Entre el aplauso y la barra libre

18-04-2026 medianoche

Urgencias del Hospital Puerta de Hierro

Por Guillermo Molina | 🕘 6 minutos de lectura

A mí me sigue imponiendo entrar en un hospital. No por miedo infantil, que también, sino por ese respeto antiguo a los lugares donde uno deja de ser cliente y pasa a ser paciente. Allí no hay postureo ni filtro de Instagram. Hay dolor, urgencia y verdad. Y en eso, el Hospital Universitario Puerta de Hierro Majadahonda no es distinto de ningún otro: es un sitio serio.

Lo primero, lo obvio: los médicos en España están poco valorados. Seis años de carrera, cuatro o cinco de especialidad, guardias que no caben en el reloj, decisiones que no admiten error… y cuando llega la ocasión, salimos al balcón a aplaudir. Muy bien. Muy emotivo. Pero el aplauso, ya sabe usted, dura lo que dura el eco.

Ole por ellos, digo yo sin matices.

Porque son los que te sacan del apuro cuando la cosa se pone fea. Los que te alivian, te orientan, te sostienen. Ahora bien, dicho esto, hay una cara B que no es menor. Y no siempre es culpa del médico, sino del sistema que lo envuelve como una bata demasiado justa: listas de espera interminables, seguimientos que se prometen y no llegan, teléfonos que no suenan… salvo que entres por la puerta con cara de “esto es hoy o nunca”.

Y luego están las urgencias.

Ese lugar al que nadie quiere ir, pero al que todos acabamos yendo. Porque si uno cruza esa puerta es porque algo duele de verdad. Y se encuentra lo que se encuentra: sala llena, pasillos con vida propia, enfermeros corriendo, médicos jóvenes, muy jóvenes, con más responsabilidad que experiencia, y una presión constante por hacer rápido, barato y suficiente.

Yo, que he pasado por allí hace poco, por desgracia, me encontré con un déjà vu sanitario: dolor conocido, episodio repetido, diagnóstico de hace dos años… y la tentación de medicar hoy con pruebas de ayer.

Dos años.

—¿Perdón? —dije, con educación decreciente.

Me puse farruco, que también hay que ponerse, y pedí repetir pruebas. No todas (que esto no es la barra libre de la feria), pero las necesarias. Y, sorpresa, el resultado no era el mismo. ¿Y si no digo nada? ¿Y si me trago la medicación? ¿Y si el diagnóstico llega caducado?

Aquí es donde entra el trasfondo incómodo que nadie quiere poner sobre la mesa. Porque el sistema no es infinito. No es un manantial sin fondo. Hay mucha gente consumiendo de la barra libre de la sanidad y pocos somos los que pagamos esa fiesta. Y las cuentas, claro, no salen. Y cuando no salen, alguien aprieta: menos pruebas, más protocolo, más prisa, menos margen.

No lo digo para señalar a nadie con el dedo ni para convertir esto en una cruzada. Lo digo como quien describe una realidad incómoda: el equilibrio es frágil. Entre atender bien y atender a todos, entre gastar y no gastar, entre curar y cuadrar números.

Y en medio, el médico. Dando la cara. Recibiendo la queja. Intentando ser empático con el dolor ajeno mientras le dicen que no puede pedir todas las pruebas que quisiera. No es justo para él. Ni para usted.

—Esto es lo que hay —parece decir el sistema.

Y uno piensa que no debería ser así.

Porque la sanidad pública es un orgullo cuando funciona y un problema cuando se tensiona. Y se está tensionando. Por uso excesivo, por mala gestión, por falta de recursos, por todo a la vez. Enumeración completa: urgencias saturadas, atención primaria desbordada, especialidades con retraso, seguimiento irregular, decisiones condicionadas por el coste.

Yo sigo confiando en los médicos. Mucho. Pero confío menos en la inercia del sistema.

Así que le digo una cosa, lector: pregunte, insista, no se conforme. Y, si me permite la maldad, use la sanidad con cabeza. Ni como barra libre ni como última opción cuando ya no queda otra.

Porque entre el aplauso y la realidad hay un trecho largo. Y ese trecho, a veces, se paga con horas de espera… o con un diagnóstico a destiempo.

Y eso, por mucho que se aplauda, no hay quien lo compense.

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