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Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura
El problema de España no es que haya tertulias. El problema es que hemos convertido la tertulia en categoría intelectual, en tribunal supremo del sentido común, en oráculo donde opinan de todo quienes no han tenido que decidir nada.
Y esta semana ha sido un espectáculo digno de estudio clínico.
Basta darse un paseo por cualquier programa deportivo o político —esa mezcla de barra de bar televisada y teatro de marionetas con micrófono— para asistir al linchamiento dialéctico de Florentino Pérez. ¿El motivo? Haber dado una rueda de prensa en la que anunció elecciones y ya de paso, con mayor o menor acierto, expone su visión sobre el fútbol, el negocio, el poder y el futuro del espectáculo.
Hasta ahí, normal. Opinión frente a opinión. Debate frente a argumento. Pero no. Aquí no se debate. Aquí se aplica el método nacional por excelencia: si no te gusta lo que dice alguien, no rebatas sus ideas… rebaja a la persona.
Y entonces empieza el festival.
Que si “está mayor”, que si “tiene miedo”, que si “defiende su sillón”, que si “desvía la atención”. Un repertorio de diagnósticos psicológicos exprés digno de consulta clandestina, elaborado por analistas que no han dirigido ni una comunidad de vecinos, pero que se sienten capacitados para desentrañar la mente de uno de los empresarios más influyentes del mundo. ACS, su empresa, aparece en el puesto 9 en el ranking global por ingresos totales. No es poca cosa esa.
Lo nunca visto: el éxito explicado por quienes nunca han tenido que enfrentarse al fracaso real.
Porque aquí no se discute el contenido —que sería lo interesante—, sino que se caricaturiza al emisor. Reductio ad absurdum, simplificación grotesca, burla fácil y aplauso de plató. Todo muy español. Muy nuestro. Muy de esa tradición que premia la ocurrencia y castiga la profundidad.
Y mientras tanto, el objeto de la crítica sigue donde estaba: gestionando, decidiendo, construyendo estructuras que mueven miles de millones, tomando decisiones que afectan a instituciones globales. Con aciertos y errores, sin duda. Pero en otro nivel. En otra liga.
Porque hay una diferencia fundamental que en este país cuesta aceptar: no todos los discursos pesan lo mismo. No todas las opiniones tienen la misma experiencia detrás, ni la misma responsabilidad, ni las mismas consecuencias.
Pero claro, eso es incómodo. Mucho más fácil es reírse.
Y aquí es donde la cosa deja de ser deportiva y se vuelve política. Porque el patrón es idéntico. Cuando alguien molesta, cuando alguien cuestiona, cuando alguien rompe el relato, no se entra al fondo. Se desacredita. Se ridiculiza. Se construye un personaje caricaturesco que sea fácil de desmontar.
Es la misma lógica que vemos en otros ámbitos: en la política, en la cultura, en la economía. La sustitución del argumento por el ataque personal. La degradación del debate en espectáculo.
Y sin embargo, hay un detalle revelador.
Cuando alguien como Florentino Pérez se ve cuestionado, convoca elecciones. Se somete al juicio de los suyos. Expone su gestión. Se arriesga. Se legitima —o no— en las urnas internas de su magna institución.
Y entonces surge la comparación incómoda.
Porque hay otros que no pueden salir a la calle sin escolta, que gobiernan entre escándalos, muertos, tensiones y desconfianza creciente… y que no contemplan ni por asomo la posibilidad de someterse al veredicto inmediato de los ciudadanos.
No hace falta decir nombres.
Bueno, sí hace falta.
Pedro Sánchez.
Aquí está la diferencia esencial. Entre quien, acertado o no, se expone… y quien se protege. Entre quien acepta el riesgo… y quien lo evita. Entre quien entiende que el poder se legitima… y quien parece considerarlo una propiedad adquirida.
Así que no, el problema no es Florentino Pérez ni lo que diga en una rueda de prensa.
El problema es una sociedad que ha decidido que es más fácil reírse del que habla… que escuchar lo que dice.
Y eso, más que un síntoma deportivo, es una enfermedad cultural bastante seria.
Muy seria.
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