctimas que, al parecer, estorban al relato.

La historia está ahí, tozuda, incómoda y poco manejable. Desde los magnicidios de finales del XIX en España hasta el terrorismo de grupos de extrema izquierda en el siglo XX; desde episodios de violencia revolucionaria hasta atentados perpetrados en nombre de causas supuestamente redentoras. Y sin embargo, todo eso se diluye, se matiza o directamente se ignora cuando no encaja en la narrativa dominante.

Porque aquí no se trata de analizar la violencia. Se trata de administrarla moralmente.

Y así llegamos al presente. Un presidente estadounidense que sobrevive a un intento de asesinato y una reacción que, en algunos sectores, oscila entre la condena tibia y el silencio incómodo. Como si la víctima, por ser quien es, no mereciera la misma indignación que otros.

Lo nunca visto: la vida humana sometida al filtro ideológico.

Pero el problema no es solo internacional. España tiene su propio historial —complejo, doloroso y, sobre todo, incómodo— de violencia política. Magnicidios, terrorismo, episodios oscuros que marcaron épocas enteras y que contribuyeron a generar un clima de inestabilidad que todavía hoy se estudia con cautela… o se evita estudiar.

Y aquí aparece otro fenómeno preocupante: la tendencia a reescribir el pasado con brocha gorda, a simplificarlo hasta convertirlo en una caricatura útil. Se exageran unas violencias, se minimizan otras, se construyen relatos donde unos siempre son verdugos y otros siempre víctimas. Un infantilismo histórico que no resiste el más mínimo análisis serio.

Porque la realidad —qué fastidio— es mucho más compleja. La violencia política ha sido utilizada por distintos actores, en distintos contextos y con distintas justificaciones. Y todas, absolutamente todas, tienen algo en común: destruyen la convivencia, erosionan las instituciones y degradan la democracia.

Pero reconocer eso exige honestidad. Y la honestidad no cotiza bien en el mercado ideológico.

Hoy, el verdadero peligro no es solo la violencia en sí —que ya es grave—, sino la legitimación indirecta de esa violencia cuando se tolera, se justifica o se relativiza según convenga. Porque cuando una sociedad empieza a aplicar dobles raseros en algo tan esencial como la vida, el deterioro moral es inevitable.

Y ese deterioro tiene consecuencias. Se normaliza el insulto, se banaliza la amenaza, se trivializa el odio. Se pasa del adversario al enemigo, del enemigo al objetivo y del objetivo… bueno, la historia ya nos ha enseñado demasiadas veces cómo termina eso.

Conviene recordarlo ahora, antes de que el ruido lo tape todo: la violencia política no es de izquierdas ni de derechas. Es una patología del poder, una enfermedad que aparece cuando la confrontación sustituye al debate y cuando la deshumanización del adversario se convierte en norma.

Pero si además se añade la coartada ideológica, si se justifica en nombre de causas superiores, si se mira hacia otro lado dependiendo de quién apriete el gatillo, entonces la enfermedad deja de ser episódica.

Se vuelve estructural.

Y cuando una sociedad entra en esa fase, ya no estamos ante un problema de orden público.

Estamos ante un problema mucho más serio: la pérdida del sentido común y del valor de la vida.

Y eso, conviene no olvidarlo, nunca termina bien.

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