MAYO DE 2026  /  CRÓNICAS DE UNA RUBIA

España, claro que es diferente

11-05-2026 9:30 a.m.

🕘 6 minutos de lectura | Por May Paredes

Bajo la tormenta y el diluvio llegó mayo. Como llegan las cosas importantes en este país: sin pedir permiso y con cierto dramatismo, no vaya a ser que no nos enteremos. Y de pronto, entre paraguas doblados por el viento y charcos con vocación de lago, alguien pronuncia la palabra mágica: verano. Y ya está. Se activa el mecanismo. España, que definitivamente es diferente, entra toda ella en modo planificación festiva como si nos fuera la vida en ello, que probablemente nos va.

Porque una cosa hay que reconocer: aquí no se improvisa el disfrute, se organiza con una precisión casi quirúrgica, arquitectónica y monumental.

Empezamos con las terracitas, ese concepto tan patrio parece un derecho constitucional y en cuanto asoma un poco de buen tiempo se convierte en deporte de riesgo, seguimos con las cañas, los festivales, los conciertos, las ferias, las romerías… y ampliamos el catálogo sin complejos: desde unas ferias taurinas hasta la clásica pero difícilmente  asumible visita del Papa, si, sí, el Papa de Roma, porque aquí cualquier acontecimiento, sea divino o pagano, se integra en la agenda con naturalidad pasmosa. Todo vale si hay ocasión de salir. España no sabe de estaciones, sabe de buen tiempo, sabe que a la mínima que se pueda es buen tiempo, y lo que nos gusta la calle.

Y no, no solo el madrileño toma cañas. Lo de tomar, privar es una religión con denominación de origen nacional. España es un país que, si sabe de algo, es de divertirse, aunque a veces no sepamos muy bien cuándo parar. Somos creativos hasta para eso: cualquier excusa es válida. ¿Llueve? Pues se sale igual. ¿Hace calor? Mejor, así se suda el entusiasmo. ¿No hay nada que celebrar? Se celebra que no hay nada que celebrar, que siempre ha sido una razón de peso.

Ahí están la Feria de Abril de Sevilla y las fiestas de cada pueblo, barrio o agrupación improvisada de amigos con ganas de ruido. Se cortan calles con una alegría administrativa que ya quisiéramos para otros asuntos, se levantan escenarios, se instalan casetas, se encienden luces y se activa ese instinto colectivo que nos empuja a ocupar cualquier espacio disponible como si estuviéramos ensayando para algo más grande que nunca termina de llegar.

Y luego están las bebidas. Esas bebidas traicioneras que empiezan siendo una ayuda contra el calor y acaban convirtiéndose en una lección de humildad. Uno sale a “tomar algo” y termina protagonizando un viaje interior que no figuraba en el plan inicial. Porque aquí no se bebe: se participa. Y participar implica compromiso.

Así que volvemos a casa, los que volvemos, con esa dignidad algo deteriorada, arrastrando los restos de una noche que prometía ser tranquila. Y al día siguiente, cuando aparece esa resaca más grande que un océano, recurrimos al ritual de siempre: cervecita fría, croquetillas y esa fe ciega en que el cuerpo, milagrosamente, sabrá perdonarnos. Y lo hace. Siempre lo hace. Quizá porque sabe que no tenemos intención alguna de cambiar.

Lo verdaderamente fascinante es esa contradicción tan nuestra. Pasamos meses quejándonos del cansancio, del trabajo, del estrés, de la falta de tiempo. Soñamos con parar, con descansar, con no hacer absolutamente nada. Pero cuando por fin llega la oportunidad, la convertimos en una maratón. Queremos estar en todas partes, ver a todo el mundo, no perdernos nada. El descanso, bien entendido, nos parece una pérdida de tiempo.

No sabemos dosificar la alegría. Nos la bebemos de un trago largo, sin mirar la etiqueta ni calcular las consecuencias. Vivimos como si los doce meses del año fueran cortos, que lo son, pero también como si cada plan fuera irrepetible, como si esa verbena, esa caña o ese concierto fueran a desaparecer para siempre si no acudimos.

Y puede que haya algo de verdad en eso. Puede que, en el fondo, sepamos que lo efímero es precisamente lo que le da valor. Que la fiesta no sería fiesta si durara todo el año, aunque nos empeñemos en intentarlo. Que el buen tiempo, como casi todo lo bueno, tiene fecha de caducidad.

Así que, entre tormenta y tormenta, entre diluvio y terraza, seguimos saliendo. Nos lanzamos a la calle con una mezcla de urgencia y entusiasmo, como quien llega tarde a algo importante sin saber muy bien a qué. Y brindamos. Y repetimos. Y juramos que mañana será más tranquilo.

Mentira. Y menos mal..  Ω

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