Carne de cañón para nuestros ejércitos

09-05-2026 medianoche

Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura


El problema de nuestra época no es la falta de oportunidades. El problema es la mentira sistemática con la que nos las han contado. Y en ese engaño colectivo, pocas industrias han hecho tanto daño como esa fábrica de sueños con sede en la costa oeste de Estados Unidos, donde la vida real se reescribe con final feliz y banda sonora de violines.

Porque todos hemos visto esa película —o, peor aún, nos han arrastrado a verla—: el muchacho de pueblo, heredero de una sabiduría silenciosa acumulada durante generaciones, decide que aquello no es suficiente. Que la tierra, el negocio familiar, el arraigo, el apellido, son poco. Y se marcha a la Gran Ciudad, a la Nueva Babilonia de los rascacielos, donde le espera —según el guion— el éxito, el reconocimiento y, por supuesto, la chica.

Y entonces empieza la ficción.

El muchacho malvive en un cuartucho indigno, trabaja para un jefe miserable, soporta humillaciones, horarios inhumanos, sueldos ridículos y una vida que, si la quitamos el filtro cinematográfico, sería descrita por cualquier sociólogo como precariedad estructural con pretensiones aspiracionales. Pero no importa. Porque en el último acto —¡oh, milagro!— el sistema se redime: el trepa cae, el honrado asciende, la justicia poética se impone y el protagonista termina en un despacho con vistas, un sueldo obsceno y una casa que ni él mismo habría sabido describir al principio.

Lo nunca visto: el capitalismo convertido en cuento de hadas moralizante.

Pero la realidad —esa vieja enemiga del guion— funciona de otra manera.

Mientras el chico soñador se juega la vida en la ciudad, su padre cierra el negocio familiar. Doscientos años de historia, de clientela, de oficio, de conocimiento transmitido sin manuales ni másteres, desaparecen sin ruido. No hay música. No hay créditos. Solo una persiana que baja.

Mientras tanto, aquel “fracasado” del instituto —el que no encajaba en la narrativa del éxito urbano— se queda en el pueblo, compra lo que otros abandonan, amplía, invierte, arriesga y, con el tiempo, se convierte en lo que la película jamás mostraría: un próspero empresario local, respetado, arraigado y, lo más importante, libre.

Y en la ciudad, el protagonista sigue donde estaba. Quizá con un piso algo más grande —gracias a sumar dos sueldos, no por mérito del sistema—, quizá con un cargo un poco mejor, pero siempre dentro de la misma lógica: trabajar para otro, obedecer a otro, depender de otro. Y ver pasar jefes cada vez más pulidos en las formas… y más implacables en el fondo.

Porque esa es otra de las grandes mentiras: no asciende el más honesto, ni el más capaz, ni el más leal. Asciende el que mejor se adapta al sistema, el que mejor navega sus miserias, el que entiende que en determinadas estructuras la empatía es un estorbo y la ambición un requisito.

Y entonces llega el momento revelador.

Los fines de semana, los puentes, las escapadas —cuando el calendario y la cuenta corriente lo permiten—, ese mismo protagonista vuelve al pueblo. Y allí, en ese lugar que abandonó buscando algo mejor, respira. Mira alrededor. Escucha el silencio. Y piensa —sin guion, sin cámaras, sin aplausos—: “Qué tranquilidad. Qué bien se está aquí”.

Ahí se rompe la película.

Porque la verdad es incómoda: nos vendieron el desarraigo como progreso y la dependencia como éxito. Nos convencieron de que marcharse era avanzar, de que quedarse era fracasar, de que lo urbano era superior a lo rural, de que lo global era más valioso que lo propio.

Y en ese proceso, muchos abandonaron no solo un lugar, sino una forma de vida. Una identidad. Una libertad que no se mide en metros cuadrados ni en nóminas.

No se trata de idealizar el campo ni de demonizar la ciudad. Se trata de entender que no todo progreso es mejora ni todo cambio es avance. Que hay decisiones que no se miden en términos económicos, sino existenciales. Que hay vidas que no caben en un Excel ni en un guion de Hollywood.

Y, sobre todo, se trata de reconocer que el éxito —ese concepto tan manoseado— no siempre está donde nos dijeron que estaría.

Quizá por eso, cada vez que volvemos al pueblo, sentimos algo que la ciudad no puede ofrecernos.

No es nostalgia.

Es memoria.

Y, tal vez, una forma silenciosa de verdad.

COMENTARIOS

no hay comentarios

Añadir un comentario

Deja tu comentario aquí:
Pozueloin: Usted, ¿de qué se queja?

EXPRESA LIBREMENTE TUS OPINIONES EN EL BUZÓN

Últimos comentarios

Decepción en el debate de FEDMA , lo mismo de siempre no sabe inteactuar ni mucho menos realizar alegatos e …
Pozuelo de Alarcón PP y Vox acuerdan revisar las Oficinas …
Todo se hubiese solucionado poniendo en la rotonda de Mapfre un cartel de acceso a M40 cortado, pero no, había …
Pozuelo de Alarcón Caos en la Universidad Francisco de Vitoria: …
Yo sufrí 90 min de atasco y no entiendo que no hubiera ninguna información para los que íbamos de Majadahonda …
Pozuelo de Alarcón Caos en la Universidad Francisco de Vitoria: …
Esta lo único que revisa es su sueldo y un enchufe en Vox Madrid no en Pozuelo
Pozuelo de Alarcón PP y Vox acuerdan revisar las Oficinas …
Es que siempre tienen que hacerlo en la Avda de Europa ? Los demás vecinos también tenemos torneos de otros …
Pozuelo de Alarcón Pozuelo anuncia cortes de tráfico este domingo …
En estas jornadas y poco a poco Vox Madrdi se está dando cuenta quien es Ainhoa Garcia Florez Una persona …
Pozuelo de Alarcón PP y Vox acuerdan revisar las Oficinas …
A quien se le ha ocurrido convocar una jornada en el deporte escolar el 9 de enero 2027 cuando no …
Pozuelo de Alarcón Pozuelo reúne a más de 4.500 deportistas …
Por favor necesitamos a una concejala tipo Isabel Pérez .Moñino , joven capacitada estudiosa e ilustrada.
Pozuelo de Alarcón PP y Vox acuerdan revisar las Oficinas …
Ahora que hay elecciones se ha planteado Vox Madrid en incluir a gente preparada y joven para que Pozuelo sea …
Pozuelo de Alarcón PP y Vox acuerdan revisar las Oficinas …

Noticias relacionadas

 1

 2

06-06-2026 medianoche

La dictadura de las palabras

 4

 5

02-05-2026 medianoche

La violencia de la izquierda