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Por May Paredes | 🕘 8 minutos de lectura
Para todas las Dollys del mundo y a nuestra querida Dolly Drag.
Sin duda estos últimos días están resultando devastadores en el mundo de la cultura, y eso que hay quien dice que en verano no pasa nada, nada más lejos de la realidad, quisiéramos que fuera así y quedarnos solo con la cara amable del estío.
Y es que en estos meses han pasado una serie de acontecimientos que nos parecían únicos e irrepetibles. Nos visitó un Papa de Roma, Bad Bunny se tiró en Madrid más días que nosotros en Nuevayol, de un eclipse total de sol fuimos testigos, hubo un Mundial de fútbol y lo ganó España. Todo increíble, todo de gran impacto, pero nada más impactante que enterarte durante una amable tarde de tregua en este mar de calor en el que estamos nadando, una tarde previa a un eclipse lunar, una tarde en la que el último ángel sobre la tierra nos dejó definitivamente, de que Dolly Parton fallecía en silencio,lo hacía en Nashville, su reino, rodeada de su familia y dejando a sus millones de ahijados mudos, incrédulos, desolados y muy, muy huérfanos.
No se equivocaba Miley Cyrus cuando dijo que Dolly no solo era su madrina, sino el hada madrina de todos, y en verdad lo fue. A Dolly la quería todo el mundo, se la respetaba y se la admiraba por igual, pero se la adoraba por encima de todo.
La chica del abrigo de muchos colores, la rubia imposible de la que su país natal no consiguió convertir en un meme, la mujer que supo negociar sus derechos de autor frente al Colonel Parker, negándose a hacer un trueque de derechos de autor para que Elvis Presley cantara I Will Always Love You; sí, esa canción que todo el mundo pensaba que era un éxito pop de los noventa y que creían que solo había habitado en la poderosa voz de Whitney Houston; esa canción que no era una historia de amor, pero que ella disfrazó como tal, la misma que usó en su día para romper su relación laboral y personal con Porter Wagoner , la que todos quisieron grabar. Ella, tras aquel no al Colonel, acabó siendo otra vez número uno, por segunda vez en diferentes décadas, tras el éxito de Whitney con el Guardaespaldas, y que ella misma le entregó el Grammy a esta por su interpretación. La canción que nunca dejó de ser suya.
Ella fue inteligentísima, una fuente inagotable de creación y un hacha en los negocios. Empresaria, productora, filántropa, musa de colectivos de todas las índoles, unía al mundo sin que este se diera cuenta, desde el colectivo queer, pasando por toda la América profunda de costa a costa, con sede en Dollywood al mundo, a los europeos amantes del Country y del Bluegrass, a los neófitos. Ella, en una nueva jugada maestra, coqueteó con el pop porque quería ser de todos y el mundo género se rindió ante su talento y encanto.
Y todo lo que se proponía lo conseguía. Históricos duetos y tríos con las estrellas más grandes de cada década, y es que estuvo en activo más de sesenta años.
Mujer de un solo hombre, amó a su marido hasta que hace un año la vida se lo arrebató, y ella decidió seguir adelante con más proyectos, hasta el punto de que, a pocas semanas de su partida, canceló una residencia de varios conciertos en Las Vegas.
Ella se mantuvo en pie sobre sus tacones de 16 centímetros hasta el final.
Sabía que había descuidado ocuparse de ella misma durante la enfermedad de Carl Dean, su marido. No le dejó solo un segundo y no nos quiso mostrar su drama y su propio dolor. A pesar de que nos hizo cómplices de su vida y nos hizo conocedores de su infancia, de aquella pobreza tan absoluta en aquella cabaña de Tenessee en la que nació, doce hermanos de los cuales ella era la cuarta , los más pequeños fueron criados por ella y Dean cuando se casaron, al poco de trasladarse ella, siendo aún muy cría, a Nashville. Mujer deslumbrante, la primera exponente de lo que ahora es tan frecuente decir, ella siempre estuvo empoderada. Lo hacía con ese humor sencillo y sureño de damisela de rancho que ella dominaba a la perfección, pero que, sin que nadie se diera cuenta, te las metía dobladas cuando era menester. Y sí, nunca bajó la guardia.
Si nos fijamos bien, nunca tuvo rivales. Nadie quería mal a Dolly, desde Linda Ronstandt , Emmylou Harris, todas las grandes damas del country querían conocerla, grabar con ella, admirarla y tener a la Reina como amiga. Ella era esa amiga que todos querían tener y, pese a su estatus, su sencillez era su mayor grandeza. Nunca se sintió ni se mostró por encima de otros. Una verdadera máquina de hacer Hits, millones y amigos por igual, era desconcertantemente cercana. Dolly estaba ahí para todos: los poderosos, los desconocidos, los niños y, sobre todo, las mujeres, ejerciendo el feminismo más implacable desde la absoluta feminidad que de ella desprendía, con sus vestidos brillantes, esa cintura imposible, su pelo rubisimo, sus ojos de cielo y esa dulce sonrisa que brillaba más que mil soles.
Una mujer comprometida, apostando tanto por la ciencia, donando un millón de dólares para la investigación de la vacuna para el COVID de Moderna, como por su fundación contra el analfabetismo, en la que se recaudaban fondos para escolarizar a niños, niños como su propio padre, que no pudieron ir al colegio, algo que la concienció hondamente. Y es que, bajo esos pelucones rubios, había un cerebro incansable y entre esos pechos enormes había un corazón más grande aún.
Por eso no puedo escribir una crónica meramente musical y quiero destacar esta marcha por encima de otros miles de acontecimientos ocurridos recientemente.
Y es que, cuando el último ángel sobre la tierra se marcha, el mundo se hace más oscuro. Pero su legado artístico y humano brillará eternamente más que el mismísimo sol, mientras el mundo tararea bajito que siempre la querremos.
A Dolly Rebecca Parton. Ω
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