La sangre, el monitor y el negocio

18-04-2026 medianoche

Mbappe sangrando

Por Jorge Gómez | 🕘 5 minutos de lectura

Hay momentos en el fútbol en los que la discusión debería terminar. Instantes en los que la jugada deja de ser interpretable y se convierte en evidencia. La sangre, por ejemplo. La sangre no es opinable. No admite tertulia. No se debate: se ve.

Por eso lo ocurrido el pasado viernes en el Real Madrid vs Girona no pertenece ya al terreno del error humano, sino al de la anomalía estructural. Minuto 88. Empate a uno. Kylian Mbappé recibe un codazo dentro del área. Corte en la frente. Sangrado evidente. Penalti de manual para cualquiera que haya visto fútbol más allá de un PowerPoint arbitral.

El árbitro no lo ve. El VAR no lo ve. Y lo más inquietante: la televisión tampoco quiere que lo veas.

Porque ahí está el detalle que convierte el episodio en síntoma. La retransmisión no ofreció una sola imagen clara de la sangre. Ni un plano, ni una repetición, ni ese zoom dramático que tantas veces convierte una simple disputa en tragedia griega. Nada. Silencio visual. Fue en las redes sociales —ese subsuelo donde aún se cuelan los restos de la verdad— donde aparecieron las imágenes del jugador sangrando. Hubo censura. Y cuando hay censura, ya no estamos hablando de fútbol.

Estamos hablando de relato.

El fútbol moderno no se limita a jugarse en el césped; se edita en el control de realización. El VAR selecciona jugadas, la televisión selecciona emociones. Y entre ambos construyen una narrativa donde lo que no se muestra no existe. Es el viejo truco de George Orwell adaptado al prime time deportivo: no se trata de ocultar la realidad, sino de hacerla invisible.

La cadena de consecuencias fue tan lógica como inquietante. Mbappé abandona el campo para ser atendido. El Real Madrid juega con uno menos en el momento decisivo. No hay penalti. No hay revisión. Solo continuidad. Como en esas novelas de Franz Kafka, donde el absurdo se normaliza porque el sistema lo sostiene.

Se dirá —como siempre— que son errores. Que el árbitro es humano. Que el VAR no puede verlo todo. Y es cierto. Pero también es cierto que la acumulación de errores en la misma dirección empieza a parecer menos azar y más costumbre. Y las costumbres, como ya sabíamos desde los tiempos de Al Capone, no se disuelven con buenas intenciones.

El resultado fue el previsible: un punto que sabe a derrota, una Liga prácticamente sentenciada y una sensación cada vez más extendida de que el juego ya no depende solo de lo que ocurre en el campo. Depende de lo que se decide mostrar… y de lo que se decide ocultar.

Pero el problema no termina ahí. Porque el fútbol, como cualquier industria cultural, vive del espectador. Y el espectador, cuando empieza a sospechar que el espectáculo está dirigido, desconecta.

A esto le sumamos que el miércoles el único trofeo que le quedaba por disputar al Madrid —la Copa de Europa— se esfumó tras caer derrotado ante el FC Bayern Munich. Un gran Bayern, por cierto. Un rival que, para muchos, representa el verdadero clásico de Europa, al menos para quienes crecieron viendo fútbol antes de que se convirtiera en un producto excesivamente editado. Allí no hubo sospechas. Solo fútbol. Y derrota.

Y aquí aparece el dato que nadie quiere mirar de frente: el Real Madrid representa entre el 33% y el 38% de la afición futbolística en España. Uno de cada tres. Un tercio del mercado emocional de este deporte.

Ese tercio, hoy, empieza a desconectar.

Porque una cosa es perder —eso forma parte del juego— y otra muy distinta es sentir que lo que ocurre está condicionado por factores que escapan a la lógica competitiva. El madridista puede aceptar una derrota ante el Bayern. Lo que no acepta es la sospecha permanente en su propia Liga.

Y cuando ese tercio deja de consumir fútbol —aunque sea temporalmente, aunque sea hasta el Mundial— el impacto no es ideológico. Es económico. Menos audiencia. Menos ingresos. Menos negocio.

Lo que algunos periodistas, cegados por el odio, la pasión o la dependencia publicitaria, no terminan de entender es que mirar hacia otro lado tiene un coste. Defender lo indefendible o silenciar lo evidente no es gratis. Es pan para hoy. Miserias para mañana.

Porque el fútbol no se sostiene solo con goles. Se sostiene con credibilidad.

Y cuando la credibilidad sangra —aunque la televisión decida no enseñarlo—, el negocio empieza a desangrarse también.

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