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Por José Antonio Fernández | 🕘 6 minutos de lectura
Lo digo yo. Yo, que llevo años escuchando a las feministas profesionales hablar del patriarcado con la misma insistencia con la que un vendedor de crecepelo anuncia el milagro definitivo. Yo, que ya he perdido la cuenta de las veces que me han explicado que vivimos en una sociedad diseñada por hombres, para hombres y contra las mujeres. Y precisamente por eso hay una pregunta que nunca he conseguido responderme: ¿por qué las feministas organizadas odian tanto a las mujeres que triunfan sin pedirles permiso?
Es una cuestión fascinante.
Si yo fuera mujer, feminista convencida y creyera de verdad que vivo sometido por una estructura opresiva diseñada por una conspiración universal de machos ibéricos, tendría tres retratos colgados en el salón. El de Isabel la Católica. El de Agustina de Aragón. Y el de Isabel Díaz Ayuso.
Las tres hicieron algo que, según la teoría feminista oficial, era poco menos que imposible.
Mandar.
Mandar de verdad.
Mandar sobre hombres.
Mandar mejor que muchos hombres.
Mandar en épocas donde la dificultad era infinitamente superior a la actual.
Sin embargo, uno escucha los discursos oficiales del feminismo contemporáneo y parece que estas mujeres jamás existieron. Es más, en algunos ambientes progresistas mencionar a Isabel la Católica produce más alergia que una granja de polen.
Curioso.
Porque cuando una mujer alcanza el poder defendiendo las ideas correctas es una referente. Cuando alcanza el poder defendiendo ideas equivocadas, es decir, distintas a las de la izquierda, se convierte automáticamente en una loca, una fanática, una desequilibrada o una traidora a su género.
El feminismo moderno tiene una extraña forma de admirar a las mujeres: sólo admira a las que piensan exactamente igual que él.
Lo demás no es feminismo. Es sectarismo con perspectiva de género.
Y llegamos a Isabel Díaz Ayuso.
Este martes se cumplieron siete años desde que aquella diputada a la que muchos consideraban un accidente político llegó a la presidencia de la Comunidad de Madrid.
Siete años.
Varias legislaturas después sigue ahí.
Mientras tanto, han pasado por delante de ella ministros, candidatos, estrategas, expertos, asesores, tertulianos, politólogos, activistas y fabricantes de relatos. Todos anunciaron su caída. Todos certificaron su final. Todos pronosticaron el desastre.
Y ella sigue gobernando.
Qué fastidio para los expertos.
Madrid aporta cerca del veinte por ciento del PIB nacional. Lidera la creación de empleo. Ha bajado impuestos en decenas de ocasiones. Ha construido miles de viviendas protegidas. Ha atraído inversiones, eventos deportivos internacionales y empresas.
Naturalmente, esto no significa que todo se haya hecho bien. Ningún gobernante lo hace.
Pero sí significa algo mucho más importante: que una mujer ha logrado mantenerse durante siete años al frente de la región más importante de España soportando una campaña de demolición política, mediática y personal que habría triturado a muchos dirigentes varones.
Y aquí aparece el misterio.
¿Dónde están las feministas celebrándolo?
¿Dónde están los artículos sobre el liderazgo femenino?
¿Dónde están los homenajes a una mujer que ha derrotado sucesivamente a varios candidatos masculinos enviados para acabar con ella?
No están.
Porque el problema nunca fue que fuera mujer.
El problema es que no piensa como ellas.
Entonces comienza la caricatura.
La llaman loca.
La llaman extremista.
La llaman desequilibrada.
La llaman de todo.
Es curioso cómo algunas personas que aseguran combatir los estereotipos machistas recurren inmediatamente al viejo catálogo de insultos cuando una mujer independiente no se comporta como esperan.
La mujer fuerte es maravillosa.
Siempre que vote correctamente.
La mujer empoderada es admirable.
Siempre que repita el catecismo adecuado.
La mujer libre es un ejemplo.
Siempre que coincida con los comisarios ideológicos de turno.
Qué concepto tan peculiar de la libertad.
He escrito anteriormente sobre políticos profesionales, sobre subvencionados perpetuos y sobre la incapacidad de ciertas ideologías para convivir con la realidad cuando ésta les contradice. El caso de Ayuso es uno de los mejores ejemplos.
Porque cada éxito suyo constituye una herejía para quienes llevan años explicando que sus ideas son imposibles.
Y las herejías nunca se perdonan.
Yo no soy mujer.
Tampoco soy feminista.
Pero si realmente creyera que las mujeres viven sometidas por una estructura patriarcal todopoderosa, Isabel Díaz Ayuso sería una de mis principales pruebas en contra de esa teoría.
Porque una mujer que llega al poder, derrota a sus rivales, gobierna durante años y se convierte en una de las figuras políticas más influyentes del país parece un ejemplo bastante incómodo para quienes viven de explicar exactamente lo contrario.
Y por eso no la soportan.
No porque sea mujer.
Sino porque demuestra que el relato hace aguas.
Y pocas cosas enfurecen más a un fanático que una mujer libre pensando por su cuenta.
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