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Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura
El problema de la política española no es la falta de ideas. El problema es el exceso de cálculo y la ausencia de escrúpulos cuando el cálculo falla. Y en ese terreno, nuestros gobernantes se comportan como esos pescadores de hombres de los que hablaban los Evangelios… pero con redes trucadas, anzuelos con trampa y un cebo que no alimenta, sino que engaña.
Cuando las encuestas empiezan a torcerse —y se tuercen, vaya si se tuercen—, cuando los escándalos erosionan, cuando el bolsillo aprieta y la paciencia ciudadana se agota, el político moderno no rectifica. No corrige. No mejora. Inventa. Y si hace falta, cambia las reglas del tablero a mitad de partida, como ya hemos visto en otros ámbitos.
Ahora aparece la gran idea: regularizar de golpe a cientos de miles de extranjeros. No como parte de una política migratoria coherente, exigente y ordenada —eso sería pedir demasiado—, sino como movimiento táctico en la partida electoral. Un cálculo frío: si pierdo votos por desgaste interno, los busco fuera. Matemática política de brocha gorda.
La lógica es transparente, casi infantil: si consigo ampliar el censo potencial, si incorporo nuevos votantes agradecidos —o eso creen—, puedo compensar el desgaste provocado por la corrupción, el empobrecimiento progresivo de las familias, la inseguridad creciente y ese runrún social que ya no se tapa con discursos ni con eslóganes.
El objetivo no es gobernar mejor. Es seguir gobernando.
Pero como toda jugada desesperada, esta también tiene sus grietas. La primera es de una obviedad casi insultante: nadie garantiza que ese nuevo electorado vote a quien lo ha regularizado. La historia política está llena de colectivos supuestamente “cautivos” que, llegado el momento, votan según su propio criterio… o simplemente no votan. El agradecimiento no cotiza en las urnas.
La segunda es más profunda y más incómoda. Incorporar de golpe a un volumen masivo de población sin una estrategia clara de integración, sin planificación de recursos, sin adaptación institucional, no es solidaridad. Es improvisación a gran escala. Y la improvisación, cuando afecta a la convivencia, se paga.
Se paga en servicios públicos más tensionados, en sistemas sanitarios más saturados, en educación más exigida, en vivienda más inaccesible. Se paga en competencia por recursos escasos, en fricción social, en barrios que cambian demasiado rápido sin que nadie explique cómo ni por qué.
Y sí, también se paga en seguridad. Porque en cualquier colectivo amplio —como en cualquier sociedad— hay de todo. Negarlo no es progresista; es ingenuo. Y la ingenuidad, cuando se convierte en política pública, deja de ser una virtud para convertirse en un problema.
Pero lo más grave no es eso. Lo más grave es el mensaje de fondo: el ciudadano deja de ser sujeto político para convertirse en variable de cálculo electoral. Da igual si es nacional o extranjero. Lo importante es que sume. Que cuadre. Que encaje en la ecuación a un año de las elecciones.
Así se construyen los gobiernos de supervivencia: no sobre proyectos, no sobre principios, no sobre políticas de largo recorrido, sino sobre sumas aritméticas que permitan aguantar cuatro años más. Y mientras tanto, el país real —ese que paga, trabaja y observa— queda relegado a un segundo plano.
Nos dirán que es solidaridad. Nos hablarán de derechos, de inclusión, de humanidad. Y todo eso está muy bien, siempre que vaya acompañado de orden, responsabilidad y sentido de Estado. Pero cuando aparece justo en el momento en que las encuestas aprietan, conviene levantar la ceja.
Porque en política, como en la vida, la intención lo es todo. Y aquí la intención parece menos humanitaria que electoral.
Conviene decirlo sin rodeos: no se puede jugar con la demografía como quien mueve fichas en un tablero, ni convertir la política migratoria en una herramienta de supervivencia personal.
Porque cuando un gobernante empieza a ver a las personas como votos potenciales en lugar de ciudadanos, el problema ya no es la política.
El problema es la degradación de la propia democracia.
Y ese sí que es un terreno peligroso.
Muy peligroso.
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