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Por Enrique Moreno | 🕘 6 minutos de lectura
El problema de España no es que sea diversa. El problema es que solo recuerda que lo es cuando se trata de dividirse, de discutir, de levantar trincheras identitarias y de darse garrotazos dialécticos por cualquier menudencia. Y, sin embargo, dos veces al año —dos milagros civiles en un país poco dado a los milagros— España se pone de acuerdo sin necesidad de votación, sin decreto ley y sin comisión parlamentaria: en Navidad y en Semana Santa.
La Semana Santa es, probablemente, la última gran liturgia compartida que le queda a este país descreído, ruidoso y a veces extraviado. Y lo es precisamente porque no pretende gustar a todos, sino conmover a quien la entiende. No hay uniformidad, ni falta que hace. En Sevilla el silencio pesa como una losa de siglos, en Zamora la sobriedad es casi monástica, en Málaga la emoción se desborda entre tronos que parecen barcos humanos, en Castilla el recogimiento corta el aire y en el Levante la tradición se mezcla con el sol y la calle. Distintas formas, distintos acentos, distintas cadencias. Pero un mismo pulso.
Porque lo que se celebra —aunque a algunos les dé urticaria reconocerlo— no es un espectáculo turístico ni una coreografía folclórica. Es el drama central de una civilización: la pasión y muerte de un Dios hecho hombre y la celebración de su victoria sobre la muerte. Es decir, la tragedia y la esperanza, el dolor y la redención, la caída y la resurrección. Nada menos.
Y ahí está la clave. Mientras durante el resto del año nos entretenemos en discutir sobre lo accesorio —lenguaje, símbolos, agravios, etiquetas, identidades de quita y pon— llega la Semana Santa y nos recuerda, con una contundencia casi incómoda, que hay cosas más profundas que nuestras pequeñas batallas contemporáneas.
Durante unos días, el español que todo lo cuestiona deja de cuestionar. El que se indigna por todo, se emociona. El que presume de moderno, guarda silencio. El que no pisa una iglesia en todo el año se detiene ante un paso, ante una imagen, ante un Cristo o una Virgen, y algo —aunque no sepa nombrarlo— le toca por dentro. Llámelo fe, tradición, memoria o cultura. Da igual. Funciona.
Es curioso —y revelador— que en un país donde no somos capaces de ponernos de acuerdo ni en la hora a la que empieza una reunión, sí coincidamos en algo tan esencial como esto: detenernos, mirar, sentir y, en muchos casos, llorar. Porque la Semana Santa también es eso: una pedagogía del sentimiento, una forma de recordar que el dolor no es obsceno cuando es compartido, que la muerte no es el final cuando hay esperanza, que el sacrificio tiene sentido cuando hay redención.
Y todo esto ocurre sin ministerios, sin campañas institucionales, sin subvenciones que expliquen lo que hay que sentir. Ocurre porque está enraizado, porque forma parte de ese sustrato cultural que algunos llevan años intentando diluir sin éxito. Lo han intentado con leyes, con discursos, con pedagogías impostadas. Pero llega la Semana Santa y todo ese andamiaje ideológico se queda en segundo plano.
España, durante unos días, deja de ser un debate y vuelve a ser una comunidad emocional. No desaparecen las diferencias, pero se suspenden. No se resuelven los conflictos, pero se relativizan. No se alcanza la unanimidad, pero se roza algo más importante: la conciencia de lo compartido.
Quizá por eso incomoda a algunos. Porque no se puede controlar, ni reescribir, ni adaptar al relato del momento. Porque no depende del poder, sino de la tradición. Porque no nace en los despachos, sino en la calle. Porque no responde a consignas, sino a siglos.
La Semana Santa —como la Navidad— es ese raro instante en el que los españoles dejamos de mirarnos como adversarios y empezamos a reconocernos como parte de algo común. Y eso, en los tiempos que corren, no es poca cosa. Es casi un milagro civil.
Conviene recordarlo cuando pasen los tambores, se apaguen las velas y volvamos a nuestras pequeñas guerras diarias. Porque si solo somos capaces de coincidir dos veces al año, quizá el problema no sea la diversidad.
Quizá el problema es que hemos olvidado demasiado a menudo lo que nos une.
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