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Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura
El problema de Occidente ya no es la censura. El problema es mucho peor: la censura ha aprendido a disfrazarse de educación, de sensibilidad, de convivencia y hasta de buenos modales.
Bienvenidos a la dictadura de la terminología.
Hubo un tiempo en que las palabras servían para describir la realidad. Hoy sirven para esconderla. Antes existía el diccionario. Ahora existe el manual de estilo de lo políticamente correcto. Antes consultábamos a los académicos. Hoy parece que debemos esperar a que algún comité de expertos en susceptibilidades determine qué término es aceptable esta semana y cuál será enviado al paredón moral de las redes sociales.
La operación es brillante. No se cambia la realidad; se cambia el nombre de la realidad.
Si un individuo asesina a inocentes en nombre de Alá, ya no es un terrorista. Es un "lobo solitario". Mejor todavía si añadimos que sufría problemas de salud mental. Si un delincuente acumula detenciones como quien colecciona cromos, deja de ser un delincuente reincidente para convertirse en un "joven vulnerable". Si alguien ocupa ilegalmente una vivienda ajena, no ocupa nada; protagoniza un "conflicto habitacional". Y si cientos de energúmenos destrozan escaparates, queman vehículos y convierten una ciudad en un escenario digno de una invasión bárbara, tampoco son vándalos. Son víctimas de circunstancias socioeconómicas desfavorables.
Todo muy científico. Todo muy moderno. Todo muy aséptico.
La palabra actúa como un anestésico. Se administra una dosis suficiente y desaparecen los síntomas. Ya no hay inseguridad. Hay exclusión. Ya no hay violencia. Hay malestar social. Ya no hay terrorismo. Hay procesos de radicalización. Ya no hay delincuencia. Hay desigualdad.
Y así, mediante esta alquimia lingüística digna de los mejores prestidigitadores soviéticos, el problema deja de existir porque ha dejado de llamarse por su nombre.
George Orwell escribió una novela. Algunos decidieron convertirla en manual de instrucciones.
Porque el lenguaje no es una cuestión menor. Quien controla las palabras acaba controlando las ideas. Y quien controla las ideas termina controlando los límites de lo que una sociedad puede pensar. Primero se modifica el diccionario. Después se modifica la percepción. Finalmente se modifica la realidad política.
Es una enfermedad cultural extraordinariamente eficaz.
La técnica es siempre la misma. Se sustituye la descripción por la interpretación. Después la interpretación se convierte en obligación moral. Y finalmente cualquier discrepancia pasa a ser sospechosa.
Llegados a este punto, el ciudadano que llama terrorista al terrorista, delincuente al delincuente o vandalismo al vandalismo deja de ser una persona normal. Se convierte en un problema. En un intolerante. En un radical. En un individuo al que conviene ridiculizar públicamente para que los demás aprendan la lección.
Porque la nueva inquisición no quema libros. Quema reputaciones.
Y lo hace con una eficacia admirable. No necesita cárceles ni tribunales especiales. Le basta con el linchamiento social, con el estigma permanente, con la caricatura moral. El objetivo no es rebatir al disidente. Es convertirlo en un ejemplo para que nadie más se atreva a seguirlo.
Lo verdaderamente inquietante es que esta manipulación del lenguaje se presenta como un ejercicio de libertad cuando en realidad constituye exactamente lo contrario. Cuanto más estrecho es el vocabulario permitido, más estrecho termina siendo el pensamiento.
Y una sociedad que pierde la capacidad de nombrar las cosas acaba perdiendo también la capacidad de comprenderlas.
Por eso conviene desconfiar de quienes dedican más energía a vigilar palabras que a resolver problemas. De quienes se indignan más por una definición que por un crimen. De quienes consideran más peligrosa una opinión incómoda que una realidad incómoda.
Porque cuando una civilización empieza a temer las palabras más que los hechos, algo profundo se ha roto en su interior.
Y cuando llamar a las cosas por su nombre se convierte en un acto de rebeldía, quizá haya llegado el momento de preguntarse si no estamos avanzando, sonrientes y convencidos de nuestra superioridad moral, hacia una forma de autoritarismo mucho más sofisticada que las antiguas.
Una dictadura que no impone silencio.
Una dictadura que impone vocabulario.
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06-06-2026 10:36 a.m.
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