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11-04-2026 medianoche

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Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura

El problema de España no es que paguemos impuestos. El problema es que ya no sabemos cuándo dejamos de pagarlos. Porque uno empieza el mes creyendo que cobra un sueldo… y lo termina descubriendo que trabaja a medias para sí mismo y a medias para una maquinaria recaudatoria que no descansa, no duerme y, desde luego, no agradece.

Vamos a jugar —como se ha propuesto— a un Monopoli madrileño, pero sin dados trucados ni banca amiga. Un matrimonio medio, dos sueldos de 2.530 euros brutos al mes. Nada de élites, nada de millonarios de tertulia. Gente normal. Clase media de manual. Esos que sostienen el sistema mientras el sistema les explica que viven por encima de sus posibilidades.

De esos 2.530 euros, cada uno recibe en su cuenta unos 1.950. Ya empezamos con la primera amputación fiscal, ese pequeño mordisco que se llama IRPF y cotizaciones y que se lleva unos 580 euros por cabeza. Primer acto del drama: de 5.060 euros teóricos pasamos a 3.900 reales. El Estado ya ha cobrado 1.160 antes de que el ciudadano haya encendido la luz de su casa.

Pero la función no ha hecho más que empezar.

Luz y gas: 200 euros. De ahí, unos 60 vuelven al Estado en forma de impuestos. Telecomunicaciones: otros 200 euros, con 42 de IVA. Es decir, pagas por hablar… y también por pagar por hablar. Lo nunca visto: impuestos sobre la comunicación, como si pensar ya fuera un lujo gravable.

La vivienda —ese derecho constitucional convertido en deporte de alto riesgo— se lleva 1.560 euros de hipoteca. Pero no nos engañemos: incluso ahí el Estado ya pasó por caja en su día con más de 37.000 euros en impuestos que, prorrateados, siguen sangrando 103 euros mensuales. Porque aquí no se compra una casa: se entra en una relación fiscal a largo plazo.

Seguimos.

La compra: 500 euros. 50 de IVA. Comer también tributa, por si alguien pensaba que alimentarse era un acto libre. Carburante: 400 euros, de los cuales 240 son impuestos. Aquí ya entramos en terreno de ciencia ficción fiscal: el Estado gana más que el que conduce. Uno llena el depósito y otro llena la caja.

Y llega el ocio, ese espacio donde el ciudadano cree —ingenuo— que es libre. Cena: 250 euros, 25 de IVA. Copas: 200 euros, 42 de IVA. Imprevistos: 300 euros, 63 de IVA. Es decir, incluso el error, la urgencia o la desgracia llevan su correspondiente peaje.

Resultado final: de los 5.060 euros iniciales, el Estado ha recaudado 1.785 euros. Sin hacer ruido. Sin manifestarse. Sin pancarta. Sin dar la tabarra. Simplemente, cobrando. Como quien respira.

Y aquí es donde aparece la gran mentira contemporánea: que pagamos impuestos para sostener servicios públicos. Bien. Perfecto. Nadie discute la necesidad de un Estado funcional. El problema no es ese. El problema es la hipertrofia, la inflamación, el crecimiento descontrolado de un aparato que cada vez necesita más y ofrece, en muchos casos, lo mismo o menos.

Porque mientras el ciudadano hace equilibrios con su salario, el Estado no ajusta, no recorta, no se aprieta el cinturón. Al contrario: amplía estructuras, multiplica organismos, financia causas, subvenciona relatos y mantiene una red clientelar que vive precisamente de que este sistema no se cuestione.

Y aquí enlazamos con todo lo demás —con el control del lenguaje, con la censura disfrazada de protección, con el adoctrinamiento cultural, con las batallas ideológicas de salón— porque todo eso necesita financiación. Y esa financiación sale de aquí. De esta parejita anónima que juega al Monopoli sin saber que la banca siempre gana y además pone las normas.

Nos dicen que somos libres. Que vivimos en una economía de mercado. Que el esfuerzo tiene recompensa. Pero cada vez se parece más a otra cosa: a un sistema donde el individuo produce, consume y tributa… mientras el poder —político y económico— se reparte el tablero.

Conviene decirlo alto, antes de que también esto se considere discurso incómodo:

no es que paguemos muchos impuestos. Es que ya no sabemos si trabajamos para vivir… o vivimos para pagar.

Y cuando una sociedad empieza a hacerse esa pregunta, es que algo muy serio —y muy profundo— está empezando a fallar.

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