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Por Guillermo Molina | 🕘 6 minutos de lectura
Queda apenas un año para las elecciones municipales y en Pozuelo vuelve a sonar la música. No la de las fiestas patronales, ni la de los conciertos del MIRA, ni siquiera la de las verbenas que sobreviven heroicamente entre urbanizaciones, colegios y centros comerciales. Hablo de otra música mucho más conocida en los despachos de la política: la del juego de las sillas.
Cuando la melodía se detiene, alguien se queda sin asiento.
Y en Pozuelo, que es una villa peculiar hasta para sus guerras, la batalla nunca ha sido exactamente entre izquierdas y derechas. España lleva años instalada en esa especie de guerra civil emocional entre rojos y azules, una confrontación permanente retransmitida por tertulianos, amplificada por las redes sociales y condimentada por encuestas. Pero aquí no. Aquí siempre hemos sido más sofisticados para nuestras peleas. Más selectos. Más de casa.
Aquí la guerra ha sido tradicionalmente azul contra azul.
Una familia política contra otra. Un grupo contra otro. Un despacho contra otro. Una fotografía contra otra fotografía.
Porque quien conozca mínimamente la historia política de Pozuelo sabe que los alcaldes no suelen tener como principal problema a la oposición. Bastante tienen los grupos de la oposición con sobrevivir a sus propias circunstancias. La verdadera batalla suele librarse dentro del mismo espacio político.
Los verdes de VOX parecían llamados a romper esa tradición. Sobre el papel tenían terreno fértil. Una parte importante del electorado pozuelero podía sentirse cómoda en ese proyecto. Pero una cosa es tener mercado y otra tener comerciantes.
Y el espectáculo, hay que reconocerlo, ha sido memorable.
Consiguieron cuatro concejales y tardaron menos en implosionar que un castillo de fuegos artificiales en las fiestas de Nuestra Señora de la Consolación. Hoy queda una concejal bajo las siglas originales y los demás continúan ocupando sus actas como independientes, agarrados al sillón con la misma determinación con la que una lapa se aferra a una roca gallega cuando sube la marea.
Mientras tanto, en el Partido Popular observan la escena.
Y sonríen.
Porque pocas cosas unen tanto a un partido político como contemplar las desgracias organizativas del vecino.
Pero los verdes ya no son noticia. Han dejado de ser protagonistas. Como esos actores secundarios que desaparecen a mitad de la serie y nadie vuelve a preguntar por ellos.
Ahora comienza lo verdaderamente interesante.
La guerra azul.
La auténtica.
La que se libra cuando se acercan unas elecciones y algunos descubren repentinamente que poseen una vocación irrefrenable de servicio público que coincide, casualmente, con la renovación de candidaturas.
Porque conviene recordar algo. En muchos municipios importantes de Madrid, la alcaldía no se gana solamente en las urnas. Antes hay que superar una fase previa.
Hay que sobrevivir a Génova.
Y antes de sobrevivir a Génova hay que llamar la atención de quien realmente posee capacidad para inclinar la balanza en el PP madrileño: Isabel Díaz Ayuso.
Ahí comienza el casting.
Y es entonces cuando uno observa fenómenos curiosísimos.
De repente aparecen entrevistas, reportajes, vídeos, reels, fotografías, declaraciones, mensajes en redes, micrófonos, cámaras, drones... no sé cuantos nuevos empleados en difusión, una empresa realizadora de Las Rozas, dicen,...
Y uno tiene la sensación de que el Ayuntamiento deja de parecerse a una administración pública para invertir en una productora audiovisual. En definitiva, el dinero público destinado al autobombo.
La política moderna tiene algo de gira musical.
El candidato presenta su nuevo álbum.
El álbum se llama gestión.
Y cada inauguración se convierte en un sencillo promocional.
Lo verdaderamente fascinante es que ya no basta con hacer una obra. Ahora hay que grabar la obra. Editar la obra. Publicar la obra. Difundir la obra. Repetir la obra en formato vertical. Subir la obra a Instagram. Compartir la obra en X. Convertir la obra en un vídeo emocional con música inspiradora de fondo.
Antes los políticos inauguraban un puente.
Ahora producen una miniserie documental sobre el puente.
Y después otra explicando cómo se grabó la primera.
Y una tercera agradeciendo la repercusión de las dos anteriores.
Naturalmente, el destinatario de toda esta actividad no suele ser el vecino.
El vecino es un daño colateral.
El destinatario real está en Madrid.
Está en los despachos.
Está en quienes elaboran las listas.
Está en quienes deciden quién sigue sentado cuando vuelva a sonar la música.
Recuerdo que la anterior alcaldesa, Susana Pérez Quislant, también entendió perfectamente esta lógica. Se dejó ver en medios nacionales, concedió entrevistas y buscó presencia fuera del ámbito local a costa de la publicidad institucional. Pero cometió un error clásico de quien confunde visibilidad con simpatía: olvidó que antes de sentarse ante un micrófono conviene saber quién sostiene el micrófono.
Y la política, como los toros, castiga mucho las imprudencias.
Ahora los métodos parecen más refinados. Más modernos. Más digitales.
Pero el objetivo sigue siendo el mismo.
Llamar la atención del jefe.
Y ahí es donde a mí me entra cierta melancolía.
Porque uno pertenece a una generación que todavía creía que los logros servían para demostrar la valía de un político.
Ahora parece que los logros sirven principalmente para generar contenido.
Y no es exactamente lo mismo.
La diferencia entre ambas cosas es la misma que existe entre gobernar una ciudad y administrar una cuenta de Instagram.
Entre un alcalde y un influencer.
Entre la gestión y el marketing.
Quizá estoy equivocado. Quizá son los tiempos que corren. Quizá esto sea inevitable.
Pero sentado aquí, en mi barrera particular, observando cómo empieza la precampaña silenciosa, cómo se afilan las sonrisas, cómo se preparan las entrevistas y cómo se multiplican las publicaciones institucionales, no puedo evitar pensar que algo hemos perdido por el camino.
Porque los focos pueden fabricar notoriedad.
Las redes pueden fabricar personajes.
Los asesores pueden fabricar relatos.
Pero hay una cosa que sigue siendo imposible fabricar.
Los resultados.
Y cuando los resultados son verdaderamente buenos, tienen una virtud extraordinaria: hablan solos.
Y quien necesita demasiados altavoces para explicar sus méritos quizá está intentando compensar la ausencia de ellos.
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