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Por May Paredes | 🕘 8 minutos de lectura
Que estamos viviendo tiempos convulsos, desastres, accidentes, movimientos sociales, que es un mundo apocalíptico, pues sí, es cierto. Pero siempre lo ha sido. Este planeta es bárbaro ,que esto es la jungla, la ley del más fuerte no es novedad.
Lo que sí lo es desgraciadamente es la forma en que lo asimilamos y la salida que le damos a lo que provoca en nosotros lo que nos acontece.
Atrás quedó aquello de que hay aficiones para todos los gustos. Los hay que coleccionan sellos, otros se dedican a la jardinería, algunos encuentran su felicidad entre fogones. Ahora la epidemia es que también están quienes han descubierto que odiar es una actividad extraordinariamente gratificante. No requiere grandes conocimientos, tampoco esfuerzo físico y, lo que es mejor, se puede practicar desde el sofá, en pijama y sin necesidad de ducharse. Basta con disponer de un teléfono móvil y una conexión a internet. El talento, como veremos, es absolutamente prescindible.
Las redes sociales han democratizado tantas cosas que también han conseguido que cualquiera pueda convertirse en un experto en desprecio. Ya no hace falta estudiar, documentarse o tener una opinión fundamentada. Para eso están los demás. Uno entra, observa cualquier publicación, fotografía, noticia o comentario y, sin más preámbulos, dicta sentencia. Si además consigue incluir un insulto ingenioso, aunque no siempre lo consiga, puede considerarse una jornada productiva si acaba en trifulca con desconocidos perdiéndose el respeto entre ofensas y amenazas.
Hay auténticos especialistas en la materia. Los que practican el odio por afición, los que lo hacen por vocación y los que parecen haberlo convertido en una profesión a jornada completa. Estos últimos son especialmente admirables por su constancia. No se pierden una. Da igual que se trate de una canción, un estreno cinematográfico, una opinión política, un vestido o una fotografía de alguien disfrutando de sus vacaciones. Pero la política se ha convertido en hobby descarnado y descerebrado que quienes no aportan nada a la sociedad y pareciese que quieren recrear una guerra civil dialéctica. Siempre encuentran algo que reprochar. Si llueve, porque llueve; si hace sol, porque hace demasiado sol. Y si alguien sonríe, seguramente será porque tiene algo que ocultar. Parece que nacimos con un escaño sin sueldo asignado.
Es una especie de competición por ver quién es capaz de escribir la barbaridad más contundente en el menor espacio posible. Una suerte de Juegos Olímpicos del mal gusto en los que la medalla de oro se concede al comentario más hiriente y el récord mundial lo ostenta quien consigue ofender a alguien que ni siquiera sabe que existe.
Lo verdaderamente fascinante es la seguridad con la que se pronuncian. Catedráticos de todo, especialistas en nada, jueces de trayectorias ajenas y examinadores de vidas que no son la suya. Gente que posiblemente no sabría organizar una cena de amigos, pero que tiene clarísimo cómo debería vivir, vestir, cantar, pensar o envejecer el resto de la humanidad. Amén de dirigir el país desde posturas absolutamente radicalizadas en ambos lados, que quien no opina no es alguien de fiar o no es comprometido, que no se permite a uno quedarse callado con sus ideas y que debe escupirlas a toda costa y ponerse su propia pegatina para que todos vean de qué va. Como estrellas de David en el abrigo, eso nos suena a todos, pero parece que con lo listos que somos no lo podemos asociar, demasiado ocupados con el móvil rajando a diestro y siniestro.
Y todo ello con una valentía extraordinaria. Porque hay que reconocer que insultar desde tu intimidad con tu móvil en tu casa o en la terraza del bar con una caña tiene su mérito, aunque sea un mérito parecido al de jugar al escondite con los ojos cerrados. La pantalla proporciona una protección estupenda para quienes confunden tener personalidad con tener mala educación y para los que buscan un protagonismo orgulloso para que les aplaudan como focas sus afines y desquiciar a sus detractores.
También está esa curiosa necesidad de participar en todo. Personas que no conocen al protagonista, no han visto la película, no han escuchado el disco y probablemente no han leído más allá del titular, pero sienten una irrefrenable obligación de aportar su granito de arena. Bueno, su granito de arena no; su camión de escombros. Que si la bola negra, que si la bola blanca.
Quizá lo más triste sea que hemos terminado confundiendo la libertad de expresión con el derecho a decir cualquier cosa sin asumir ninguna responsabilidad. Como si tener una opinión nos otorgara automáticamente la categoría de seres superiores y nos eximiera de utilizar algo tan antiguo y aparentemente pasado de moda como la educación.
Porque discrepar está muy bien. Incluso es saludable. Lo que resulta bastante menos saludable es necesitar despreciar a alguien para sentirse un poco más importante. Aunque, pensándolo bien, quizá ahí esté la explicación de tanta actividad digital: hay quien necesita rebajar a los demás porque no encuentra otra manera de subir un poquito su propia estatura.
Al final, las redes se han convertido en un inmenso escaparate donde todos queremos enseñar lo que pensamos, aunque algunos se empeñen en demostrar lo poco que piensan antes de escribirlo.
Y así seguimos, practicando el noble arte de odiar, con miles de maestros, millones de alumnos y una asignatura que, por lo visto, no necesita vacaciones ni requiere de estudio.
Lo malo es que, a este paso, vamos a terminar teniendo una sociedad de personas que no se soportan, pero que se siguen mutuamente.
Quizá si callaramos más y meditaramos bien a quienes vamos a votar para que trabajen para nosotros los próximos cuatro años, empezaríamos a ver la política de otra forma, algo tan simple como supervisar a quien nos representa con el sueldo que les pagamos y no como seres a quien odiar o idolatrar. Ω
12-12-2021 6:42 p.m.
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