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Por Enrique Moreno | 🕘 7 minutos de lectura
El problema de España no es la falta de memoria. El problema es la memoria selectiva, esa enfermedad nacional que nos hace recordar con precisión quirúrgica lo que hizo el adversario y olvidar con ternura casi maternal lo que hicieron los nuestros. Una especie de amnesia ideológica con brotes estacionales. Y hablando de brotes… ahí vuelve el hombre que los hizo famosos.
Sí, él.
El arquitecto de los “brotes verdes”. El poeta económico de “España está en la Champions League de la economía”. El visionario del “la crisis es opinable”. El filósofo del desempleo metafísico cuando dijo aquello de que los parados no eran parados, sino personas apuntadas al paro. Lo nunca visto: el desempleo convertido en figura lingüística.
Mientras media España veía cómo cerraban empresas, quebraban familias, se vendían coches para pagar hipotecas y los hijos regresaban a casa de sus padres con treinta años y una carrera bajo el brazo, desde la atalaya del poder se hablaba de recuperación, optimismo y horizontes luminosos. Era como ver hundirse el barco mientras la orquesta interpretaba una versión optimista de La Internacional.
Luego perdió las elecciones y desapareció. Silencio. Niebla. Retirada estratégica. Y cuando muchos pensaban que había pasado definitivamente al museo de cera de la política española, regresó transformado. Ya no era el gestor económico. Ahora era el hombre de paz, el mediador internacional, el diplomático de geometrías imposibles, el visitante frecuente de Caracas y el susurrador de autócratas.
Y ahora aparece otra vez en el centro del escenario. Esta vez no por una tertulia ni por una conferencia. Aparece porque su nombre vuelve a mezclarse con investigaciones, procedimientos y titulares. Conviene decirlo con claridad: investigar no es condenar. La presunción de inocencia existe y debe respetarse. Siempre. Para unos y para otros.
Pero también existe la memoria política.
Y ahí es donde el asunto adquiere otro color.
Porque, como recordó recientemente Cayetana Álvarez de Toledo, el legado político del personaje no se limita a unas frases desafortunadas sobre economía. Se habla de polarización, de la famosa política del muro, del retorno de la Guerra Civil al debate público, de convertir la memoria en trinchera y el pasado en arma arrojadiza. De una España dividida entre buenos y malos, entre redentores y sospechosos.
Aquello de “la tensión nos conviene” quedó flotando como una especie de diagnóstico clínico del tiempo que vino después. La política convertida en inflamación permanente. La convivencia como paciente crónico.
Pero aquí llega la segunda parte de la función: la defensa coordinada.
Porque apenas aparece el nombre del expresidente en procedimientos judiciales, surge el coro oficial explicando que todo nace de denuncias ultras, conspiraciones, organizaciones incómodas y fantasmas familiares del argumentario político español. El viejo truco: si no puedes desacreditar el hecho, desacredita al mensajero.
Sin embargo —y aquí empieza el problema para la narrativa— se ha señalado públicamente que la secuencia temporal sería otra: que determinadas investigaciones habrían comenzado a partir de solicitudes de cooperación internacional vinculadas a pesquisas desarrolladas fuera de España, y no exclusivamente por iniciativas de actores políticos internos. Si eso es así o no, corresponderá aclararlo donde corresponde: en los tribunales.
No en ruedas de prensa.
No en platós.
No en ministerios.
Porque el asunto de fondo ya no es una persona. Es otra cosa.
Es el reflejo de una costumbre peligrosa: presentar cualquier investigación incómoda como persecución política y cualquier crítica como conspiración. Y así llevamos años. La justicia cuando favorece es impecable; cuando incomoda, está contaminada. El juez amigo es garantista; el incómodo, sospechoso.
Todo muy saludable para una democracia. Válganos todo el Olimpo constitucional.
Mientras tanto, el ciudadano observa la escena con una mezcla de cansancio y perplejidad. Aquel hombre que hablaba de brotes verdes regresa convertido en figura central de un nuevo episodio político-judicial. El mentor del presidente vuelve desde el pasado justo cuando el presente atraviesa su propia fiebre.
Y uno no puede evitar hacerse una pregunta incómoda:
¿Era realmente el talante una filosofía política… o simplemente una máscara amable sobre una forma mucho más áspera de entender el poder?
La historia —esa señora lenta, implacable y poco sentimental— terminará respondiendo.
Pero conviene no olvidar algo.
Las crisis económicas pasan.
Las crisis institucionales tardan más.
Y las crisis de memoria… esas son las verdaderamente peligrosas.
Porque permiten que los fantasmas regresen vestidos de novedad.
Y España, en eso, tiene demasiada experiencia.
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