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Por May Paredes | 🕘 6 minutos de lectura
De toda la vida ha existido la típica amiga/o que nada más saludarte te regalan una opinión no pedida sobre si tienes mejor o peor cara o si has engordado o la impertinencia de turno. Cosa que según el día que tengas te puede molestar o no, pero que es del todo improcedente. La gente siempre ha hablado de otros con total impunidad saltándose todas las reglas de la buena educación.
Pero quizá debido a la masiva exposición que se ejerce en redes, prensa, televisión y otros medios, este mal endémico se ha extrapolado a todo lo que uno ve.
Y es que últimamente viene siendo habitual hablar del aspecto físico de los personajes públicos tan desproporcionadamente que se ha llegado a crear un lema que de poco está sirviendo y es el famoso «del físico no se habla». Por el contrario, es ya un perverso y enfermizo deporte mundial. No es que no se hablara antes en la peluquería viendo revistas del corazón, pero era pecado venial, pero lo de ahora es una verdadera pandemia.
Siempre se ha criticado a los delgados tanto como a los gordos, y a los jóvenes tanto como a los mayores, pero ahora parece que la cuestión se ha ido absolutamente de las manos tanto de los que hablan y como de los receptores de dichas habladurías. Presas todos de este absurdo y dañino juego en el que finalmente todos acaban participando.
Bien es cierto que en España nunca se ha dejado envejecer a sus artistas. Quizá el mundo de la música es de los más crueles al respecto, no dejando hacerse mayores a sus músicos tan gentilmente como a otras profesiones públicas, se les niega el derecho a no ser los mismos que empezaron su trabajo cuando eran más jóvenes. El ejemplo contrario sería, el de The Rolling Stones quienes siempre tuvieron el beneplácito del público con elogios y aleluyas, a pesar de llevar arrastrando y maltratando su propio repertorio en innecesarias y mastodónticas giras mundiales, viendo gente ir y llenar estadios como máxima expresión del rock and roll. De ese mismo privilegio gozan otros artistas como Dylan quien se puede permitir llenar un pabellón en Madrid, ver tres días balbuceando sus propios temas de forma irreconocible. ¿Pero qué ocurre?, que a los artistas de aquí, ese mismo público los etiqueta de antiguos, gente mayor, de otra época y un sinfín de argumentos que no aplican del mismo modo a grupos o cantantes de otros países, como los que he mencionado antes, por poner un ejemplo.
La cosa es que ese baremo no se aplica igual cuando hablamos de las mujeres y el tema está empezando a azotar también a las artistas de otros países. Sí, a ellas, solo a ellas, a quienes no se les otorga la misma condescendencia que a ellos.
Volviendo así al viejo cliché de madurito interesante y vieja.
¿Es edadismo? ¿Gerontofobia selectiva?
No sé, y el tema me ha llamado la atención a raíz de las últimas apariciones de Madonna en público y su extraño aspecto y su incomprensible comportamiento.
Ella siempre me resultó admirable, sobre todo por desprender una obvia inteligencia más que envidiable. Se supo reinventar constantemente desde una sabiduría y control del show business como pocos. Cada paso era un acierto. Ahora cada paso es un descalabro, y estos hechos me hacen pensar cuánto puede primar la presión sobre el físico por encima de los logros, que la clase de estándares que se han creado hagan tambalear la razón de la mismísima reina del Pop, haciéndole caer en el juego del elixir de la eterna juventud para seguir siendo lo que siempre ha sido, una estrella de la música.
Ella no lo necesita como artista, pero parece ser que como mujer sí.
Acaba de sacar un disco magnífico, pero podría defenderlo como lo hacen nuestros músicos de aquí, acorde con el momento de la vida por el que transitan, con orgullo y convicción.
Esta tiranía ya la han denunciado muchas actrices, que siempre han alegado que no se les permitía hacerse mayores como a sus compañeros de gremio.
Ni mucho menos yo estoy en contra de los retoques estéticos, y la edad no está reñida con la coquetería, pero sí abogo por vivir el momento de la vida en el que se está. Eso no significa necesariamente dejarse canas si no te ves bien o ir a la clínica a ponerte un poquito de algo.
Pero sin ceder a las exigencias de los followers y haters de turno.
Porque el espectáculo del esperpento arruina la obra y tapa al artista, que queda a merced de la tiranía del falso espejo de quien practica el ensañamiento como forma de alimentación para mentes vacías.
Ellas valen tanto como ellos.
Quizá, si aplicáramos esta fórmula al mundo de la música y el arte escénico, los artistas nacionales no tendrían que ser denostados como antiguos y nuestras grandes divas internacionales llevarían una existencia mucho más relajada.
Creo que todos saldríamos ganando si por encima de todo se cuidara y respetara a la gente que se sube a un escenario a hacer lo que mejor sabe hacer, simplemente, su trabajo. Ω
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